El pasado no nos redimirá

A propósito de «Sobre Dios» de Byung-Chul Han

El gran rapto no sucedió. Lástima. Muchos esperábamos, de alguna manera, que las «buenas personas», esos pequeños tiranos, saliesen flotando en dirección al cielo. Cargados por querubines exhaustos. Creyentes lanzando improperios alegres hacia arriba. Radiantes por tener la razón. Así, los terrestres repetiríamos para nuestros adentros: «Dios existe, estábamos equivocados». Pero el final sigue aplazándose. El 24 de septiembre siguió al 23, la fecha que un grupo de cristianos evangélicos había señalado como la jornada en que Jesucristo regresaría y se llevaría a los verdaderos creyentes, sin mayores aspavientos. A los cientos de vídeos etiquetados como #rapturenow les sucedió el silencio. Una que otra explicación: la fecha no era la correcta, los cálculos se han hecho mal. El confín se extiende ad infinitum.

Lo que sí llega es el nuevo álbum de Rosalía. Se anuncia su advenimiento por todo lo alto en un Callao hirviente, con la imagen de ella, nuestra señora de Berghain, vestida de monja y proyectada en las grandes pantallas. Una aparición fugaz de su presencia atraviesa el lugar donde, el resto de los días, los peatones son atacados por streamers burlescos, millones de performances de posicionamiento de marca y batallones de jóvenes que buscan adeptos que firmen, paguen, se comprometan con alguna ONG. Y, tal cual una proliferación vírica, LUX hace que internet se plague de contenido sobre el uso, la referencia, la transformación que propone Rosalía en torno a un concepto que ya venía asomándose tímido hacía un par de meses: el misticismo.

En concreto, se habla a viva voz de la mística cristiana. Hay un esfuerzo por alejarla de la pretensión new age de la espiritualidad precedente. Muchos hasta la definen por contraste. Comienzan así a salir nombres de santas mencionadas por nuestra señora de Berghain: Santa Teresa de Jesús, Hildegarda de Bingen, Santa Olga de Kiev, Rabia al Adawiyya. Entra a habitar el espacio de lo común la filósofa Simone Weil. Algo raro pasa.

«Dios vuelve a estar de moda», anuncian uno o varios artículos en línea. Qué gran sincronicidad, qué buen timing para que el último libro del más reciente premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, Byung-Chul Han, haya salido al mercado. Y es que entre septiembre y noviembre ocurre todo esto: la equivocación en la fecha del rapto celestial, el lanzamiento de LUX y la aparición en los escaparates de Sobre Dios: conversaciones con Simone Weil del filósofo y escritor surcoreano.

El merecimiento del premio del autor no se pone en duda. Su trabajo como gestor del concepto de «sociedad del cansancio», el vuelco que propone del panóptico a la tiranía de la autovigilancia y el «solo hazlo», ha hecho mucho por describir los fenómenos sociales que se han impuesto mediante un neoliberalismo que se ha instalado en todos los aspectos de la realidad. Pero, en su último trabajo traducido al castellano, pierde una gran oportunidad: pensar con Simone Weil. Paradójico, tratándose de un libro titulado Sobre Dios, pero no se puede pasar por alto el hecho de que el autor, que nos tiene acostumbrados a un texto-diagnóstico sobre algún tema (la belleza, la esperanza, los objetos digitales), en lugar de realizar un trabajo conjunto con las proposiciones de la filósofa y mística francesa, lo que hace es un ejercicio de autoafirmación de sus ideas previas. Algo que desencanta al lector.

El libro se presenta como un diálogo. «Pensar con Simone Weil», dice el subtítulo. Pero en sus páginas no hay desacuerdo, ni roce, ni siquiera un malentendido fructífero. Eso no es un diálogo, es una devoción. Han se aproxima a Weil como a una santa de cabecera a la que es posible citar para confirmar, nunca para corregir. El gesto, que en apariencia es humilde (hablar con los muertos, dejarse enseñar por ellos), se vuelve extraño cuando reparamos en que los muertos no pueden interrumpirnos. No nos pueden decir: «eso no es lo que quise decir». No sabemos si en vida nos habrían soportado siquiera.

Han los llama “amigos”. Nombra a Weil, a Heidegger, a Cézanne como si se sentaran con él a la mesa del presente. Les pasa el brazo por encima del hombro y les susurra: «hoy en día». Esa expresión, «hoy en día», es quizá la frase más lapidaria del libro. La repite como si el presente pudiese tomarse entre las manos sin que se nos escurra. «Hoy en día la atención se ha perdido», «hoy en día reina el ruido», «hoy en día la tecnología aplasta lo sagrado». Declara la época sin vacilar. Define nuestro tiempo con la misma seguridad con la que otros anunciaban el pasado 23 de septiembre como fecha del fin del mundo.

¿Qué quedará de ese «hoy en día» cuando ya no sea hoy? Un archivo. El registro de un diagnóstico que pudo o no ser correcto. Eso es lo que quedará de Sobre Dios: el testimonio de cómo un filósofo describió su propio presente, velado por las tecnologías de conocimiento que ahora nos ordenan la experiencia. Paradójicamente, el libro que se presenta como conversación con una pensadora que aspira a lo eterno termina atado a la caducidad de sus propias categorías.

