El gatito blanco y la nieve rosa

Chipiona, en verano y después de cada cena, es una explosión de helado y buñuelos de chocolate. Este año decidieron poner tres cines de verano al aire libre: uno de pago con novedades; otro en la playa más grande del pueblo para películas infantiles; y el de siempre, todos los jueves, en el Patio San Luis. No suelen programar películas de gran interés, pero la que inauguraba la primera noche del cine de verano de los jueves era La habitación de al lado de Almodóvar. Aunque hubieran pasado dos años de su estreno, todavía no la había visto.

Después de cenar en casa y ducharme, fui a por una cajita de buñuelos hasta arriba de chocolate, y en el bolso llevaba una bolsa de palomitas. Recuerdo que, en ese mismo patio, en el que se celebran otros eventos culturales, antes ponían una barra. Desde que la quitaron dejan entrar con cualquier cosa, y es una de las pocas alegrías en las que siento que puedo estar verdaderamente sola: llego, me siento en una silla de plástico, coloco en la silla de al lado todo lo que he traído sin que nadie me revise y miro hacia la pantalla. No tenía que hacer nada más, y poder estar en paz con mi soledad en este pueblo es lo mejor que me podía ofrecer esa noche. Esta vez, además de los buñuelos y las palomitas de bolsa, traje una botellita de agua y una postal de la virgen de Regla, que compré para mandársela a Óscar Esquivias (había empezado oficialmente el verano: por fin las postales empezaban a ocupar espacios pequeñísimos, ínfimos, en comparación con la marabunta de transeúntes, en la calle que vertebra todo el centro del pueblo).

El sonido de las latas de refrescos abriéndose traspasaban mis auriculares: mientras esperaba a que empezase la película, puse el Francia-Marruecos en el móvil. Seguían traspasando ese límite el ruido del papel albal de bocadillos que habían traído otras personas y el traqueteo de los carritos de la compra que empujaban las ancianas que se sentaron detrás de mí. Vi que se volvían los rostros de las dos mujeres que estaban frente a mí e intentaban hablarme. Me quité los auriculares y dejé el móvil en la silla. «Mira qué bien preparada está, con los buñuelitos. Los has comprado en la plaza, ¿a que sí?». Quién no se giraría para oler esa bomba de chocolate y masa frita que poco a poco se enfriaba porque, por fin, esa noche hizo menos de 25 grados después de muchos días a 40. Me descalcé: sentí por primera vez frío en los pies.

Mi relación con las películas de Almodóvar es confusa: en el verano de 2023, uno que recuerdo bastante abúlico, no almorzaba y mi primera comida del día era la merienda, unos pimientos fritos y un poco de tomate con pan, que mordisqueaba mientras veía las primeras películas del director (Entre tinieblas me cobijó ese verano como no pudo hacerlo ningún amigo). Supongo que he sido incapaz de ver sus últimos estrenos porque, de una forma u otra, me costaría acceder a otro Almodóvar.

Una vez que apagaron las luces y proyectaron la película en un frontón blanco, las imágenes me enfrentaban a mí misma: el rostro de Tilda Swinton, tan sosegado y opiáceo a la espera de la muerte, se batía en mi memoria con el rostro de una mujer a la que tuve que ayudar esa mañana en el centro de salud, morado, demacrado, ensangrentado y con heridas de un cuchillo o una navaja por todo el cuello. «Trabajar en un hospital es lo más parecido a la guerra», apunta Martha al principio de la película, cuando recuerda a su amante Fred. La mayor suerte de mi vida es no trabajar en uno, por mucho que los pise con bastante frecuencia.

Almodóvar podría haber partido de las reflexiones de Susan Sontag sobre el cáncer para construir el personaje de Martha, que trabajó gran parte de su vida como corresponsal de guerra. En El sida y sus metáforas, Sontag expone que las metáforas bélicas no son más que un constructo que hiere aún más al enfermo:

No, no es deseable que la medicina, no más que la guerra, sea «total». […] No se nos está invadiendo. El cuerpo no es un campo de batalla. Los enfermos no son las inevitables bajas ni el enemigo. Nosotros —la medicina, la sociedad— no estamos autorizados para defendernos de cualquier manera que se nos ocurra… Y en cuanto a esa metáfora, la militar, yo diría, parafraseando a Lucrecio: devolvámosla a los que hacen la guerra.

Sin embargo, en el caso de Martha, es la metáfora militar la que permite poner en palabras los recuerdos de su vida, entre misiones de guerra, amores y duelos familiares, y traspasarlos a su última vivencia total, que es el agotamiento físico tras varios intentos de curación de su cáncer metastásico. Aquí, la metáfora militar del cáncer no es alentadora, sino identificativa: Martha se reconoce en esa «batalla», que no es más que otra batalla en su vida, y decide soltar las inyecciones y los tratamientos invasivos para poder escuchar el piar de los pájaros y observar la caída de la nieve desde su cuerpo extenuado. Devuelve la guerra a los que la hacen, los médicos, y decide que una muerte digna será más dulce que otra guerra.

Mientras no dejaba de pensar en mi tesis, me descentró de la película un gato blanco que jugueteó con las ramas de los árboles, que se movían con el poniente, en el muro lateral izquierdo del patio. No fui la única desconcentrada: una de las mujeres del carrito de la compra sacó el móvil para escuchar un audio: «Yo ya he vuelto de la playa…». No pude evitar sonreír: de alguna manera u otra, se había escapado un soplo de vida frente a una pantalla que proyectaba los últimos días de la protagonista. La vida, a pesar de todo, siempre continúa. Y está bien que sea así.

En los últimos minutos de película, cuando Ingrid acompaña a Michelle tras la muerte de su madre Martha en la misma casa donde decidió terminar con los retazos definitivos de su vida, unas señoras no dejaron de expresar, en la voz más alta que se pudo escuchar durante la película, lo mucho que Michelle se parecía a la protagonista. Solo pudieron reconocer el espectro cuando, desde el plano cenital, Michelle repite la postura y el rostro de la muerte de su madre, en la tumbona del patio de la casa. Volvió el silencio cuando todo el público lo reconoció, un silencio que no hubo en toda la proyección.

Me sentí tan sobrecogida que fui incapaz de hablar con ninguna de las personas de mi alrededor, a pesar de que necesitara, de alguna forma, romper con la soledad para sentirme algo arropada. Deseé que en ese momento cayera nieve rosa, como en la película, que también lo hiciese todo el verano. Es posible que el gatito blanco era la nieve que me podía ofrecer esa noche.

The Rooom Next Door en el cine de verano de Chipiona
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