En las últimas semanas he recibido algunas críticas por parte de colegas del mundo del cine, a raíz de un titular que encabezaba una entrevista que concedí a RTVE: «Los festivales de cine son uno de los mayores lastres que tiene el cine para avanzar». La boutade, aunque deliberadamente provocadora y sin los matices necesarios, condensaba mi creciente inquietud ante el estado actual de la cultura cinematográfica, así como el papel que desempeñan ciertas estructuras —no únicamente los festivales, sino también la crítica institucionalizada, las plataformas de streaming o buena parte de los organismos públicos— en su progresiva estandarización. Son muchas las fuerzas culturales que asedian al cine y lo empujan a ser cada vez menos libre, más dócil, más gestionable; en definitiva, a convertirse en un producto cultural funcional y rentable. La situación, a mi juicio, se ha vuelto asfixiante. Pareciera que, del mismo modo que en nuestra época las clases sociales han perdido conciencia de sí para diluirse en una fantasía de clase media global, se ha impuesto también una especie de cine medio generalizado, ni alto ni bajo, que para mí encarna lo peor del cine industrial y del cine de autor, sin apenas imágenes, construido a base de gestos normalizados y convenciones reconocibles, cada vez menos sensual y valiente, cuya única función parece ser garantizar la supervivencia de los que habitamos este ecosistema.
Dicho esto, me parece fundamental precisar el alcance de mi crítica. Como programador de una sala de cine, y como alguien que colabora habitualmente con festivales pequeños, conozco de primera mano el esfuerzo admirable que muchos de ellos realizan por ofrecer visiones radicales, comprometidas, distintas, a menudo en contextos hostiles o con recursos muy escasos, en territorios donde la oferta cultural es limitada y la sala de cine se convierte en un espacio de encuentro esencial para la comunidad. No es mi intención, en absoluto, cuestionar ese trabajo. No es ahí donde se concentra mi malestar. Tampoco me inquieta estar, como algunos colegas han insinuado, mordiendo la mano que me da de comer. Me mueve, al contrario, una defensa sin concesiones del cine como forma libre, condición que considero imprescindible para ejercer mi labor con criterio y pasión. Estoy convencido de que la programación cinematográfica puede ser una herramienta poderosa para activar el pensamiento y transformar la mirada de los espectadores, reivindicando un tiempo no productivo y una cinefilia no domesticada por los intereses industriales ni por los algoritmos. Me interesa especialmente la posibilidad de convertir la sala de cine en un lugar de encuentro y conversación: disfruto intensamente de las presentaciones, de los coloquios, de las cervezas posteriores, de la interacción con el público. Siempre he creído que el cine no se agota en la película proyectada en pantalla. El cine es también —y, para mí, sobre todo— lo que sucede alrededor: las conversaciones que provoca, la memoria compartida que genera. Todo eso me importa más que la mejor película del mundo.
La pregunta de fondo es simple: ¿estamos generando las condiciones necesarias para que el cine pueda ser, verdaderamente, una forma de arte libre? Mi impresión es que no. Y no por falta de talento o de deseo, sino porque la estructura misma del sistema cultural está concebida para reducir la complejidad y reforzar la norma. No me parece que esos festivales que se arman de dispositivos kafkianos de nombres inverosímiles que imitan el léxico empresarial —labs, incubadoras, WIP, mercados de coproducción, pitching forums, one-on-one meetings, screenings de industria, programas de mentoring y networking internacional—, que miden el éxito de las películas en minutos de aplausos y críticas fast food, que se desviven por los autores de moda y las películas polémicas, y que funcionan como resorts de lujo para críticos y productores, sean los mejores aliados de ese cine que busco con pasión. Estoy seguro de que son útiles para las trayectorias de muchos cineastas reconocidos y celebrados por la cinefilia global —y no crean que no me alegro por ellos—, pero este despliegue me resulta ajeno al sueño de un arte salvaje, sin precedentes, sin escuelas ni concesiones, que no aspire a consolidar lo existente, sino a rasgar el velo de lo posible. Más bien contribuye a consolidar una nueva figura: la del cineasta burócrata, más project manager que artista, cuyo éxito depende menos de su visión que de su capacidad para moverse con soltura en este escandaloso mercado de fruslerías, donde el arte genuino —aquel que nace del impulso de decir algo sin necesidad de reconocimiento, sin función social explícita, sin cálculo estratégico— apenas tiene lugar. Ha sido arrinconado, relegado a las márgenes o, en el peor de los casos, absorbido por una maquinaria cultural que lo neutraliza y lo convierte en ornamento.
