De vez en cuando conviene regresar a Baudrillard. Su hipótesis de que vivimos inmersos en un simulacro puede parecer, a primera vista, contraintuitiva —sobre todo cuando la realidad se impone con una crudeza casi insoportable—. Sin embargo, basta observar la política contemporánea para advertir hasta qué punto la representación ha terminado por sustituir al ejercicio efectivo del poder. Lo que contemplamos a diario no es únicamente la representación de la política, sino la escenificación permanente de una autoridad cuya capacidad real de decisión parece cada vez más limitada. La consecuencia es una erosión progresiva de la confianza democrática: el problema ya no es que los políticos mientan, sino que interpretan el papel de quienes aún gobiernan.
Me explico. A primera vista, podría pensarse que un simulacro no es más que una ficción: un papel que alguien interpreta como si fuera real, igual que ocurre en un simulacro de incendio. Para Baudrillard, sin embargo, el concepto es mucho más radical. El simulacro no oculta una realidad, sino su desaparición. Una máscara sobre el rostro de un actor sigue remitiendo a un rostro; una máscara colgada en la pared, en cambio, ya no esconde nada: únicamente señala un vacío.
Algo semejante sucede con los mass media. Lo que producen no es tanto una representación del poder como la escenificación de un poder cuyo centro se ha desplazado. Ese vacío es ocupado por otras fuerzas –económicas, financieras o tecnológicas– que, a su vez, también representan el papel de quienes gobiernan. El poder no ha dejado de existir; lo que ha cambiado es su localización. Quienes con mayor insistencia aparentan ejercerlo son, con frecuencia, quienes menos capacidad tienen para decidir, limitándose a administrar los mecanismos de un poder que opera en otra parte.
En el Reino Unido, el partido de extrema derecha Reform UK encabeza actualmente la mayoría de las encuestas, impulsado, en parte, por el desgaste político acumulado durante los dos últimos años del gobierno laborista. Sin embargo, desde hace unas semanas su líder, Nigel Farage –principal artífice del Brexit– atraviesa uno de los momentos más delicados de su carrera. Antes de las elecciones generales de 2024 recibió cinco millones de libras de un magnate del sector de las criptomonedas, una donación que nunca fue declarada oficialmente en las cuentas de la campaña. Farage sostiene que el dinero no fue una aportación electoral, sino un simple «regalo» en reconocimiento a su papel en la campaña del Brexit. El argumento, sin embargo, no ha convencido al Comité Electoral británico, que ha abierto una investigación para esclarecer los hechos.
A partir de ese momento, la situación adquiere un cariz mucho más complejo. Si la investigación concluyera que hubo una irregularidad, se activaría un mecanismo previsto por la legislación británica: bastaría con que el 10 % de los electores de Clacton-on-Sea –la circunscripción por la que Farage obtuvo su escaño– respaldara una petición formal para obligar a convocar una elección parcial.
Anticipándose a ese escenario, Farage optó por una maniobra arriesgada: renunciar voluntariamente a su acta de diputado y forzar él mismo la convocatoria. Oficialmente, defendió que así devolvía a los ciudadanos de Clacton el derecho a decidir sobre su representación política, en lugar de dejar esa decisión en manos del Comité Electoral. En realidad, la operación respondía a un cálculo mucho más estratégico: convertir unas eventuales elecciones de castigo en un nuevo impulso para Reform UK, reforzar la imagen de cohesión del partido y recuperar la iniciativa mediática. En definitiva, se trataba de controlar el relato.
Sin embargo, la jugada ha producido dos consecuencias imprevistas. La primera, que el resto de formaciones han decidido no concurrir a las elecciones, negándose a participar en lo que consideraban una maniobra propagandística. La segunda, mucho más inesperada, es que Nigel Farage terminará teniendo que disputar la campaña contra un hombre con un cubo de basura en la cabeza.

Count Binface, anteriormente conocido como Lord Buckethead, se ha convertido en una de las figuras más reconocibles de la política británica. Desde hace casi una década aparece, elección tras elección, en las fotografías oficiales junto a los principales líderes del país. Estaba detrás de Theresa May la noche de su victoria electoral; volvió a hacerlo con Boris Johnson y con Rishi Sunak y, más recientemente, hizo acto de presencia en la elección parcial de Makerfield junto a Andy Burnham, recién nombrado Primer ministro. El próximo 6 de agosto será, además, el único rival de cierta notoriedad al que tendrá que enfrentarse Nigel Farage en Clacton-on-Sea.
