El Día(rio) de Watusi

Parte I: Los Juegos Feroces

Esto es una crema catalana de culto primeros de los 2000 sobre la Españita que nos dejó la corrupción y la transición que mete un miedo a medio camino entre un Pynchon naturalista y un Chirbes de Cocaína. 

Cuando apenas llevaba unas 60 páginas de El día del Watusi le escribí este mensaje a mi amigo Alfonso –prescriptor literario de primera categoría– para recomendarle que hiciera como yo, tras años de escuchar recomendaciones y a mucha gente hablar de este pequeño gran tocho de 800 páginas, libro de culto, pieza clave de la literatura ¿posmoderna? española, catalana, y se pusiera a leerlo de inmediato. El día del Watusi es un libro que al poco de empezarlo ya te golpea con la sensación de los grandes libros, esos que tienen el aroma del tiempo incrustado en sus palabras. La prosa es extraña, está como cortada, las conversaciones emulan tanto un habla coloquial que resultan imposibles de creer, están pobladas por ese humor que nunca sabes si va en serio y te obligan a quedarte un momento callado y pensar: ¿se están riendo de mí? No, simplemente vamos a la zaga de un genio maligno que parece, quiere indicar, que nos va a contar una historia, una de esas que no van directas al grano, sino que andan por recovecos hasta contarte algo que parece, debiera parecer, relevante. Ese algo que tiene que ver con la política: los personajes, se entrevé en las primeras líneas, son los que pululan por los partidos victoriosos de la transición buscándoselas para medrar en la vida a través de apaños y amigotes, una España que nos suena y que por mucho 15-Nada, sigue vigente. El Régimen del 78 ataca de nuevo. Por ello esas primeras páginas me hicieron pensar en un Chirbes esnifando una raya de Pynchoína a altas horas de una madrugada que parece no acabar nunca.  

El inicio desconcierta de tan kitsch. Un parque de atracciones que es un infierno indefinido, un secretísimo infierno a la vista de todos, sobre una montaña, en Barcelona.

El señor Del Pistacho –que está en la cárcel– mantiene una pantomima para niños huérfanos que no lo son y un encargo oscuro: encontrar los trapos sucios de un hombre que tiene los trapos sucios de otros hombres importantes. Ocurre un frío día de enero de 1995, veinte años después de la muerte de Franco. Hay un aroma como a naftalina de la transición que recorre el texto en esta genial escena inicial que termina con el protagonista montado en las atracciones del parque y siguiendo con la mirada a una chica que enciende en él algo extraño. Se le ha encargado un informe para un Lector anónimo, así en mayúsculas, Lector. ¿Nosotros? No lo parece.  

Empieza el relato del día conocido como de Watusi con una serie de escenas de arrabal en las que el protagonista nos habla de su amigo Pepito –el Yeyé– y de como aquella noche que pescaban en el puerto de Barcelona todo cambió en su vida. De repente, transitamos entre géneros como entre los umbrales mal definidos de las chabolas. Hay un misterio, un asesinato, una especie de mafia de barrio que mantiene el silencio, la pobreza aumentada y una madre tan cómica como italiana que solamente le repite a su hijo que estudie y lo peligrosa que es Barcelona (qué poco cambian las cosas), es 1971 y la dictadura moribunda no puede contener la entrada de la novedad en un país en blanco y negro. Las escenas son veloces, cada capítulo de unas dos o tres páginas tiene un encanto diferente al anterior, vamos transitando ese barrio entre idas y venidas a la noche de Watusi mientras conocemos ese ambiente sórdido con manchas de surrealismo, pero todavía no entra la locura, hasta aquí, todo es posible.  

Transitar entre géneros no es fácil, o sí lo es, pero suele dar pereza. Pero aquí es como si no te dieses cuenta de que una página en un thriller, la otra una novela social, y la siguiente dios sabe qué, cuando entra ese narrador espídico y comienza a contradecirse a sí mismo, a contenerse, una verborrea extraña rodea todo lo que leo. Como si el que habla supiera que habla demasiado, como una persona que se está dando cuenta de que te está, efectivamente, dando la chapa. Pero, al contrario, esto no es una chapa, aquí solamente quieres más, ¿Quiénes son todos estos nombres? Watusi, Soplagaitas, Supermán, Celso… Crean la necesidad de saber más, de avanzar en una trama que se sucede como una picaresca extraña en la que su protagonista huye del peligro a medida que se adentra en él. Todo contradicciones. La violencia está agazapada esperando pero contenida entre conversaciones que son una joya de nuestra literatura –es algo que notas nada más entrar en Watusi, el habla, el habla viva de los barrios enfrascadas como en formol resistiendo al tiempo como una joya bruta– y la comicidad extraña que rodea el mundo cuando la violencia está a punto de desbaratarlo todo, hay un tenso momento en que el Soplagaitas pilla a los dos protagonistas y les pega una paliza, en ese momento, Fernando Atienza – no dije nunca cómo se llamaba el protagonista-narrador de esta historia–, algo alterado por el vino, comienza a reírse. Así es la comedia, un impasse entre dramas que nos ayuda a sobrellevar el horror. Las escenas se retrotraen a otros tiempos siempre para explicarnos lo que está sucediendo, es un recurso esperable pero no suena a refrito, todo funciona. Parece que estamos ante un buen libro, uno de los importantes.  

El día del Watusi se desarrolla viajando entre prostíbulos y géneros, da a entender que el secreto, aquello que no se puede decir y que se dice de tantas maneras que ninguna goza del estatus de verdad total, no será descrito nunca. Y crece el interés. La acción es tan frenética como los diálogos que juegan con el Lector como si fuesen todo el rato por delante de él, especialmente representativo es el diálogo entre la Francesa y Fernando Atienza en el que ella parece ir adivinando, no ya lo que piensa el narrador, sino uno por uno todos los lectores dando respuestas parciales a aquello que nos preguntamos todos, el origen de esta maraña de personajes y su supuesta relación con el informe que leemos. Eso es algo que no se nos dará en esta primera parte que se cierra como con un impasse, y con un clímax comedido, uno que indica que todo está por coger otra forma, uno que nos indica que estamos solamente al inicio de una aventura (es extraño para mí pensar ahora en cómo los lectores originales recibieron este libro divido en tres y cargado de lo que hoy serían cliffhangers). No sé cómo seguirá, hasta aquí el diario de lo que es la primera parte de esta trilogía, lo que sí sabemos en este punto en el que resulta difícil dejar de leer y no pasar a la siguiente página, es que estamos ante una obra maestra de la literatura en castellano del siglo XXI que difícilmente abandonará mis pensamientos en los próximos años. Cada palabras de esos últimos capítulos de la primera parte parece ser consciente de ello y se me graba a fuego en la cabeza: Un tiempo enterrado en los cursos del tiempo, en la violencia, un tiempo en el abismo de los tiempos posibles, sin Historia.

