Siempre quise haber conocido a mi abuelo. Siempre he querido llegar a ser tan elegante como dicen que fue él.
Para los muertos hay a menudo palabras dulces, tal vez excesiva, exclusivamente. Entre los vivos escasea el pormenor de la clemencia.
Recuerdo cuando visité la tumba de mi abuelo por primera vez. Se trataba de un nicho de losa negra y vetas marmóreas, humilde, grave, situado en el sector noroeste del Cementerio Municipal de Pamplona. La tipografía era estrecha y plateada. El texto, la última inscripción, apenas consagraba el nombre y el lapso de vida del hombre allí enterrado. Constituía para mí un signo enigmático y remoto, pero en absoluto terrible. Había una rosa combada dibujada al pie de la lápida. Una llama imperecedera la rodeaba en el grabado. Yo era tan solo un niño y llevaba zapatitos negros y un peto de tartán. La luz del primer día de noviembre era y es inolvidable: conserva todavía indeleble su brillo silencioso en mi memoria. Desde entonces (y revisito a menudo ese día) esa luz -aquella luz- tiñe mis recuerdos de una cualidad áurea. Limpiamos la lápida. Yo jugaba con las hojas caídas y las escasas, excepcionales, desoladas flores que se acumulaban al borde del camino del cementerio. Volvimos pronto a casa. El otoño es siempre dulce. Involuntariamente asocié la muerte con la calma.
Al fallecer mi abuela, veinte años más tarde, sus hijos decidieron enterrarla en el mismo nicho que mi abuelo, junto a sus discretos restos mortales. Mis primas bailaron un aurresku frente a su tumba.
Yo nunca conocí a mi abuelo. Murió meses antes de mi nacimiento.
De él he heredado una leyenda inevitable, y tal vez los mismos gruesos párpados evocativos propios de los varones de la rama paterna de mi familia (no me corresponde a mí decidirlo).
Dicen que mi abuelo era un hombre extraordinariamente elegante, no sólo en el atuendo, sino sobre todo en el trato. Dicen que era divertido hasta lo insoportable, y que contaba historias a menudo: era, al parecer, un gran fabulador. He envidiado firmemente, incesantemente, a mi hermana y a mis primos, todos mayores que yo, por el relato de su infancia compartida con mi abuelo. Los niños de la casa se agolpaban en torno suyo a escuchar historias fantásticas sobre jóvenes e inteligentes héroes perdidos en la espesura del bosque, huyendo sin remedio de cazadores temibles.
Cuando pienso en ello, no soporto la realidad ni la idea de no tener constancia del timbre de su voz.
Pero el tiempo ha pasado. Leí una vez, en una anotación privada, que el espacio es la imagen de nuestro poder, y el tiempo la cifra de nuestra impotencia. Es curioso: la tumba convoca emblemáticamente ambas instancias. ¿Y ahora? Ahora que es la hora de la muerte de nuestros padres emergen en torno a las tumbas conversaciones sobre cosas que sucedieron cuando éramos niños y a las que asistimos sin comprenderlas, y que sólo hoy podemos empezar a concebir.
He vuelto a menudo al cementerio: a veces por obligación (durante una temporada la gente no hacía más que morirse) y otras por puro placer. El osario y el archivo se han convertido en mis obsesiones. El pasado y sus restos, sus residuos. La perdurada ruina del tiempo, sin embargo efectivamente presente. El nombre de los muertos. Sobre todo el nombre de los muertos. Su concreción inefable: Pedro López Beaumont. Su igualdad con nosotros, tu igualdad conmigo, cuando camino junto a tu tumba y me detengo a llorar. El misterio del ahora y del ya no.
Fotografía de portada: Día de Todos los Santos en el Cementerio de Pamplona. 1931. Fotografía de autor desconocido.

