Algunas palabras se abrieron paso

Recuerdo cómo aprendí algunas palabras. Son nada, un puñado escaso, y si lo recuerdo es porque siempre las asocio a algún autor o autora en particular. Uno nunca sabe, o yo al menos no tengo ni la más remota idea, de cómo ni cuándo aprendes las palabras que sabes, que en cualquier caso, o en el mío al menos, no son muchas. Nunca he sido muy consciente de cómo ha ocurrido, o cómo ha ido ocurriendo, con el tiempo, la adquisición de vocabulario. No es algo en lo que me fije. Sin duda es un fenómeno paulatino y diría que mayormente inconsciente, pero lo digo sin estar muy seguro porque realmente no sé cómo funcionan estos procesos acumulativos.

Como decía, no me tengo por alguien con un léxico particularmente rico ni variado (no es falsa modestia, es que realmente no lo tengo y no es algo que busque). De hecho, si acudo al diccionario es precisamente por tener, diría, poco vocabulario. Pero bueno, a lo que voy: recuerdo algunos descubrimientos verbales, algunos hallazgos que he ido incorporando en mi uso espontáneo, y también, puntualmente, en lo que voy escribiendo, y si los recuerdo es en última instancia porque han acabado siendo palabras que me encantan tanto por su eufonía como por su significado, o bueno, a veces por una cosa o por la otra, y seguramente por afinidad con los autores donde las descubrí (aunque no siempre, tampoco creo que sea ‘afinidad’ lo que haya con, o sienta por, Cela o Borges).

También está, claro, el caso del que se dedica, diccionario en mano, a ampliar los campos semánticos de su predilección, o a memorizar, con algo de avaricia o curiosidad, largas listas de sinónimos para dar a su parlamento o a su escritura una pátina de variedad y vastedad (que no sé si conseguirá con esos métodos). O etcétera. Pero en general, o yo al menos, vaya, no le he dado nunca mucha importancia al hecho en sí de ir acumulando vocabulario, hecho que no deja de parecerme inevitable, ni al tipo de léxico que por azar iba adentrándose en el caudal de lo que luego digo o escribo, ni le he dado nunca muchas vueltas a cómo funciona la adquisición de vocabulario. Esas nuevas palabras aparecen un poco porque sí, y en general no recuerdo de dónde las saqué, en qué contexto las descubrí, si se las oí a alguien por primera vez o las leí en algún texto que por algún motivo me marcó.

Es curioso no recordar cómo aprendiste una palabra y que sin embargo la uses con toda naturalidad. Ni siquiera lo piensas. Pero si me paro un segundo, ¿de dónde saqué, por decir una, la palabra ‘lacustre’? Porque la he usado sin considerarla un ‘palabro’ (concepto este que tampoco sé ni creo que nadie sepa a ciencia cierta cuándo lo aprendió e incorporó, ni de dónde lo sacó), sino con la naturalidad con la que usaría ‘lago’, por ejemplo, que es otra palabra que tampoco recuerdo haber aprendido, aunque supongo que, esta sí –lago– estará estratificada ahí en la memoria de mis años escolares. Seguro, vaya. Pero volviendo a ‘lacustre’, ni idea de dónde la saqué y sin embargo ahí queda usada sin la consciencia de haberla usado, pese a lo infrecuente que es.

En en el caso de algunas palabras, de todos modos, por raras o porque me han encantado cuando las he descubierto, perdura en el recuerdo el momento y el lugar en que las aprendí, como ese hecho histórico, decisivo, que marca a toda una generación hasta el punto de que todos recuerdan, luego, dónde estaban y lo que hacían cuando se dio ese hecho, pues igual con el descubrimiento de algunas palabras. Hablo sobre todo del vocabulario escrito, que no es el mismo que el hablado (en el escrito puedes incluirlo todo, palabras de todos los registros, y, en el hablado, no, a menos que uno sea un poco capullo y quiera dárselas de algo, o se esté haciendo el capullo, que no es exactamente lo mismo que serlo de manera integral). Así, algunas palabras están eternamente vinculadas a los autores en los que las descubres igual que la lección que el alumno aprende estará siempre vinculada a su maestro (dicho sea sin genuflexiones adoratrices).

La palabra ‘poquedad’, por ejemplo, la aprendí y la asocio siempre a Vázquez Montalbán: a saber la de veces que la habrá usado, sobre todo en sus ensayos, pero me encanta usarla y siempre que puedo lo hago, porque me gusta cómo suena y porque permite una cierta contundencia en el decir que en ocasiones resulta útil. (Sánchez Ferlosio también la usó en alguna ocasión, pero menos. Mucho menos).