Parte II: Viento y joyas

Mamá, he errado. Parece que el tono ha cambiado, pero no completamente. Seguimos enredados en la vorágine deslenguada de las conversaciones del barrio, pero el tiempo se acelera, de repente descubrimos a una familia de Fernando Atienza y a una madre moribunda en 1995. Y la narración principal nos devuelve lo que sucedió después del día del Watusi. Recorremos la nueva vida de Fernando como hijo de una portera de edificio que solamente quiere medrar, salir adelante. Pero aquí, tal y como anuncia el final de la primera parte, empieza la historia. De repente asesinan a Carrero Blanco (estamos en 1973) y hay manifestaciones de estudiantes, poco a poco el adolescente Fernando Atienza entra en el mundo y en la Historia. Ahora empiezan a querer encajar las piezas, el problema es que están todavía tan distantes de ese 1995 tétrico y lluvioso en el que todavía no alcanzamos a ver qué relación tienen el Watusi con el informe encargado, pero nos da igual. Nada importa porque el viaje te lleva como mecido por un narcótico hacia las lindes del nuevo estado español, entendiendo que el proceso histórico y la forma novelada se van confundiendo hasta poder decir: la transición fue el Watusi. Creo, poder afirmar eso a mediados de la segunda parte todavía, porque el Watusi en mi cabeza parece ir conformando una forma de narcotizar el paso de la decadente, gris y chabolista vida del franquismo hacia la tétrica lluvia cocainómana de los 90. De lluvia a lluvia y tiro porque me toca.  

El archivo: por alguna razón mis intereses siempre acaban en un archivo –pero eso no le importa a nadie aquí–; Fernando empieza de botones en el archivo de un banco, en un sótano de mala muerte en el que comienza el lento describir la historia económica del franquismo: Aquí la novela se vuelve más materialista que nunca y nos hace recorre en algo menos de tres páginas la historia de cómo el bando golpista se apropió por la fuerza o el matrimonio (que se podría decir que era otra forma de fuerza) de la riqueza del país, secuestrando no solamente las libertades públicas (que parecen interesarle menos al protagonista) sino también las económicas, y llega una escena increíble. Cuando muere Franco, encargan al botones que baje al sótano el busto del despacho del director del Banco del fallecido dictador. Y el hombre que se lo encarga le dice: escóndelo, pero no mucho, no vaya a ser que lo vayamos a necesitar de nuevo. Y ahí está escondida toda la historia de este país desde 1975 hasta hoy: hubo un poder en el que la transición fue esconder, pero no mucho, un busto de Franco. El dinero. Mientras Fernando relata con maestría su obsesión con la W y el día del Watusi sin que la narración parezca en ningún momento acercarse a ello de nuevo, él lo advierte: está por llegar la revelación, y aprovecha el despiste para seguir narrando la intricada sociedad de la alta burguesía barcelonesa de la transición, sus vicios y costumbres, su desmedida falta de escrúpulos. Aquellos que todo lo tuvieron, y que no lo han llegado nunca a perder.  

Fernando avanza, sus jefes confían en él y se adentra de a pocos en el mundo de la política de transición, porque es lo que toca. Banqueros falangistas metidos a políticos demócratas. Mientras, Fernando, aprendido en el barrio y en la calle, asciende como un pícaro posmoderno entre prostíbulos, reservados en restaurantes y coches de lujo. Y la W como una sombra proyectando su presencia sobre cada paso que el joven Fernando da hacia el éxito en un mundo de tiburones, pero recordando siempre de dónde se viene – curioso que la W se convierte en símbolo del recién creado partido político de uno de sus jefes simbolizando una gaviota, quién sabe por qué– y la violencia silenciosa que esconde ese referente en torno al que se construye toda la primera parte, como un aviso de que un estallido como el anterior está por venir. Pero las cosas avanzan a la vez muy rápido y muy lento, como se dice en el libro: ese es el adjetivo de la acción.  

Parece que a mediados de la segunda parte las cosas pierden un poco su conexión con el mundo del Watusi, demasiado centrada en describir el mundo oscuro e interesado de los partidos recién creados en la transición el narrador juega con las expectativas del lector hasta aburrirle con los relatos de comidas e intrigas que no interesan. Pero algo me hace pensar que ese desinterés es necesario, no es un no querer ver, esta parte es peor que todo lo que llevamos leído, es lenta y parece no salir nunca del encanto de lo bien descritas que están esas escenas desde un punto de vista normativo y canónico, pero algo nos hace pensar que ese aburrimiento es también una desidia que comienza a crecer en los propios ojos de un Fernando que ya no se asombra tan fácilmente como aquel chaval de barrio que de repente es la mano derecha de un banquero exitoso, algo se ha muerto dentro de él y no se sabe muy bien el qué, el narrador no para de insistir en que todo está relacionado con el Watusi, pero lo valioso es que empezamos a ver cómo el Watusi quiere ser su fantasía redentora, momento que todo lo explica, pero no es así. ¿Qué tendrá que ver todo esto con el Watusi? Esa nada que indica que todo es una excusa, nos pone frente a un espejo aún mayor: hacerse adulto es aburrido y no hay mitologías que lo expliquen todo. Ese desencanto unido al gris ambiente de banqueros falangistas que van de demócratas es también el desencanto de un país. Un país al que mitologías no explican y que ahora se enfrenta a ver que la mezquindad también puede existir en un sistema de garantías democráticas. Pero no nos desviemos, esta lectura es posible, pero esta parte también es menos eléctrica y entretenida que lo que va de novela, el hecho de que la mitología del Watusi se diluya entre páginas de politiqueo hace que el fondo de promesa de una solución acertada o de un regreso de aquel día a la narración se vayan difuminando, como una promesa incumplida.  

Todos cargamos una mitología personal. La novela remonta cuando Guillermo Ballesta, el jefecillo de Fernando en el entramado político en el que se ha metido, le cuenta una noche de borrachera su propia mitología (momento que Fernando aprovecha para contar la suya) y el Watusi devuelve fuerza a la narración, vuelve al primer plano y se siente que regresamos a la senda original, pero a medida que se suceden los celos, los enamoramientos y las intrigas, comenzamos a pasar el ecuador de la novela, y nos preguntamos ¿Dónde cojones está el tipo sobre el que se supone que va el informe que estamos leyendo? Da la sensación de que estamos ante un Tristam Shandy de la transición, un libro que promete un desenlace que no es que no llegue a darse, sino que se va volviendo irrelevante con el tiempo, el misterio original pasa a ser un misterio sobre la propia novela porque el personaje que se nos oculta no es aquel sobre el que se supone que íbamos a leer, eso es una excusa, el misterio de la novela se ha vuelto sobre ella misma y vuela entrecortada en la unión de tantos nexos y mitologías distintas, como si el entramado comenzara a trazar sus intrigas separado de aquello que les sucede a los personajes. Es un mundo, esta novela se ha separado de nuestra realidad y gravita por otros derroteros buscando la pieza que todo lo ancle, pero intuyo que hay algo importante en el hecho de que Guillermo Ballesta nos presente su propia mitología y esta no tenga nada que ver con la mitología del Watusi (porque todos pensamos que aquí se unirían las narrativas), porque nos dice algo acerca del mundo: cada uno carga una mitología, y esa es su responsabilidad para con el mundo, no tienen por qué estar conectadas, no tienen por qué encajar, ese es nuestro malestar.  