A medida que este modelo se internacionaliza y consolida, crece la presión sobre la independencia creativa. El arte, duende caprichoso, tiende a desvanecerse al contacto con ciertos intereses. Se fuga, no quiere saber nada de ruedas de prensa ni de sponsors. ¿Y nosotros? ¿Queremos un cine al servicio del mercado, el turismo, la identidad nacional, el activismo institucional y la diplomacia cultural? Prefiero pecar de iluso. «La cultura es la regla, el arte es la excepción», decía una célebre cita de Godard. Lo más inquietante de esa frase es su continuación: «Forma parte de la regla querer matar a la excepción.» Eso es lo que me preocupa. No solo que el arte verdadero se haya vuelto una rareza en el ecosistema cinematográfico, sino que todos los engranajes de la maquinaria cultural parezcan dispuestos para triturarlo, absorberlo, domesticarlo, transformarlo en contenido o mercancía. Y nosotros mismos, incluso quienes trabajamos con entrega y convicción en favor del cine, terminamos siendo cómplices involuntarios de su silencioso asesinato.
Las raras flores del arte no pueden brotar si se las somete al imperativo de la eficiencia, a la exigencia constante de legitimación cultural, a la profesionalización mecánica de los gestos, a las modas pasajeras, a la necesidad permanente de justificar su existencia ante las lógicas del mercado o las políticas culturales del momento. Tampoco puede sostenerse una regla fundada exclusivamente en excepciones. Y sin embargo, todo en el sistema cultural contemporáneo parece orientado a integrar esa excepción en su engranaje, a convertirla en tendencia, en política pública, en titular de prensa, en triunfo institucional. La presión es tan grande, que muchos buenos cineastas se dejan arrastrar por la corriente, y sus películas, que antaño nos parecían visionarias y radicales, se adaptan ahora a la medida de los programadores y los jurados de los festivales. Echen un vistazo a las decadentes trayectorias de las vacas sagradas de los festivales, portuguesas, tailandesas o argentinas, para descubrir un buen puñado de imperdonables promesas incumplidas. Qué paradoja: cuanto más se reivindica la singularidad, más se la somete a procesos de estandarización. Se la premia, se la representa, se la subvenciona, precisamente para neutralizarla. Para convertir lo inclasificable en etiqueta, lo desobediente en protocolo, lo inasible en fórmula repetible.
Quiero insistir en el potencial de la programación cinematográfica para crear espacios de encuentro y transformar la mirada de los espectadores. Frente a la imponente maquinaria industrial y cultural que acabo de describir, sigo creyendo en la posibilidad de recuperar la escala humana del cine, acompañando a las películas y al público con compromiso y valentía. Solo reconozco un arte verdaderamente mayor, al que todos los demás —también el cine— deberían servir con humildad: el arte de vivir. Lo contemplo con admiración en todas sus formas, desde los gestos más mínimos hasta las decisiones más extremas, dentro y fuera de la sala. Pienso que el papel de todos los que nos dedicamos al cine debería ser, en última instancia, facilitar y exaltar el desarrollo de ese arte, que se alimenta de libertad, de asombro y de alegría compartida. Los festivales, en este sentido, pueden ser todavía enormemente valiosos: espacios de encuentro donde el bullicio de la vida se imponga a la tosquedad de las modas, los discursos políticos y los intereses industriales. Solo en esa medida acepto mi posición dentro del mundo de la cultura: como una forma de escarbar con las manos y abrir camino para esa vida que aún no tiene nombre, pero cuya presencia intuimos cada vez que el cine, por un instante, deja de parecerse a todo lo demás.

