Cuando se deja atrás una cosa que se ama, un trabajo como librero, por ejemplo, solo cabe hacerse una pregunta: ¿a dónde va todo ese derroche de sentimientos? Quiero decir, si asumimos que cualquier proyecto cultural en pequeña escala está diseñado para una permanencia más allá de su propia existencia física, hay que admitir entonces que los valores añadidos al producto ofrecido se desbordan, o más bien, somos los trabajadores culturales quienes desbordamos nuestro producto, no solo con nuestro exceso de pasión, mi insufrible amor por los libros, sino también con el trabajo físico y vocacional muchas veces no recompensado efectivamente. Y cuando se acaba ese proyecto, por cambios o por situaciones monetarias: ¿a dónde van a parar esos desbordes, esos excesos, esas idealizaciones críticas o de subversión del estatus que algunos creemos existen entre las páginas de los libros? Sigo asumiendo que una librería no es cualquier clase de negocio, tonto de mí, pero en mis fantasías más contraculturales, me imagino luchando contra el gigante capitalista. Pierdo, claro, es parte del encanto. Pero ahora que he perdido de verdad, ahora que tengo que abandonar el negocio donde invertí cinco años de vida, no dejo de preguntarme a dónde irán todos estos sentires, todas estas horas. Para no frustrarme, me inventé que mi labor de librero dependía de imprimirme a mí mismo en el trabajo de selección y acomodo de libros, que esa era la particularidad especial de mi hacer, mi manera de subvertir la excesiva e inherente fetichización de los libros que ocultaban la verdad sobre cómo fueron producidos. No queriendo doblegar el proyecto a una simple estrategia de márketing de un capitalismo de la «experiencia», al menos sí ofrecer una parte de mí mismo en cada conversación tímida que pudiera suceder en la tienda. No me di cuenta de que en realidad estaba ocultando mi propia condición de trabajador, y en vez de oponer resistencia a la equiparación del libro a cualquier otra mercancía, al final estaba agregando más capas en su mistificación en vez de materializar la esencia del producto que me daba de comer. Y lo peor de todo, me estaba dejando la vida en ello. Parte del argumentario clásico de los libreros independientes para justificar la existencia de nuestros espacios es ese: ir a una librería debería ser una cosa mágica, hablar con tu librero, que te conoce bien, la particularidad de tu compra, el valor añadido, nuestro toque especial. Tal vez el camino no va por ahí: el derroche de vocación es eso, un derroche que no va a ninguna parte. Y no porque piense que la vocación es un engaño o que uno no debería amar su trabajo, sino porque lo que siento en estos momentos es una mezcla extraña de pena y perdición.
Me siento perdido porque no sé bien dónde posicionarme frente a una industria cultural que parece sobrevivir con alfileres, sosteniéndose sobre el trabajo vocacional de sus enamorados esclavos. Desde su interior parece todavía más frágil y es grande el terror a no encontrar hueco de nuevo, o de que este no me llegue nunca a satisfacer, que lo que he vivido me ha desencantado para siempre y la única manera de afrontar el día a día sea con cinismo y melancolía… todo por un exceso de vocación.
Estoy triste de una manera extraña, sé que yo estaré bien, que los cambios son buenos y esas cosas que uno se dice para no sufrir mucho, pero ¿de dónde viene esa ansiedad por dejar de estar con lo que me pertenece? Nada de esto es mío, en realidad, el proyecto empezó mucho antes de mí y posiblemente existirá después, no invertí mucho más que tiempo, el sudor tal vez, pero la sangre nunca, y aun así siento que me pertenece. Dejar este trabajo hace patente esa contradicción dolorosa: todo lo que invertí aquí fue por nada, nada me llevo más que el recuerdo y la «experiencia», terrible palabra, que usaré en mi próximo trabajo. Soy desechable en aras de una idea respecto a qué se supone que un libro hace y una librería puede. ¿Pero un libro hace todo lo que sus enamorados queremos que haga, una librería puede ser todo lo que queremos que sea para el tejido comunitario del barrio, o para ideales todavía más grandes de democracia, activismo o contracultura? Me doy cuenta ahora de que la pregunta que me obsesiona depende de un fetichismo barato hacia los objetos materiales en los que me quise imprimir, que nada agrega al valor real del libro: un valor que no depende de lo que yo quiera añadirle, ni siquiera de lo que sus creadores puedan imaginar como su fin último, sino de una serie de estructuras e intereses que nos comen a nosotros mismos, sus principales proveedores de alimento, en un ciclo autófago que momentáneamente a mí me deja fuera, pero con dolor masoquista también ansioso por volver dentro. Con todo esto creo que quiero admitirme a mí mismo que mi felicidad y mi bienestar no estaban donde yo creí que estaban y que por más que ojee a los libros que tanto amo, ellos no responderán a mi tacto, no me extrañarán cuando me vaya, y creo que eso es lo que me pone tan triste.

