Grita y un sonido volverá gritándote. Grita en el Cáucaso y la roca te devolverá la mitad de tu voz. Una mitad gastada, que ya no es tuya si es que alguna vez así lo fue. Tampoco es de nadie más. Del aire, quizá. Del valle. De las rocas que devuelven el grito. Es un fenómeno pueril, lo primero que aprende une niñe al entrar en una habitación vacía porque hay que pintar las paredes o porque acaban de mudarse. Una cueva que le habla repitiendo exactamente lo que ya ha dicho. Eso no deja de ser una forma de respuesta. Es pequeña, torpe, sin originalidad, balbuceante. Pero respuesta.
Y qué curioso que el «eco» de la ecología venga también de una casa. Ese «eco» viene del griego oikos, «casa» u «hogar», y de ahí también se deriva el verbo oikeo, «habitar». Cuando el oikos se articula, cuando se habla y se mueve y empieza a contar, se une con el logos (el «discurso» o la «razón», aquello que decide qué es lo que cuenta). De esa unión entre oikos y logos nace la ecología. Sería literalmente el «discurso sobre la casa». Pero el logos tiene ese problema de llegar siempre tarde y con demasiada seguridad en sí mismo, de nacer ya construido y construirnos de un modo muy concreto y asfixiante sin siquiera consultar antes. Más interesante es cuando es el legein («reunir», «recolectar» o «articular») quien se junta con el oikeo. Entonces la ecología deja de ser el «discurso sobre la casa» y pasa a ser algo un tanto mas raro, aunque también más honesto, como es la «articulación del habitar», el arte de «articular la morada». Dejó de ser una teoría del hogar familiar y nuclear para volverse un ejercicio tentacular para habitar con las manos sucias y sin saber muy bien hacia dónde conduce
El eco es lo que la casa le devuelve a le niñe cuando grita y no hay muebles en la habitación. No hay ecología si no hay cuerpo. Ovidio lo cuenta en su Metamorfosis. Eco fue una ninfa antes de solo ser sonido. De su boca salían las palabras y melodías más bellas que nadie hubiera podido hacer sonar. Mientras Hera buscaba al promiscuo Zeus ultrajando a las ninfas del bosque, fue Eco quien la entretuvo con conversación. Eco, parlanchina, regalaba sus sonidos para que las demás ninfas escapasen de su furia. Cuando Hera descubrió el engaño, la castigó y redujo su voz. Desde entonces, solo podría repetir la última palabra que escuchase. Solo respuesta. Nunca inicio. De instrumento musical a caja de resonancia para los restos.
Retirada en el bosque, Eco se enamoró a primera vista de Narciso y lo siguió sin que la viese durante días, esperando el momento imposible en que sus palabras pudieran encajar con las de él. Cuando la descubrió, ella se lanzó con los brazos abiertos y él la rechazó, esquivándola. El cuerpo de Eco empezó a ceder. Primero sus huesos se volvieron de piedra. Luego la carne se evaporó. Solo quedó su voz alojada en la roca de la cueva. Ese cuerpo que se disuelve en la piedra y solo deja el sonido es ya el proceder exacto del habitar: cedes materia al medio y el medio la conserva deformada como reverberación. Oikeo no es otra cosa que impregnar una superficie hasta que empiece a devolverte algo. La ninfa que era todo palabra se convirtió en la voz de la montaña. Hay siempre un resto que vuelve en otra frecuencia. La casa nunca anuncia del todo quién la habitó, su historia, su memoria, el color de sus paredes vibrando. Solo consigue repetir, tarde y deformado, lo último que se le dijo. La casa nunca será la misma y no podemos anunciarla al completo.
La primera operación del poder sobre le habitante es convertirlo en eco. Reducirlo a pura devolución, a que solo pueda rebotar lo que recibe sin poder iniciarlo. Quien no puede lanzar un enunciado no puede fundar un espacio propio. Las ninfas del bosque escaparon gracias a Eco, no lo olvidemos. La colonización comienza imponiendo quién lleva la iniciativa de la conversación y quién solo puede responder dentro de los términos que ya le han dado. Habitar es atreverse a lanzar la primera nota, aunque la habitación no tenga muebles y la única respuesta sea el propio grito. Hacer-morada es siempre un acto de desobediencia acústica.
