2016

En 2016 tenía 18 años, lo que equivale a decir que durante 2016 me hice adulto. Es de suponer que fue un año de vital importancia en mi vida, y sin embargo no recuerdo casi nada —y eso que, según dicen por ahí, gozo de una memoria casi prodigiosa—. Debió de ser, por lo que indica mi olvido, un mal año. Negocio constantemente con mis recuerdos ese tipo de juicios de valor, que varían sin razón, y no es el contenido de los recuerdos, sino un principio formal, un brillo en la imagen, lo que me hace decidir si aquello fue bueno o malo. En otras palabras: no tengo memoria sensitiva, sino una tendencia constante a reencuadrar —en imagen— lo ya vivido. Eso ayuda (porque romantiza) y dificulta mi experiencia: ningún evento está a la altura de lo anticipado en imágenes, y todos los recuerdos adquieren un cariz inexpresable, intraducible, que los coloca en un más-allá que achica el momento vivido. En esa constante tensión entre lo anticipado y lo recordado tiendo a conformarme con lo tranquilo, lo mediano, para no abrazar una vida necia. Pero siempre acechan y abruman las imágenes como llamadas a lo extremo, a lo grande.

Por eso —y esta exposición de razones es estrictamente personal— me ha sorprendido tanto ver esta semana como cientos de personas a las que sigo en Instagram se apuntaban al trend de recordarnos a todos cómo lucían, en qué pensaban, dónde vivían o incluso qué comían en 2016. ¿Por qué 2016? ¿Qué tuvo ese año que no tuvieran otros? No tengo respuesta porque, como decía, yo no recuerdo nada. Pero me atrevo a suponer que un ansia generacional atraviesa la tendencia, que es seguida de forma acrítica y masiva por su inofensiva eficacia: son diez años de cultura digital, de identidad virtual afianzándose. Sacar a colación la foto o el post de 2016 de alguna forma nos sostiene, nos ayuda a genealogizar y evaluar nuestra identidad que deviene virtual.

Pocas cosas tan difíciles que narrarse a uno mismo. El lenguaje que hace doce años agrupó toda una serie de teorías optimistas (integradas) en torno a las «redes sociales» estaba apoyado en la asunción acrítica del propio concepto. Hoy sabemos que conviene llamarlas, más bien, aplicaciones o plataformas. Que no hay red, sino una dialéctica de intereses cruzados, que las relaciones sociales que se tejen en Instagram no son limpias, porque reproducen con descaro los peligros de la mirada. Y lo que engorda Instagram es que el hecho de mirar a los otros conlleve mirarse (a uno mismo) por comparación. El hueco entre cada story nos devuelve un reflejo deformado de lo que no somos: lo que querríamos ser, lo que nunca llegaremos a ser, o lo que, por suerte, nunca seremos. Llevar diez años en esas plataformas (y recordárnoslo hoy en día) puede que limpie y abrillante la relación con nuestro yo más coqueto, con nuestro reflejo literal, pero no impedirá que, dentro de diez años, cuando las dinámicas de socialización egoísta que promueve Instagram hayan acabado por ensuciar todas las relaciones sociales —cuando ya no queden más stories, pero perviva la forma social que las empujaba—, y acudamos a imágenes de este 2026, nos choquemos con un vacío identitario. La identidad virtual desaparecerá, y con ella una parte cada vez más importante de nosotros: nuestra superficie, algo fundamental que estamos regalando a grandes corporaciones tecno-icónicas a cambio de nada.

Paterson (Jim Jarmusch, 2016)
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