De él, de Ferlosio, aprendí entre otras ‘onfaloscopia’, que me encanta y que por casualidad ya conocía porque la usaban las guías turísticas en uno de los trabajos que he tenido (usaban la raíz griega de esta palabra, ‘ónfalo’), y verla ahí en sus ensayos fue una alegría y una complicidad. Palabra, por otro lado, que entra de lleno en lo que comúnmente se conoce como palabro, igual que ‘saxífrago’, brillante rareza que aprendí en la poesía de René Char –siempre bientraducida por Jorge Riechmann– y en este caso es la idea, más que la eufonía, de la flor saxífraga como metáfora lo que me encanta, lo que me ha hecho usarla en algún texto que está por aquí, quietecito parado, esperando entre los archivos de mi ordenador.

O ‘fatigar’, en el sentido de ‘fatigar las estanterías’, por ejemplo, siempre en Borges. Esta palabra da pie a hablar de otro tema parecido al principal de este apunte, que es el uso concreto, específico, que algunos autores le dan a algunas palabras de sobras conocidas, que son comunes y de tan comunes que son ya forman parte del acervo cultural, social, en que te mueves, y ese sentido particular que tú descubres en ellos te gusta, te interpela, por decirlo así –de esta manera un poco cursi pero no por ello menos cierta– y luego vuelves a esa palabra con ese nuevo uso incorporado en mente, y de pronto ves que la has resituado en tu cosmovisión particular hasta dejarla lista para salir con el sentido renovado, rebautizado, que le ha dado tu autor a una palabra fatigada por el uso.

A veces se trata sólo de una simple desinencia nueva, inesperada, lo que descubres, como en Camilo José Cela y su gusto por ‘heridor’ o ‘confundidor’, que desconocía y me encantaron y que he usado en más de una ocasión con no menos gula que mal gusto, o el descubrimiento del inolvidable ‘orvallo’ en su Mazurca para dos muertos; o como la palabra ‘desorientadora’, que siempre asocio a Miguel Delibes y cuyo descubrimiento recuerdo: la usa en su texto sobre la Constitución para decir que algunos de sus puntos son “incoloros y desorientadores”. (Se ve que es el sufijo ‘or’ u ‘ora’ lo que me gusta, lo que por algún motivo me sorprende). Y para no salir del inabarcable y tan multicolor léxico de Delibes, sigo con su emocionante ‘desasimiento’, que la usa para referirse a la muerte en la entrevista que le hizo, a finales de los setenta, Joaquín Soler Serrano. Y una incorporación reciente es la palabra ‘nefelibata’, aprendida en la poesía de Elizabeth Duval, y que tuve la oportunidad de incluir, hace poco y espero que con algo de sentido, en un texto sobre Lo que el viento se llevó.

En cambio, descubrí la palabra ‘mefítico’ en Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato, y la utilicé (con calzador y notorias dosis de arbitrariedad y repelencia), en El día que pase algo, en un contexto en el que hablaba del ambiente de oficina (llamándolo mefítico) en que se tomaban algunas decisiones equivocadas. No quedó muy natural la palabra en su contexto. Pero bueno. Recuerdo en su día haberla buscado en el diccionario y retenerla luego en la memoria no tanto por su eufonía sino por su significado, y así anduve impaciente hasta encontrar la oportunidad de usarla y, forzando un buen día unos párrafos para acomodar esa palabra aprendida, la trasplanté en el texto (con esos pobres resultados que ya digo). Buen ejemplo de cómo no debería ser la adquisición de vocabulario, supongo.

Se da también el caso contrario con la palabra ‘supérstite’, por decir una, aprendida de Carlos Barral, que por otra parte me parece unos de los grandes, de los más colosales y decisivos prosistas que ha dado el siglo XX –no tanto por Penúltimos castigos como por las mil páginas de sus memorias– y me pasa que no aguanto esa palabra y descubrirla en su obra –supérstite– fue todo un bofetón. Ni la he usado ni la voy a usar porque me parece un espanto profundo y me sentiría incómodo usándola en un texto (y no digamos ya en una conversación). Pero bueno, una cosa no quita la otra: alguien que para ti sea un gran prosista puede incurrir a veces en el uso de palabras que te resuenen luego como graznidos.

Huelga decir –esa es otra, ‘huelga decir’, expresión que ni idea de dónde ha salido y que de hecho no me gusta demasiado– que cuando digo que una palabra es de un autor o autora lo que estoy diciendo es que la aprendí en tal o cual autor o autora. Nada es de nada. (Aclaro). A veces se usan por simpatía o afinidad a un autor (lo mismo se podría hablar de algunas estructuras, como las largas, digresivas y peregrinas comparaciones que hace Luis Goytisolo en Antagonía, o esa manera de decir “los X años de mi edad”, que va de Whitman a Borges hasta Neruda); las usas como homenaje o para alinearte con alguna voz que a ti te gusta, y el usarla acaba siendo, en el fondo, un gesto de homenaje y agradecimiento. Yo les agradezco a estos autores que hayan usado estas palabras y que por una de esas casualidades de la vida se me hayan quedado grabadas en el recuerdo para que las pueda ir usando cuando me parezca oportuno, como si formaran parte, también ellas, de una cadena más o menos trófica de uso y reciclaje verbal, de nacimiento y renacimiento continuos.

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