Tras el personaje se encuentra el cómico y activista John Harvey, aunque su identidad importa menos que la ficción que interpreta: Count Binface se presenta como un «guerrero espacial intergaláctico», líder de los Recyclons del planeta Sigma IX, con más de 5 900 años de edad. Viste con una capa plateada y un cubo de basura a modo de casco. Su programa electoral combina propuestas plenamente reconocibles –como aumentar la financiación del NHS, abolir la Cámara de los Lores o dejar de vender armas a regímenes represivos– con otras deliberadamente absurdas, como nacionalizar a Adele o convocar un referéndum para decidir si debe celebrarse otro referéndum sobre el regreso del Reino Unido a la Unión Europea. En circunstancias normales, su candidatura apenas trascendería el ámbito de la sátira. Pero las singulares circunstancias de estas elecciones han terminado por situarlo en el centro del debate político.
Y ahí es donde la historia adquiere una dimensión inesperada. La legislación británica obliga a los medios públicos a respetar un principio de equidad durante las campañas electorales: si Reform UK dispone de un espacio para defender su candidatura, Count Binface tiene derecho al mismo tiempo de antena. Cada entrevista concedida a un portavoz del partido de Farage obliga, por tanto, a invitar también al candidato del cubo de basura. Si Reform UK comparece en LBC o en Newsnight, de la BBC, Count Binface ocupa el asiento contiguo y es sometido al mismo escrutinio, con idéntica solemnidad. Periodistas, analistas políticos e incluso streamers de Twitch se ven así obligados a tratar con absoluta seriedad a un personaje vestido con capa plateada y un cubo de basura en la cabeza. El resultado es tan absurdo como revelador: millones de espectadores contemplan a un supuesto guerrero intergaláctico debatir sobre inmigración, sanidad o política fiscal mientras comparte plató con tertulianos que apenas consiguen contener la risa.

Y, sin embargo, cuanto más se prolonga la escena, más difícil resulta no pensar en Baudrillard. Porque el simulacro no es Count Binface –de hecho, probablemente Baudrillard lo habría considerado el único elemento auténtico de todo este dispositivo–, sino el conjunto del espectáculo: los platós, las tertulias, las campañas electorales, la estrategia de Farage y, en último término, la política británica como representación de sí misma.
Aquí están, pues, cinco reflexiones baudrillardescas al respecto:
- Con Count Binface desaparece la diferencia entre lo serio y lo paródico. En la idea de democracia clásica, un candidato serio y un candidato humorístico podrían o deberían pertenecer a categorías distintas. No obstante, Count Binface obtiene cobertura mediática, participa en debates públicos y comparte el mismo papel, el mismo rol de los grandes partidos. La parodia ya no está «fuera» del sistema: forma parte de él. Para Baudrillard, esto sería una señal de que la representación ha sustituido a la realidad.
- El simulacro revela que el original ha desaparecido. Este es, tal vez, el más importante. Como he mencionado, Baudrillard sostiene que el simulacro no es una copia de algo real; es una copia sin original, es una máscara sin rostro. Count Binface no imita únicamente a los políticos tradicionales. Su éxito, tanto mediático como en las encuestas, sugiere que la propia figura del político ya se ha convertido en una construcción publicitaria. Si todos los candidatos dependen tanto de su imagen, de su marca y de su presencia en redes, la diferencia entre un personaje ficticio y uno «auténtico» pierde consistencia.
- La hiperrealidad política: el personaje no marca la diferencia, sino que funciona perfectamente dentro del ecosistema mediático porque la política, precisamente, ya opera como espectáculo. Sus propuestas absurdas se mezclan con promesas electorales que pueden parecer serias. El ciudadano consume ambas como contenido. La política deja de ser un espacio de deliberación para convertirse en una sucesión de signos y acontecimientos mediáticos.
- La crítica queda absorbida por el sistema. Aquí aparece otro de los aspectos más característicos de Baudrillard. Count Binface parece una crítica al sistema político, pero esa crítica, por mucho seguimiento en redes o puntos en las encuestas, no amenaza realmente al sistema. Al contrario, genera audiencia, memes, entrevistas y notoriedad. La protesta se convierte en entretenimiento y precisamente por ello deja de ser subversiva.