Por eso le niñe no canta para que la canción suene bien. Canta para que la habitación deje de ser oscuridad pura. El miedo necesita un hilo, aunque sea un tarareo torpe o aunque desafine, para no disolverse en lo informe que rodea la cama todavía sin sábanas. La cancioncilla esboza un centro frágil en medio del caos. Lo estabiliza el tiempo suficiente para poder respirar dentro de él. Ese centro puede saltar en cualquier momento. El caos sigue ahí, pegado a cada nota, amenazando con tragarse otra vez la habitación entera. Pero mientras dure el canturreo hay adentro y un afuera. Es la primera casa, antes de que exista siquiera un muro o la idea de uno.
Los muros llegan luego. Pero antes que ellos está el trazo. Alguien dibuja un círculo alrededor de ese centro inestable y, al hacerlo, organiza el espacio. No hace falta pared para fundar un territorio. Basta el contorno sonoro de un grito que vuelve siempre desde el mismo sitio. El perro que ladra cuando alguien se acerca demasiado a la verja no defiende un objeto, defiende una frecuencia. Marca con su ladrido los límites de una zona que solo existe porque el sonido la recorre y la cierra. Los pájaros más territoriales no son aquellos que defienden su territorio, ni tan siquiera los que marcan su territorio. Con su gorjeo, los mirlos construyen el territorio. El pergolero dentado (o Scenopoiëtes dentirostris) deja cada mañana caer del árbol unas hojas que ha cortado previamente y, una vez en el suelo, les da la vuelta para que su faz más pálida contraste con la tierra. Una ciudad entera se reconoce también así, por el eco particular que devuelven sus calles, por el modo en que cada barrio le contesta a quien lo habita con un timbre que no es el de ningún otro. El territorio no es la tierra. Es la tierra más el eco que la tierra aprendió a devolver.
Y sin embargo ese círculo dibujado en el suelo nunca queda del todo cerrado. Tiene una grieta, una salida, un punto por donde el adentro se entrega otra vez a las fuerzas que lo rodean. Le niñe, cuando crece, deja la canción de cuna y sale al mundo cantando otra cosa, mezclándose con ritmos que no son los suyos, dejándose llevar por una línea que ya no vuelve al centro del que partió. El eco, llegados a este punto, deja de ser solo el sonido que regresa idéntico para convertirse en el sonido que regresa transformado por todo lo que ha atravesado en el camino. Esa transformación (y no la repetición vacía; eco, eco, eco, eco…) es lo que de verdad sostiene una ecología. El círculo que se abre y deja entrar lo de fuera sabiendo que ya no podrá volver a cerrarse igual.
Por eso el eco nunca es nostálgico, aunque suene a añoranza de una voz primera. Si oyes el eco es porque la fuente ya gritó más fuerte de lo que el espacio podía absorber en silencio. El rebote es siempre síntoma de una saturación. Eco allí, eco-eco-eco allá, Eco-eCo-ecO acullá. La crisis climática no es el eco de la industrialización; es la industrialización todavía gritando, solo que ahora la oímos rebotada en el casquete polar, en el coral blanqueado, en las migraciones de especies que ya no encuentran su frecuencia de origen, en bivalvos hirviéndose en las costas en la cuarta ola de calor de la primera semana del verano. El planeta no estaba callado y de pronto enfermó sin venir a cuento. Lleva siglos devolviéndonos, deformado, exactamente lo que le metimos dentro. Y seguimos tratando ese rebote como una anomalía técnica cuantificable con datos en lugar de tratarlo como la prueba de que vivíamos, sin saberlo, dentro de una casa compartida. Negar la causalidad climática es sostener que el eco existe pero que nunca hubo voz; peor, que nunca hubo voces. Es una postura que solo puede mantenerse si se cree estar fuera de la cueva.
Decía Timothy Morton que el negacionismo climático puede afirmar con gran facilidad que no se puede probar que el caos climático esté causado por la humanidad. Lo equipara a decir que no se puede probar que la bala que acaba de atravesarme la sien tras dispararme es la que me ha matado. Pero, a fin de cuentas, tanto mis sesos desparramados por el suelo de la cocina como el calentamiento antrópico acaban sucediendo. Pensar ecológicamente nada tiene que ver con tratar la naturaleza desde fuera, como un paisaje silencioso al que se contempla y hay que cuidar. Es estar ya dentro de la cámara de la que no se puede salir, gritando, y aprender por fin a escuchar, en lo que vuelve, hasta qué punto ese grito nunca fue solo nuestro.
Imagen de cubierta: Birth of a river, Vorja Sánchez (2023)

