Ciencia ficción punki

¿Qué significa esa sensación tintineante que avanza desde mi cuello hasta la espina dorsal mientras leo Ciencia ficción capitalista de Michel Nieva?

En unos cuantos días he tropezado con una cantidad de noticias que se han acumulado en un ensordecedor estremecimiento, algo así como una inflamación hacia dentro. De repente me entero de que en Los Angeles hay unas protestas nunca vistas contra las políticas migratorias de Trump, donde la milicia estadounidense marcha contra sus propios ciudadanos y muchos otros conciudadanos míos. Veo la bandera de México ondeando entre las llamas de un coche quemado y me impresiona. Pero eso pronto se acaba, la inflamación, el mullido de mi carne, algo así como un dolor de cabeza que empieza en las sienes, me hace cerrar los ojos. Ese mismo día, o antes o después, me entero de que el velero de ayuda humanitaria donde viajaba Greta Thunberg junto a otrxs activistas había sido secuestrado por Israel en su camino hacia Gaza para ofrecer ayuda humanitaria. Siento el ansia y el alivio porque tontamente imagino que este hecho será difícil de ignorar para las potencias internacionales y que algo va a cambiar. Pero todo continúa, otra vez ese dolor de cabeza, que no es un dolor de cabeza, es más bien una pesadez con una nota de cansancio. O puede ser el calor extremo que apareció de repente y cada día que pasa es uno nuevo y mayor, las nubes están bajas aquí en Madrid y el ambiente se llena de un color amarillento extraño. Las noches ya no son tan frescas y sigo teniendo la nariz llena de mocos y la garganta seca, no duermo bien y mi cuerpo semi desnudo ya comienza a pegarse a todos los muebles. Odio el verano, por supuesto, pero todavía no es verano, tiemblo imaginando lo que viene, lo que todavía nos falta por sentir. Ese mismo día, cuando veo el coche quemado y la imagen de los activistas en su barco siendo detenidos, también hubo una manifestación en Madrid. Me enteré en el momento en que me encontré asfixiado en un vagón del metro entre mucha gente con banderas de España. Se gritaron las típicas consignas hiperbólicas acerca de mafias y falta de democracia. El gobierno no cayó al día siguiente, cosa que solo los ha hecho rabiar más, la sensación en el aire es distinta y la misma a lo que sentí en ese vagón de metro, demasiada gente con demasiados intereses contrapuestos a los míos en un asfixiante trayecto hacia ningún lado. Hay tramas y más tramas que salen de entre los despachos judiciales que me hacen entender que estamos asistiendo al fin de algo, o al principio de algo, o empantanados de sudor y alergias y nada se está moviendo, o sí, que nos están aplastando y esa es la asfixia que siento, esa es la presión que en mi cerebro me hace cerrar los ojos y dejarme llevar por una rutina de ir y volver al trabajo, mientras leo Ciencia ficción capitalista de Michel Nieva y él está inadvertidamente conectando su escritura con todo esto que me pasa y la sensación de ¿temor?, ¿angustia?, es una respuesta automática y emocional. Este mundo, este actual, está siendo descrito por él y me da algo leerlo y sentirlo de una forma que escapa a mi propio entendimiento. ¿Estoy deprimido? Es el calor, pienso. ¿Estoy preocupado? No realmente, mi vida continúa, no tengo muchas cosas por las cuales preocuparme y aunque en mi propia biografía un cambio parece aproximarse en el horizonte, no le hago mucho caso. Yo sigo leyendo libros que intentan explicarme el mundo y me siento tan cansado y angustiado y el calor me asfixia, pero es la realidad la que me está pasando por encima y no sé dónde empieza la lectura y dónde termina mi vida. Me involucro demasiado, creo, pero no dejo de sentirme interpelado.