Empiezo a ver que esta novela conecta a partes iguales con John Barth (la obsesión por la repetición de pequeñas micro-mitologías, el nudo que nunca se deshace), Lawrence Sterne (alargamiento del ‘asunto’ hasta la extenuación), o Foster Wallace (una forma de presentar lo oscuro del mundo desde lo tétrico que es magistral y solo está dado a gente como David Lynch o Wallace) y a la vez está emparentada con evidencia con el Lazarillo de Tormes o Chirbes. Es como si, por primera vez en nuestro país, se haya traído un movimiento literario entendiendo aquello que une perfectamente nuestra tradición con la yanqui. Un poco como la transición hizo con el capital. Porque los posmodernos americanos (desde Sterne (que sí, lo era, mucho antes de la palabra, hasta Barth) eran amantes de una corriente de la literatura en castellano que explora ese camino entre lo cómico y lo tétrico, entre el ideal del pícaro y la melancolía de un mundo que no se corresponde con lo que pensamos de él. Porque Casavella ha sabido ver qué es lo que une todas esas fibras de la modernidad.

La trama se va afinando en torno a la figura de Tina, amante de uno de los jefes de Fernando y mujer por la que parece todos ellos están perdiendo la cabeza mientras el asunto de la política parece enseñar su verdadera carne: es un truco para pillar, pero esta ya nos la sabemos y deja de importar porque a Casavella también le deja de importar la lección moralista a medida que se encanta con sus ambientes, con las descripciones de las comidas, de las vidas rotas por el alcohol, pastillas y prostíbulos, ambiente gris y oscuro que comienza a impregnar como un lodo que se cuela por las costuras de la narración, hacia un fondo que es parecido al de la primera parte pero menos inocente, como si se repitiera esa búsqueda de originalidad pero cada vez siendo más conscientes todos (Lector y personajes) de que aquello no lleva a ningún lugar. Es un ejercicio cínico a nivel político, pero estéticamente parece querer montar algo más importante, parece dirigir la atención hacia otros lugares, mientras otros novelistas se hubieran encerrado en el barro de la vieja política mientras cuentan una historia de amor, aquí es al revés, Casavella se enreda en una historia de amor mientras se olvida de los barros que venía a contar. Porque esos barros, y esa es una gran lección moral, no son interesantes. Son exactamente lo que nos imaginamos de los barros, hombres mediocres, tirando a tontos, con ganas de poder caiga quien caiga, y sin mucho escrúpulo para ser un cabrón. Eso se ha contado siempre. Pero hay algo en el ambiente, en la obsesión con Tina, en la búsqueda de Fernando, que no encaja en ese mundo que aparentemente todos hemos visto o leído en otros relatos. Hay algo en sus costuras que no funciona:  

Un nuevo destello de aquella mirada fue suficiente. Ballesta entró en el Mercedes sin decir nada y arrancó. La explanada del aeropuerto se me apareció como una porción devastada del planeta. Por fin, y por primera vez, y de verdad, la naturaleza estaba allí y yo aquí. Me invadió el sentimiento, quizá pasajero, de no pertenecer a nada. Busqué un tranquilizante en el bolsillo. Ya me había dejado de hacer preguntas sobre lo que veía u oía. Quería respirar hondo con unos pulmones como los silos que divisaba a lo lejos, entregarme a un culto acogedor que no me hiciese pensar, ahora que mi familia no existía, que el Watusi y lo que significaba se habían convertido en algo ridículo, ahora que el cono de Tina, aunque aún me pudiera deparar algún inesperado placer, estaba muy lejos después de aquella confesión a Ballesta. Casi podía oler el sedimento de basura, capas sobre capas, lodo y cemento que se habían convertido en esa superficie dura que estaba pisando, la explanada. Se habían trazado las líneas de la pista de aterrizaje, las de los aparcamientos, las de la carretera. Las personas caminaban, los coches circulaban, los aviones subían y bajaban. Allí, allí, no sé dónde.

Tenía que ir a un bautizo.

Compré regalos en unos grandes almacenes. Informé de la edad ínfima del bautizado y me entregaron un lote de sonajeros, ositos y pelo-tas. Compré unas cucharillas de plata. Compré peúcos, baberos, faldones, petos, babis.

-La gente muy bien compra chupetes de plata.

-Pues venga a la bolsa ese chupete de plata.

Algo en este párrafo resume muy bien esa sensación de desasosiego que recorre todo el ambiente de la novela, una especie de riqueza falsa y cutre. Un aparentar que no llega a nada, un algo tan gris que en las descripciones de la ciudad solamente tienen cabida elementos grises por antonomasia: La pista de aterrizaje, aparcamientos, carreteras, coches, aviones. Una ciudad plagada de elementos no-humanos.  

Mark Fisher en Lo raro y lo espeluznante dice: «Lo unheimlich freudiano se relaciona con lo extraño dentro de lo familiar, lo extrañamente familiar, lo familiar como extraño; la manera en la que el mundo doméstico no coincide consigo mismo». Al contrario que la definición de lo siniestro tomada de Freud y analizada por tantos, lo tétrico no tiene una relación especial con aquello que está afuera. Con un más allá horripilante y monstruoso, ya sea en su faceta de lo raro o de lo siniestro. Lo tétrico es más bien una bajada de calidad de lo real, como si aquello que nos debiera de parecer normal y natural, se viese con un cariz de desmejoría, un desgaste visual y de calidad en las cosas: lo gris en el mundo, aquello que nos deprime. Creo que se representa muy bien en el juego de Los Sims cuando los personajes que controlas se deprimen porque su casa no está terminada del todo o no está bien construida: la realidad se presenta en baja calidad, como en un vídeo de Youtube antiguo a 144p. Ese es el mundo gris del Watusi que se presenta sobre todo en la segunda parte, en el comienzo a los pies de la cama de hospital. Después de que Fernando haya salido de un after drogado y borracho y pare a comprarse un polo para parecer más arreglado. Una calidad que ni siquiera el dinero puede comprar.  

Al final de la segunda parte a Fernando le mandan en un encargo a Francia, él sospecha que es todo un engaño y llega el clímax en el que traiciona a sus compañeros de partido y desaparece de la faz de la tierra. El climax es blando, en su crítica Ignacio Echevarría aduce a este climax la falta de consistencia de la historia y de la segunda parte en concreto, pero creo que yerra al ver en la laxitud del supuesto clímax una debilidad, el clímax debe ser fallido, como toda la mitología, porque en ese reflejo tétrico de la transición hay una lección estético política: la mitología nunca funcionó, ni siquiera la que nos podría emocionar, una trama de espías y corruptelas, no la hay, hay un arribista que se va antes de la acción y decide no hacer nada. Esas páginas son especialmente grises y agobiantes, sin ser exageradas, el ambiente reproduce lo deprimente de la situación con exactitud, sin exagerar, pero siendo consciente de su momento:  

Arranqué y subí la calle. Al doblar la esquina para desviarme a la derecha, vi cómo Ballesta pedía precaución con la mano a un Seat 1430 blanco que se acercaba hasta él. Los edificios, las farolas encorvadas me prestaban atención. Alguien se había olvidado en algún bolsillo la llave del maletero, que solía pender del contacto como un ahorcado y entrechocar con el distintivo de Jaguar. Los semáforos me permitían el paso. Al derribarse sobre mí de tanto atenderme, los edificios, las farolas silbaban el silbido del tiempo. […] Habría acabado con ellos y conmigo. Eso era todo. Ése era el silbido del tiempo. El tétrico balido en el futuro del chivo expiatorio. «Para lo que hay que hacer, el niño ya me sirve.»