- La ironía como estado normal. Para Baudrillard, el simulacro alcanza su culminación cuando nadie cree plenamente en los signos, pero todos siguen participando en ellos. Muchos votantes de Count Binface saben que es un personaje, del mismo modo que muchos ciudadanos perciben la teatralidad de la política convencional. La única diferencia posible es que Count Binface hace explícito ese carácter performativo.
La entrevista que Count Binface concedió a Newsnight ilustra con especial claridad todo lo anterior. Desde el primer minuto, el presentador –acompañado por cuatro contertulios, uno por cada cuadrante del espectro político británico– intenta desmontar al personaje. «Sabemos que te llamas John. ¿No crees que ha llegado el momento de ser transparente?», le pregunta. Count Binface responde que, si el programa pretende deconstruir su personaje, él podría hacer exactamente lo mismo con Newsnight, que, a su juicio, se ha convertido en poco más que un pódcast de escasa calidad. El entrevistador replica de inmediato: «Un pódcast al que millones de británicos acuden para entender qué está ocurriendo en el país».

A partir de ese momento, el debate deriva, como era previsible, hacia Nigel Farage. Los contertulios discuten sobre su estrategia, las consecuencias de la investigación y el futuro de Reform UK. Count Binface apenas interviene. Permanece sentado, inmóvil, asintiendo ocasionalmente con un rostro que no expresa absolutamente nada porque, literalmente, es un cubo de basura. La imagen resulta difícil de olvidar: mientras el resto de los participantes se esfuerza por interpretar con gravedad el ritual de la discusión política televisada, el único que no finge ser otra cosa que un personaje de ficción parece, paradójicamente, el más honesto de todos.
Pero llevemos el razonamiento un paso más allá. Imaginemos que, contra todo pronóstico, Count Binface gana las elecciones parciales de Clacton el próximo 6 de agosto. Muchos comentaristas han señalado que el principal problema sería puramente protocolario: si la Cámara de los Comunes le permitiría ocupar su escaño con un cubo de basura en la cabeza. Sin embargo, esa es una cuestión menor. La pregunta verdaderamente interesante es otra: ¿accedería Count Binface realmente al poder?
Ni siquiera resulta evidente que Nigel Farage lo ejerza. Como líder populista puede movilizar a sus votantes, marcar la agenda mediática o convertir cualquier episodio de la actualidad en combustible para su discurso sobre la inmigración. Pero ¿hasta qué punto dispone de autonomía quien acepta cinco millones de libras de un magnate de las criptomonedas? ¿No revela precisamente ese episodio dónde se encuentran hoy los auténticos centros de decisión? Y la pregunta podría extenderse al resto del espectro político. ¿Ha gobernado realmente Keir Starmer con plena capacidad de decisión durante estos dos años? ¿La tendrá Andy Burnham?
La historia de la progresiva cesión de poder desde los gobiernos hacia los mercados financieros, las grandes empresas y los actores capaces de financiar campañas electorales es demasiado extensa para resumirla aquí. Las políticas de austeridad, el creciente peso de los mercados de deuda o el debilitamiento de las organizaciones sindicales forman parte de ese mismo proceso. La cuestión, entonces, deja de ser quién ocupa las instituciones para convertirse en otra mucho más incómoda: ¿quién decide realmente? Quizá quienes ejercen el poder efectivo sean precisamente aquellos que no necesitan escenificarlo.
Es en ese punto donde Baudrillard recupera toda su actualidad:
El poder no est[á] ahí más que para ocultar que ya no existe el poder. […] el poder del que hablamos, […] será el objeto de la ley de la oferta y la demanda, y no estará ya sujeto a la violencia y a la muerte. Completamente expurgado de la dimensión política, depende, como cualquier otra mercancía, de la producción y el consumo […]. Todo destello político ha desaparecido, solamente queda la ficción de un universo político.
La irrupción de Count Binface no demuestra que todavía sea posible transformar el sistema desde dentro. Más bien revela hasta qué punto ese sistema ha terminado por absorber incluso su propia parodia. Su candidatura no anuncia una alternativa política; pone de manifiesto el vacío mismo de las estructuras de poder. Y quizá esa sea, precisamente, su mayor virtud.