Todo esto coincide con una semana en donde parece que la policía de Madrid ha decidido poner en marcha una política de limpieza total. Durante meses varias personas, en su mayoría de origen musulmán, se estuvieron reuniendo en la esquina de Embajadores con Ronda de Valencia para crear un rastro improvisado, vendiendo la más variada cantidad de objetos extraños de orígenes dudosos. Si bien se volvió un lugar intransitable por el volumen de gente que ocupaba el espacio, hoy el vacío y la limpieza son un contraste enorme (excepto por el coche de la policía, que parece que ya no se mueve de ahí). La limpieza es demasiado literal y la sensación no es de seguridad sino de represión y miedo, una tensión acumulada en las candentes baldosas de la calle. Alguien ha ordenado que esa zona no dé ninguna mala imagen al centro de la ciudad y en vez de multiculturalidad y vida lo que hay es una plaza vacía para turistas. No puedo ser tan cínico para no ver lo incómoda que se ha vuelto la situación.

Otra vez, me es imposible escindir el estado físico de la realidad de mi sofocada mente.

Parece que vivo en un futuro ancestral permanente, la yuxtaposición de un pasado idílico y falso frente a un futuro de extinción. Fin de un mundo. En su libro Ciencia ficción capitalista, Nieva recupera las voces de Alton Krenak y de Davi Kopenawa, filósofos indígenas que dejan muy claro que el mundo que sus ancestros conocieron fue uno que terminó de manera abrupta, su conocimiento de la ciencia ficción catastrófica es para ellos historia, relato contado y sobrevivido que deja huellas de posibilidades, de maneras de hacer que pueden ser alternativas a lo que Nieva llama ciencia ficción capitalista: el deseo del gran hombre blanco de salvar el mundo en otra parte, de dejar que este estado de destrucción sea el que reine y mañana salgan con sus cohetes hacia Marte. Nieva antepone la visión de la Pachamama, «un organismo viviente, único e insustituible», que no puede replicarse en Marte o cualquier otro planeta, pues cada uno es su propio espíritu, su propio ser, con la necedad de creer que la naturaleza está al servicio de los grandes proyectos tecnológicos que supuestamente nos salvarán de estos mismos y grandes proyectos tecnológicos, y así hasta el infinito:

asistimos a un precipicio anacrónico de la historia en el que Elon Musk y Jeff Bezos plagian a Cristóbal Colón y a Hernán Cortés. Y en esta falla tectónica de escalas y tiempos, las comunidades indígenas son las que vienen del futuro, porque su historia profetiza el peligro que amenaza a toda la vida planetaria.

Por eso mismo no me parece extraño pensar que la coincidencia de momentos que esta semana he vivido ejemplifica una alteración general en todo el mundo (en todo el mundo conectado a través de internet, esto es, todo lo que sale en esa sala de espejos interminable que son las redes sociales, cable que me conecta con la realidad que existe fuera de mi cotidianidad y que de forma ridícula parece insuflarle vida e importancia). No creo que estemos viviendo una acumulación simultánea de eventos que parecen decisivos, creo que es más bien un estado de alerta permanente que ya es la norma. Y Michel Nieva escribe sobre eso, y me hace sentir las cosquillas de la ansiedad y me hace querer contactar con esos extraterrestres que son los otros que viven allá fuera y que sufren. Ansiedad de conocimiento, pero dejarle la imaginación del mundo solamente a los poderosos, mientras yo me mato de aburrimiento y calor y me indigno por redes sociales o en reuniones familiares, tampoco me parece digno de solucionar nada. Lo que más me interpela del libro de Nieva son los factores extra-literarios: un libro que expulsa a su lector hacia un presente asfixiante y le exige una respuesta. En ese sentido estoy de acuerdo con él, hace falta una especie de ciencia ficción punki, desde abajo, contestataria a la alternativa habitacional que el 1% propone para el resto, una ciencia ficción que no se ve a sí misma como literatura estéril, sino como una «total desinstitucionalización del arte, que en este caso se desplaza hacia la poetización de las discursividades científico-técnicas». Una ciencia ficción punki que empezaría con gusanos marcianos escribiendo con la performance de sus cuerpos «que te jodan Elon Musk».

The Moon Museum, 1969. Andy Warhol, Claes Oldenburg, David Novros, Forrest Myers, Robert Rauschenberg, John Chamberlain
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