Todo es carente de vitalidad. Eugenio Trías en Lo bello y lo siniestro aduce a lo siniestro a través de Freud el hecho de ser un deseo reprimido que se cumple en la ficción, que se despliega libre de restricciones. Y creo que lo que diferencia lo tétrico de lo siniestro está en ese momento de liberación y cumplimento del deseo. En lo tétrico ese deseo queda inválido, se explicita, se dice: es deseo, pero no llega a cumplimentarse del todo, es la imagen de un suicida que no consigue su objetivo y queda marcado para siempre con el intento. Es la marca de una herida que no fue mortal. Y esa es la forma de escribir que Casavella nos despliega en el Watusi, un deseo que se explicita pero que nunca colma: una mitología fallida. La segunda parte acaba con un deseo frustrado y una sin liberación. Todo se difumina en un ambiente vacío, los personajes van abandonado la narración sin despedidas, y por fin, después de 600 páginas, aparece en el informe el nombre del sujeto sobre el que se supone estamos leyendo: José Felipe Neyra.  

Parte III: El idioma imposible

Volvemos a 1995. La madre confiesa un secreto que no llega a ser un secreto: gracias a la huida de Fernando del mundo ella pudo conseguir un trabajo mejor apoyada en el silencio de las acciones de su hijo. La narración tras el breve pero intenso encuentro entre madre e hijo regresa a 1977 y relata la bajada a los infiernos ciudadanos de Fernando, como un visitante un tanto paranoico y sus comienzos con el menudeo de anfetaminas. El mundo es cada vez más irreal, y a su vez más completo. Es como si las chabolas de la primera parte hubieran gozado de mayor realismo en la narración (con lo ‘maravilloso’ de lo narrado) que el resto de elementos, que a medida que Fernando se hace mayor, su mundo se va volviendo cada vez más esperpéntico y tétrico, como si el mundo perdiese calidad. Es curioso porque la tercera parte abre con una cita de Rilke, y es ese mismo poeta que en las Elegías de Duino dice: No crean ustedes que el destino es más de lo que cupo en la infancia, como si Casavella estuviera dotando a la mitología infantil del Watusi del estatus ontológico de realidad que se deshace a medida que su protagonista entra en la fantasía tétrica de la transición y va perdiendo realidad a medida que su mundo se vuelve más pintoresco y, por lo tanto, más falso. Es cierto que aquí se deja ver una postura algo cínica para con el mundo postfranquista por parte de Casavella. Pero esa forma de ver el mundo es consistente en la narración que a medida que nos introduce en los bajos fondos de su vida después de la aventura política anticlimática, parece perderse por la mente del protagonista haciéndonos dudar de la calidad del informe que se lee.  

La tercera parte avanza como a trompicones entre la sordidez absoluta de la vida díscola de Fernando y los eventos acelerados de la Transición tardía. El Golpe de Estado, las elecciones del 82, y comenta su introducción en el mundo de la noche rodeado de heroinómanos, ladrones de poca monta, noches que se mezclan y pastosas soledades acompañado de personajes sin rostro ni nombre, una especie de bruma incierta que se entiende cambiante en cada anécdota en la que Fernando trata de replicar esa mitología inventando sobre sí mismo una vida que no es cierta y en la que las verdades (como cuando cuenta alguna de sus aventuras en política) no pasa por verdad. Pedro y el Lobo. Su vida se ha desmoronado y la narración, como siguiendo a Fernando, parece haber perdido el sentido, a pesar de que el nombre de Neyra se menciona cada cuatro o cinco páginas, parece que estamos más lejos del punto de unión que dará  sentido a todas estas historias.  

No sé si me explico, Olga-Paca, pero no esperes como colofón a tu interminable monólogo una ternura macabra de película barata; aunque en razón de lo mucho que narras y lo poco que entiendo, ahora te ame con la hermandad de la mutua desesperación y finja interesarme por tu completo existir y espere, me gustaría, es pura vanidad, lo sé, que al salir de esta caverna anduvieras por una calle nueva iluminada de olvido, te cayese dinero del cielo y esa luz y esa lluvia te hicieran sentir mejor. Saca la mano de mi rodilla, Olga, porque sólo espero a que concluyan tus penas para incorporarme con lo que me resta de cuerpo y hendir la excesiva claridad de un mediodía cualquiera, ya por siempre corrupto, en una ciudad demasiado conocida. Decir «Bueno, está bien, ganáis de nuevo» y pasarme un día postrado en la cama mascullando «Nunca más, nunca más…», visitar a mi madre, seguir con mi Informe. Si sólo interrumpieras un segundo tu monólogo, Olga, te diría, quizá insistiendo en que no te conozco de nada, lo que Stendhal afirmó una vez: «Es necio dar cuenta de las pasiones extremas.» Pero no te puedo decir eso, porque iba a caer mal a tus amigos, o quien sea la fauna salvaje que rodea la mesa, se restriega la nariz y, a buen seguro, desconfía de las citas. Además, soy el primero que lleva desde hace tiempo un registro de esas mismas pasiones, o de su vocación, cuando le han pedido un Informe sobre las actividades en mi ciudad, las sombras y los comentarios, de José Felipe Neyra, el espía, el intermediario político, el amigo de los árabes, de los suizos y de otra gente, que desentierre unos hechos confusos, quizá importantes. No puedo ordenarte callar, porque hace demasiado tiempo, Olga, antes Paca, que atravesaste en tu relato el umbral de lo prudente para que yo pudiera cambiar de conversación sin ser grosero. Tu marido, Paco, se murió por yonqui, tú casi te vas también si no llegas a separarte, que el hermano al que más querías, Paco también, falleció después de caerse de una moto y de que en el centro médico donde había acudido no le diagnosticaran el derrame cerebral por donde se le fugaba la vida, que odias a tu madre, también Paca, que odias donde yo sólo veo envidia y resentimiento (los defectos preferidos de la madurez, o como se llame esto nuestro) a tu otro hermano, Manolo, que acaba de comprar un juguete demasiado caro a su hija, Vanessa, cuando tú no puedes costearle nada igual a tu niño, Paquito. Y sigues hablando de las maravillas electrónicas que tu hijo sólo conocerá cuando se las pida sólo un rato, venga, porfa, a tu sobrina, mientras pienso qué demonios ha sido de mi noche libre una vez cumplida la misión de enfrentar mi sordidez y mi dolor a lo razonable que le quede al mundo, y acabar perseguido por unos espectros a sueldo en el peor de los lugares imposibles a las seis de la mañana.

Este párrafo resume muy bien lo que vengo argumentando acerca de la novela en cuanto a la forma sórdida de mezclar la historia de la transición con la vida destrozada de sus personajes, con la muerte constante de las esperanzas que se suponía el fin de la dictadura podría haber traído con la sociedad española. El objetivo parece para Casavella no indicar la falsedad sino la necesidad de que esa contradicción actúe: la transición necesita ser fallida para enrocarse en esta forma que recorre todos los años 80 y 90. No es la cara oculta sino la fundación de la nueva España post-franquista. Lo resumen muy bien Deleuze y Guattari en este párrafo del Anti-Edipo:  

Nunca una discordancia o un disfuncionamiento anunciaron la muerte de una máquina social que, por el contrario, tiene la costumbre de alimentarse de las contradicciones que levanta, de las crisis que suscita, de las angustias que engendra, y de operaciones infernales que la revigorizan: el capitalismo lo ha aprendido y ha dejado de dudar de sí mismo, mientras que incluso los socialistas renuncian a creer en la posibilidad de su muerte natural por desgaste. Nunca se ha muerto nadie de contradicciones. Y cuanto más ello se estropea, más esquizofrénica, mejor marcha, a la americana.

Entendemos que esta aplicación concreta no se limita solamente a la Transición, sino que esta lectura tétrico-estética podría calificar una parte de la historia en la que las costuras de nuestros movimientos son evidentes y señalarlas carece de sentido, pues son esas costuras a la vista su fortaleza. Frente a la filosofía de la sospecha, que atacó los cimientos del mundo, la defensa del poder fue decir: claro que es cierto todo eso ¿Y a mí qué? Así es como funciona el mundo. Lo que me parece divertido es la forma en la que Casavella lo propone, a través de un juego de espejos y profundidades que se va nivelando a medida que avanzas en los espejos y en la fantasía, a medida que la realidad pierde su calidad, como una imagen que va perdiendo píxeles, el mundo es más directo, las cosas se dicen a la cara, pero dejan de tener efectividad y al final, la primera mentira, la única que funciona es la mitología originaria del Watusi, que funciona bien precisamente porque se erige directamente como mito, nunca puede perder su estatus ontológico.  

La entrada de los años 80 en la narración introduce un cariz ligeramente diferente al ambiente tétrico y oscuro de los años 70, de repente la Movida y su frivolidad impuesta aparecen como vistas a través del cinismo supremo del narrador que nos presenta una Barcelona más alegre pero sumida en la adición y lo ligero. En su artículo en Todo me parece frívolo, Pablo Caldera explica este momento de la cultura española a través del cine de Almodóvar así:  

Lo frívolo, entendido en un sentido negativo, no solo es lo poco serio, sino también lo insulso, lo que no deja poso. Desde otro punto de vista se diría que, durante años, lo frívolo fue lo inadecuado, y justamente por eso se defiende cierta producción artística de los años 1970 y 1980 como frívola, pues su cariz político reside en dicha inadecuación, digamos, moral. Sin embargo, al hablar, por ejemplo, de las primeras películas de Pedro Almodóvar, se suele confundir frívolo con extravagante. El propio Almodóvar reconoce que Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón es una película frívola, pero su argumento no tiene que ver con el lenguaje soez o la famosa secuencia de la lluvia dorada, con una sexualidad expresiva, sin matices ni represiones, sino con su voluntad de resituación política: la película, explica hoy Almodóvar, y el arrepentimiento parece asomar en su juicio, planteaba un reseteo histórico, una especie de borrón y cuenta nueva que situaba tanto al franquismo como al antifranquismo (comunista, pues no existió otra fuerza antagónica mayor) en una suspensión radical. Es como si el franquismo nunca hubiera existido, explica Almodóvar, y de ello se deriva también una negación del antifranquismo más combativo. El cineasta, ya maduro, entiende las contradicciones de la frivolidad autoafirmada a la perfección. La frivolidad buscada es un reseteo moral, no tanto un elogio de la superficie. Faltan matices para entenderlo, pues hemos asociado con demasiada convicción la ligereza a lo amoral báquico y la moralidad con un peso interno que, lejos de agarrarte al suelo, eleva la mirada del sujeto que goza de su juicio virtuoso (véase el mejor texto sobre la internalización de la moral que se ha escrito nunca, o sea, El malestar en la cultura).

Y hay un momento muy sugestivo cuando la relación de Fernando con Elsa, una chica heroinómana y experta en música que ronda los ambientes pop de la movida barcelonesa, en el que ella se sorprende de que la mitología del Watusi se hubiera dado en ‘pleno franquismo’ remarcando la imposibilidad no solo de una trama llena de gánsteres y peliculera como lo es, en mitad de una dictadura represora como el franquismo, sino de la propia frivolidad que acompaña a la mitología del Watusi. Como si la frivolidad (palabra que usa en ese capítulo el propio Casavella), fuese patrimonio exclusivo de aquello que trató de tumbar la tétrica etapa de exaltación política y movimientos sociales que fue el tardo franquismo y su transición a esa democracia que quiso borrar las huellas de su propio crimen, como si entre esos dos conceptos (lo tétrico y lo frívolo) vadeasen los problemas estéticos y culturales del pasado reciente en España. Como una dialéctica entre el no querer entender y el entender tanto, el saber tanto de los tejemanejes que construyeron el estado actual, que todo dejase de importar porque la verdad, al venir señalada desde el inicio, fuese inoperante como agente de cambio. Creo poder apuntar que Casavella ve muy bien en esta relación entre el chico Cínico y la chica Frívola, que no se creen nada el uno del otro (porque los dos mienten, ni se puede ser uno ni el otro completamente), la dialéctica cultural del olvido y del decirlo todo sobre el pasado como tratando de explicar que ambas fueron el pivote, la costura necesaria de la transición para mantener el equilibrio y no tener que realmente explorar la dificultad del paso de una dictadura fascista a una democracia sana. Ese fue el velo de la transición, Fernando el cínico y Elsa la frívola.  

La muerte de Elsa es uno de los momentos críticos del libro. Pareciera que el narrador que se ha ido deslizando por el cinismo a lo largo de la narración ahora ha perdido esa pátina y el patetismo se cuela por entre las rendijas, el momento es terrible y frío, la escena en el cementerio tiene algo de ridícula. Todo se vuelve más como estaba siendo que antes, se intensifica la sensación de aislamiento y podredumbre de Fernando. Parece que además el entramado se libera porque comienza a dar razones para pensar que hemos sido engañados. Nada del supuesto se puede entrever en esas páginas y a falta de poco para el desenlace final lo deja caer: Esto ha sido una pérdida de tiempo. Los capítulos van ganando en intensidad poética y muchos se convierten en alardes narrativos que dejan ver la distancia entre la belleza descriptiva y la vida destrozada de sus habitantes. Fernando cambia de rostro con mayor velocidad, es cantante, es una sombra, un fantasma, como todos los personajes que parecen rodearle en esta parte de la narración. Pero se introduce un elemento de interés: las Olimpiadas.

Para muchos analistas hay, entre la muerte de Franco y 1992, una especie de sentido histórico compartido. Varios relatos (de más laudatorios a más críticos) comparten esta trayectoria que uniría como en una línea que va de lo estético a lo político 1992 como el año del fin no oficial de la Transición. El año en el que España se presenta al mundo como la potencia que nunca debió dejar de ser. Es por ello por lo que no es baladí pensar que la crítica que Casavella realiza y el marco 1971-1995 elegido para ello tenga que ver con la propuesta estética de la transición como fenómeno que abarca mucho más que los años 1975-1978 y que encapsula toda una forma de ver el poder que va más allá de un momento político. Y todo ello creo que se refleja muy bien en la estética que la vida de Fernando Atienza emana, porque a pesar de aventuras y cambios, el hombre que narra sigue siendo el mismo infante del día del Watusi, el alma perdida por las calles de Barcelona rodeada de sombras y decorados: nada es cierto a su alrededor más que la miseria misma de su alma cínica. Por ello la muerte de Elsa resulta extrañamente desconcertante, parece el único momento real en mucho tiempo, tal vez el único que no necesita remitirse a la mitología del Watusi para ser cierto, por ello escapa de la lógica misma de su narración y nos presenta la otra cara de la novela: no hay mitología que valga, nada nos puede salvar. Más cinismo a través de lo real.  

Y a continuación sucede algo extrañamente bello y es que Elsa parece fusionarse como un fantasma integrado en el propio Fernando, una especie de posesión a través del recuerdo que suaviza el cinismo de Fernando, como una nueva mitología que en esta ocasión tiene mayor pertinencia, aunque menor peso narrativo, es como si Elsa poco a poco fuese sacando al Fernando obsesionado con el Watusi de su encierro obsesivo y paranoico, como una cura para el cinismo a través de la fantasía.  

En este momento de la novela es cuando aflora más el componente clásicamente ‘posmoderno’ en el que diversas publicaciones descritas por Fernando combinan de forma irónica elementos pop con elementos filosóficos como un artículo llamado El Selz y la Nada en un chiste de referencia Heideggeriano que se mezcló con la idea de Nada que Elsa llevaba en la cabeza, generando uno de los momentos más extrañamente bellos y que más recuerdan a coetáneos de Casavella internacionales como Foster Wallace o Franzen. Pero esto son alardes que no nos separan del objeto último de esta coda final que se deshilacha poco a poco a medida que vamos entrando en la certeza de haber sido engañados. La estela del informe de nuevo se desdibuja entre las sábanas y deseos de un Fernando sin norte que ha vuelto a la tristeza gris de la que nunca salió: Evito al Lector calificar la sonrisa que en ese momento debió de componer mi boca; sería más adecuado describirla en sus fatuas ondulaciones, en sus pomposos pliegues, en la tétrica, equina, prolongada, exposición dental. Esa tétrica, equina, prolongada exposición dental, representa a la perfección este ir de un lado para otro medrando en un país de corchopán hacia un lugar incierto. Diciendo a todo que sí sin saber muy bien a dónde.  

El olimpismo abría cinturones periféricos a través de las afueras nobles de la ciudad ante la protesta de los acomodados vecinos. Una serie de martillos neumáticos ofrecía una sinfonía infernal.

Las obras infernales: recuerdo del infierno inaugural en el Parque de Atracciones de la montaña.  

Y Elsa estaba muerta y yo vuelvo a escuchar el silencio. Y otros que también intuyeron, esos inútiles anclados en un tiempo antiguo empezaban a tener un aspecto remoto, característico, si no habían cedido a la fuerza de la Forma, de esa Forma Olímpica que todo lo envolvía, o al menos era la cúpula sobre mi campo de acción. Y sigue el silencio. Y por ello, aunque la razón se enoje, el silencio es más importante que comprender a Victoria.

Fernando comienza un nuevo noviazgo bajo la sombra extraña de Elsa, con Victoria, galerista hija de un catedrático de Historia del Arte catalanista. Pero en ese amor, a pesar de su fuerza, no hay una autenticidad perdida. Solamente ese silencio ante la falta de lo que parece lo único original en su vida. la frivolidad alegre de Elsa.  

La trama aquí parece acelerarse, el narrador deja caer que el objetivo final del informe es revelar el nombre del Lector, abandonada ya toda esperanza de saber algo sobre José Felipe Neyra, otro señuelo en este vodevil de caretas. De repente amenaza la mafia y la desaparición de la hermana de Victoria, amiga de Elsa en sus devaneos nocturnos por el barrio Chino y la droga. Todo se encarrila hacia otro falso clímax, como el final del día del Watusi y el de la trama corrupta, pero falta pro clausurar el asunto, pareciera que hace falta que esta vez suceda algo más real, que el clímax no sea en absoluto otra estratagema, y si lo es, que tenga un sentido narrativo, estamos en el momento del salto de tigre que podrá echar por la borda 800 páginas maravillosas. Se ilumina un espejo: aparece Dora, personaje de la primerísima parte, amiga de la asesinada el día del Watusi. Y comienza el último capítulo de la narración antes de que el libro cierre con otra coda en 1995.  

Atienza se mete en la sede de una secta ‘Pascualista’ a leer un folleto sobre Jesús y descubre varias cosas que se llevan anunciando toda la novela: no existe la mitología originaria, todo es un invento del narrador, a través de Lentulus y el falso Jesús que todo el mundo hoy identifica con Jesucristo, toda mitología es constructo de simulacros entrelazados: hete aquí el misterio del informe Lector. Nada nuevo sobre el suelo posmoderno que parece hacerse demasiado evidente en esta última parte. Pero más allá del alarde de cerrar una parte que se enseña de forma menos pornográfica en otros párrafos, la sensación de cierre nos anima a seguir leyendo imbuidos en la búsqueda por la hermana de Victoria, la doble Elsa, una especie de simulacro de nuevo de lo único real de toda la novela, a pesar de que eso sí que no venga explicitado de tal forma. Hay una extraña revelación tan adelantada en esa conversación entre Dora y Fernando que cuando se da parece también falsa: todo lector medianamente despierto ya lo ha adivinado. Funciona como una desilusión: en efecto las mitologías de deshilachan en la sede de una secta mal ventilada y con olor a ambientador en el barrio chino de Barcelona: hay una muerte en cada esquina que no se da nunca. Ese tender siempre hacia un clímax que no se da, ese casi cumplir el deseo, esa gris intentona de llevarnos siempre a la ilusión para romper con cinismo nuestras expectativas: ese saberse tétrico en un mundo sin salida, sin origen ni fin. Encerrado siempre en lo mismo. Eso es lo que apuntan las últimas páginas del Watusi. Pero falta un final, uno brusco al menos, para esta pantomima: Porque había algo que debía saber y me era negado.  

Y todo, cómo no, debía ser una enorme mentira. Dora relata la realidad del día de Watusi y todo lector entiende que es eso lo que se alargaba desde el inicio: algo ni del todo falso, ni del todo cierto, pero nada tan emocionante como no saber y querer indagar. De nuevo, decepción que alarga nuestras expectativas. La realidad nunca es suficiente pero no podemos vivir en las mentiras, habrá que transitar el cinismo o la decepción: Y aquella verdad de la memoria se deshace.

Regreso a 1995, del final de la narración central poco diré porque es un viaje intenso y en el que se libera un poco de toda esa tensión acumulada, pero quedan fallas por explorar.

Es 1995, por fin, de nuevo. El final parece un ejercicio general de cierre en el que Casavella se relame en su prosa y en decir a la cara lo que se lleva sospechando todo el rato: El imperio de lo falso es el imperio del Todo. Los mitos están muertos y las ilusiones también. El final retiene la maravilla con la que se ha ido urdiendo la obra, pero no deslumbra tanto como el resto, es un cierre adecuado para un momento importante de la literatura. Es el momento en que más se parece a los americanos y el delirio vuela más alto, más Foster Wallace que nunca la novela parece no querer irse nunca, pero se apaga poco a poco diciendo a la car las verdades que se ocultan durante todo el relato. El final remata los flecos y termina con una alusión a lo poco real que hubo en el mundo de esta narración, que funciona como un trampantojo que nunca te crees del todo, y esa es su magia, recalcar todo el rato a través de lo fascinante de su historia, lo falso de aquello que nos sigue y seguirá fascinando siempre, el abismo sobre el que sostenemos todas nuestras mentiras y sobre el que bailamos agradeciendo al mundo que existan y nos permitan pasar un rato como el que he pasado leyendo estas 900 páginas.  

Epílogo: Sobre lo Tétrico

Cuando hablo de lo tétrico hablo de una sensación de siniestralidad que entendí por primera vez viendo ‘El fantasma de la libertad’ de Buñuel; una imagen de un maniquí de una de las protagonistas para simular a un fantasma, a día de hoy no sé muy bien si era un maniquí o un maquillaje tan extraño que me hizo pensar que aquella actriz había dejado de ser humana.  

Todo ello lo relaciono en mi cabeza con una idea gris y lluviosa muy ligada a la mortalidad, pero con un cariz kitsch. Una mezcla entre lo cursi, lo elevadamente adornado y barato y la idea de la muerte que todo lo rodea. Esa forma de lo siniestro que para mí cristaliza a la perfección en la idea de lo tétrico es algo que he buscado mucho en el arte y que he encontrado muy a menudo en ciertas formas de parodia o pastiche posmoderno que a la hora de mezclar elementos de la cultura pop con una melancolía por la originalidad perdida tras el modernismo consiguen ese tipo de efectos en mí. Lo conseguía Foster Wallace al hablar de televisión y drogadictos, lo conseguía David Lynch con esos espacios liminales y oníricos en imágenes sucias y lo consigue Francisco Casavella cuando retrata la vida escondida y pusilánime de su protagonista, y creo que acierta en una cuestión esencial para la estética de lo político y es que la Transición española fue profundamente tétrica. Con el objetivo obsesivo de evitar una nueva guerra civil, se maquilló demasiado el proceso de cambio hasta que dejo de ser eso y se convirtió en un maniquí tan real que pareciera que no distinguimos a la actriz del muñeco. Y eso tiene sentido cuando nos preguntamos por la actual calidad democrática de nuestro país, porque a veces presumimos de avances y otras señalamos estructuras que solamente cambiaron de nombre de un día para otro (El Tribunal de Orden Público renombrado Audiencia Nacional de la noche a la mañana). Y creo que en ese dualismo siniestro en el que se movió el cambio de régimen (dualismo difícil de concretar en su momento y muy fácil de ver a toro pasado) se mueve la estética de unos años 70 que resultan siempre a medio camino entre la entrada definitiva de lo Pop y la sensación de una muerte que se aloja tras las esquinas.

Una transición plagada de violencia de la que se dice modélica. No descubro nada nuevo a nivel político, pero creo que es necesario adentrarse en esa parte estética que acompañó al modelo y que creo que Casavella supo ver poniendo el foco en uno de tantos arribistas que vieron la oportunidad de librarse de aquello. Creo que Ignacio Echevarría acierta cuando en su crítica de la novela dice que Casavella no termina sino por repetir algunos clichés manidos de la transición. En parte porque esos clichés esconden una cierta verdad histórica, en parte porque el interés de Casavella no es tanto el de desmontar un relato político que es cínico y perverso, sino el de señalar la estética profundamente contradictoria que acompaña a ese relato. La idea de modernización que viene pegada a una serie de repeticiones y plagios de la cultura popular que se hacía a nuestro alrededor. Y es acertado.

Según Matei Calinescu en su ensayo Las Cinco caras de la Modernidad, lo kistch funciona en ocasiones como indicador de progreso en una sociedad, florece en aquellas que comienzan a permitirse una falsa belleza como bien de consumo, es decir, cuando sus condiciones materiales comienzan a permitirlo. En este caso, en España el asunto es el de las condiciones políticas que permiten la entrada de todo aquello que vivía anquilosado en las fronteras del franquismo, desde el movimiento Hippie, hasta el incipiente Punk, la literatura posmoderna americana o el descubrimiento de lo Pop. Todo de golpe mezclado. Y no es errado pensar precisamente que Casavella escoge Watusi como mitología porque es una introducción americana de un pastiche afro-caribeño. Es ya una copia de la copia lo que llega a nuestras costas para erigirse como mitología personal del protagonista que busca cubrir con una estética (el baile, la autosuficiencia, la aspiración social) toda esa maraña de desengaños y mentiras que se produjeron en la Transición.  

La transición se perfila como tétrica por una razón: fue cutre. Y ese es uno de los aspectos claves de mi visión de lo Tétrico, que es lo kitsch de lo siniestro. Es como la cara descompuesta y pastiche de una sensación de muerte que no llega a desvelarse del todo en el arte pero que muestra como parte de su desvelamiento su propio mecanismo, y la fragilidad de ese mecanismo, su cutrez, lo convierte en algo más siniestro si cabe, como una pesadilla en Marina D’Or, un maniquí blanquecino por el tiempo o la Transición como doble movimiento que maquilla el régimen que abandona, no lo abandona del todo, pero convence a la hora de transformar las esperanzas de la población y mejora la vida y la libertad del país. Es a la vez las dos cosas: una contradicción sedimentada en la historia. Y esa es su fuerza. El facha piensa que le han robado España, el rojo que nunca se fue del todo el franquismo. Esa es la fuerza de la Transición: mantuvo la herida abierta hacia el otro lado y así se pudo aprovechar lo de en medio. Y esa contradicción ha funcionado tan bien que apenas se han cambiado los pilares básicos que quedaron explicados en 1978. Desde ahí todo es un olvido porque todo el mundo cree haber perdido su batalla. Y el mecanismo nunca lo quiso ocultar, porque enseñar lo tétrico de aquel miedo a la violencia, enseñar el mecanismo de robo, era más efectivo para meter miedo que generar una mentira total. Nada hay que desenmascarar, por eso nada se puede hacer mostrando las costuras: esas costuras se pusieron a la vista en un ejercicio político que era tétrico, cutre y siniestro, a propósito. Porque ese desasosiego es mayor y genera un movimiento depresivo que lleva a la inacción. A nivel estético la transición funcionó así, solo hace falta pasarse por sus fotografías, productos culturales o noticiarios, para ver una España gris, de cartón piedra, en la que todo tiene un gusto a medio camino entre el tabaco y la falsedad. Nada es original, hay un miedo en el pastiche.

En su ensayo El carácter tétrico de la historia, Juan Benet explica:

Sin duda olvidan el carácter esencialmente trágico de la historia que tantos comentaristas, y con tanta frecuencia, han puesto de manifiesto. Pues —por un cierto parecido con lo que ocurre en la escena— toda historia que escudriñe las situaciones humanas concluidas ha de tener ese carácter. Por el contrario, el tono abierto —e intrascendente— responde siempre a una situación no concluida, la de la comedia.

Benet entiende por tétrico lo decadente, lo que aquí se propone es un matiz diferente en el significado, sería más parecido a deprimente: no hay sentido de ascendencia o descendencia desde ningún afuera. Lo tétrico es autocontenido, por eso Benet se permite ser cínico hablando del carácter tétrico de la historia: porque para él la historia es una historia de decadencia. Pero lo que propongo aquí es una lectura menos esencialista: la historia no es ni una ni otra, pero el carácter tétrico domina en ocasiones cuando los eventos son incapaces de ocultar su propia herida y por ende se vuelven grisáceos, como difuminados por un brillo. Sus costuras se hacen evidentes. Y lo que, en sentimientos alegres, es cursi o kitsch respecto a épocas abigarradas o cargadas, aquí se vuelve Tétrico: el equivalente kitsch a lo siniestro. En su crítica al libro de Casavella, Ignacio Echevarría le echa en cara al autor precisamente que Barcelona aparezca como una especie de decorado falso, de parque de atracciones:

y que repinta una y otra vez el cartón piedra de una Barcelona convertida desde hace ya demasiado tiempo en su propio parque temático (para el que, sin ir más lejos, esta novela se postula como guía comentada).

Y no está de más recordar que la novela empieza precisamente en uno, está marcado desde el principio ese carácter de falsedad, de ciudad adornada y sin vida, deprimente y tétrica.

Y es en esa escena inicial en la que hay un momento extrañamente desolador cuando el protagonista se fija en una mujer a la que ve en repetidas ocasiones mientras él se abandona a los placeres del parque (que son muchos) como mezclando esa irrealidad soñada, el encargo que es un misterio para el Lector todavía y ese deseo sexual que no se consuma: ahí están encerradas todas esas visiones tétricas del mundo que forman los pilares de la novela de Casavella. Parece que Eugenio Trías se acerca a describir esa sensación, pero de nuevo se decanta por el concepto de lo siniestro como límite:  

En tanto que condición, no puede darse efecto estético sin que lo siniestro esté, de alguna manera, presente en la obra artística. En tanto que límite, la revelación de lo siniestro destruye ipso facto el efecto estético. En consecuencia, lo siniestro es condición y es límite: debe estar presente bajo forma de ausencia, debe estar velado, no puede ser desvelado. Es a la vez cifra y fuente de poder de la obra artística, cifra de su magia, misterio y fascinación, fuente de su capacidad de sugestión y de arrebato. Pero la revelación de esa fuente implica la destrucción del efecto estético. El carácter apariencial, ilusorio —que a veces se llega a considerar fraudulento— del arte radica en esta suspensión. El arte camina a través de una maroma: el vértigo que acompaña al efecto estético debe verse en esta paradójica conexión. Por cuanto lo bello linda Lo que no debe ser patentizado, es lo bello «comienzo de lo terrible que todavía puede soportarse». Por cuanto lo siniestro es «revelación de aquello que debe permanecer oculto», produce de inmediato la ruptura del efecto estético.

Lo que me lleva a pensar que tal vez lo tétrico funcione como pre-siniestralidad, el punto hasta el que se puede forzar lo bello sin entrar en el terreno de lo realmente siniestro. Como el concepto que precede a la ruptura, un equilibrio tan delicado que, de hecho, pierde mucha de su fuerza cuando se lo mira de nuevo, como una sombra, como la sombra del Watusi que Fernando asegura ver en la novela. De nuevo Echevarría acierta en su crítica cuando dice que muchas frases que parecen bonitas en la novela no resisten una segunda lectura. Es posible, porque es esa primera impresión como de desasosiego la que lo consigue, no sabemos todavía si la novela resistirá una segunda lectura porque el objeto de este diario es la sorpresa inicial, pero de no ser así poco me importa, porque esta sensación se mantiene en equilibrio mientras más lo pienso.  

No es de extrañar que Mark Fisher sea uno de los que más se haya acercado a lo que trato de entender, aunque me sigue pareciendo más adecuado hablar de Tétrico, cuando describe lo raro como algo ligeramente diferente a lo siniestro en Freud, es posible que Fisher no encontrara una palabra como tétrico, que creo que resume muy bien en ese golpe de la t con la r la idea de lo cutre que rodea esta sensación, pero creo que yerra cuando trata de explicarlo en torno a la idea del afuera, pues lo tétrico tiene algo que no remite a un elemento fuera de lugar. Y eso es muy palpable en la segunda parte de la novela en la que se puede leer en clave realista, muy vecina a Chirbes, toda la trama de corruptela política, conversaciones verosímiles y movimientos de poder: no hay nada que no deba estar ahí, pero hay una suerte de realidad baja que nos acerca al desasosiego de vida vacía, sin movimiento interno. Fischer se acerca mucho a esto cuando explica el concepto de lo numinoso en Lo raro y lo espeluznante:

La descripción de Wallace de un «aura indescriptible de irrealidad translúcida, [diferente] del resto de cosas corrientes de la experiencia que la rodean» recuerda a la caracterización de Rudolph Otto de lo numinoso en La idea de lo sagrado. Pues, tanto para Wallace como para Otto, hay un «aura indescriptible de irrealidad translúcida» que acompaña encuentros con aquello que es «irreal «[ que] el resto de cosas corrientes de la experiencia». Lo Real no parece real, conlleva una exacerbación de las sensaciones, excede los parámetros de la experiencia normal y corriente, pero para Wallace «al menos la Puerta en el Muro era una puerta real que conducía, a través de un muro real, a realidades inmortales».

Es posible entender lo tétrico a través de ese ‘aura de irrealidad traslucida’ del que habla Fisher. Una transparencia del mundo que no devuelve más que el mundo menos un poco del mundo, una luz que quita luz en lugar de darla. No sé si me explico.  

Septiembre, Gerhard Richter (2005)

Lo tétrico toma la forma del World Trade Center. Ese gris vertical que encierra una idea de modernidad perdida. Vertical no-humano. Una existencia entre sábanas negras, y poca luminosidad (También en mi cabeza se mezclan imágenes de Carretera Perdida de David Lynch, el interior de la casa, las ventanas verticales y el cemento).  

El cuadro de Richter sobre los ataques de 2001 es perfecto para ilustrar lo tétrico: El barrido de la imagen, su difuminación, irrealidad prensada a través de la muestra del material con el que se construye esa realidad. Esa irrealidad traslucida que nos atrapa, la pátina de suciedad que nos impide mirar el mundo con claridad, una luz en retirada: una luz que no ilumina. Hay un concepto de la Cábala que explica la creación del mundo a través de una retirada de la luz divina, en esa retirada puede nacer el mundo. Una luz en retirada: hacia eso apunta lo tétrico. Hacia un mundo creado en falsedad sobre esa falta de sustento, esa retirada de lo divino. Solamente una mirada extrañada hacia nuestra realidad solitaria. Lo deprimente. Lo tétrico funciona como lo kitsch respecto de lo barroco. Lo siniestro tenía una fuerza, estaba sustentado sobre un abismo del que se intuía, albergaba algo extraño, foráneo. Lo tétrico no anuncia nada detrás de su luz, anuncia nuestra soledad cósmica. No hay afuera, solamente esas sábanas negras, ese Fernando Atienza que merodea sus resacas por una Barcelona de cristal en la que nada es lo que parece, porque detrás de su apariencia nadie nos sostiene.  

Lost Highway (David Lynch, 1998)

Bibliografía:  

Benet, Juan (1977). «El carácter tétrico de la historia». El País.

Trías, Eugenio (1982). Lo bello y lo siniestro. Barcelona: Editorial Ariel.

Calinescu, Matei (1991). Las cinco caras de la modernidad: modernismo, vanguardia, decadencia, kitsch, posmodernismo. Madrid: Editorial Tecnos.

Casavella, Francisco (2002-2003). El día del Watusi. Barcelona: Editorial Mondadori.

Deleuze, Gilles y Guattari, Félix (1985). El Anti-Edipo: Capitalismo y esquizofrenia.

Barcelona: Editorial Paidós.

Echevarría, Ignacio (2003). «Mitología de los vencidos». El País

Fisher, Mark (2018). Lo raro y lo espeluznante. Barcelona: Editorial Alpha Decay.

Caldera, Pablo (2026). «Todo me parece frívolo». Kaminker.

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