La tesis principal de Han es clara: hemos perdido la atención profunda, esa atención que sería capaz de contemplar, de amar, de reconocer al otro sin devorarlo. Para sostener esta idea, el autor recurre a Simone Weil una y otra vez. La atención deviene palabra clave, concepto-fetiche. Weil habría sido, según él, la gran doctora de la atención. En ella encontraríamos la brújula para salir de la distracción algorítmica. Sin embargo, el libro no termina de responder a la única pregunta verdaderamente peligrosa: ¿es posible esa atención en las condiciones actuales? ¿O sólo la evocamos como se evoca la pureza de la infancia de la humanidad que nunca existió?

Porque no está claro que en «los tiempos de antes» la atención haya sido menos problemática. Hasta McLuhan nos recuerda que «el medio es el mensaje»: también el siglo de Weil y de los panfletos políticos, de la propaganda y la radio, estaba modelado por formas técnicas que tallaban la percepción. La nostalgia de una atención profunda anterior a todo ruido suena sospechosamente parecida a los cálculos fallidos del rapto: una proyección hacia un tiempo que sólo existe como deseo.

Lo que Han hace muy bien, y conviene decirlo con todas sus letras, es ordenar la maraña de textos de Simone Weil. Su trabajo como curador de su obra es impecable. Propone un recorrido posible por los capítulos del libro: la descreación, el vacío, la belleza, el dolor, la inactividad. De su mano llegamos a frases que por sí mismas cortan la respiración: «descreación es hacer que lo creado pase a lo increado», «el cuerpo tiene su lugar en todo aprendizaje», «primero ha de producirse un desgarro, primero ha de producirse un vacío». En ese gesto de hilvanar, de recoger fragmentos dispersos y ofrecerlos en un orden legible, Han es brillante. Nos regala una Simone Weil accesible, legible y citable.

El problema comienza cuando se aferra a una sola llave para abrir todas las puertas: la atención. A pie juntillas con su propia tesis sobre la crisis de la atención, reduce a Weil al papel de patrona de una causa que no sabemos si es la suya. Para ella, sospecho, puede que la atención no haya sido un problema central que venga a resolver algo, ni un programa de reforma espiritual para nuestra época. Sería, más bien, una condición extraña, tal vez ininteligible incluso para sí misma, ligada a la gracia, al vacío, al aprender a morir. Weil se contradice, se enreda, se confunde. Pone su cuerpo en juego trabajando en fábricas, escribiendo al límite, elevando su escritura al ejercicio honesto del pensamiento. El genio titubea. Han, en cambio, no vacila. Afirma.

Algo similar ocurre cuando el autor habla de la belleza. Para salvar lo bello habría que arrebatárselo de la obligación consumista, volver a sacralizarlo, nos dice. Tiene razón. Hay algo obsceno en la lógica que nos obliga a consumir también lo sagrado. Sin embargo, de nuevo la operación es la misma: traer a Cézanne para afirmar que el genio es genio de la atención, citar a Weil para hablar de lo bello como puerta a Dios, recuperar nombres como si fueran sellos de autenticidad en un producto conceptual ya diseñado de antemano. No se piensa con ellos, se piensa sobre ellos.

Weil, en sus cuadernos, habla del vacío y del dolor de un modo que incomoda. El poder ocupa todo espacio disponible. Dios, en cambio, puede dejar huecos, zonas sin colonizar. El vacío abre la posibilidad de relaciones «aneconómicas»: asimétricas, sin cálculo, sin intercambio medido. Antes de cualquier redención, ha de producirse un desgarro. En un mundo donde todo se vuelve transacción, donde incluso nuestro tiempo de escucha a Rosalía se mide en reproducciones, la idea de un vacío que no se explota ni se monetiza suena casi indecente. Han lo sabe y lo subraya, pero enseguida lo inscribe en la lógica general de su diagnóstico: el ruido, la saturación, la necesidad de volver al silencio.

Más allá de Han, hay algo en Weil que no termina de entrar en nuestros esquemas de época. Su pensamiento del absoluto y lo eterno desborda los intentos por situarla «hoy en día». Cada vez que el filósofo insiste en contextualizarla (la disciplinaria sociedad de su tiempo frente a nuestra sociedad del cansancio, su mundo analógico frente al nuestro digital), algo de su radicalidad se pierde. La autora que escribe sobre descrearse, sobre amar el hecho de no ser nada, no está hablando para nosotros: habla a través del tiempo. No nos ofrece un remedio listo para usar contra la distracción del feed de Instagram. Se ofrece ella misma como experimento, como ensayo de una vida que toma en serio el dolor, el trabajo y la renuncia.

Pienso en otras autoras a las que se suele leer también desde la catástrofe del presente: Donna Haraway, Anna Tsing. Ellas no niegan el desastre, viven en él. No prometen solución, pero imaginan futuros posibles a través de ficciones, de parentescos raros, de amistades que cruzan especies. Su gesto se parece al de Weil en algo que Han apenas roza: una política de la amistad, una forma de habitar el problema sin correr a refugiarse en el pasado. Si algo tienen en común esas escrituras (quizá podríamos llamarlas, con cautela, escrituras de mujeres) es que no se conforman con diagnosticar. Ensayan formas de vida.

El libro de Han, en cambio, es un diagnóstico. Un diagnóstico muy bien escrito, lleno de citas luminosas, de intuiciones certeras sobre el neoliberalismo espiritual y la autoexplotación, pero diagnóstico al fin y al cabo. Y los diagnósticos, por muy necesarios que sean, desencantan el mundo. Lo fijan. Nos dicen que estamos cansados, distraídos, extenuados, esclavos de nuestras propias producciones. Es difícil negarlo. Pero no basta.

Decir que «el pasado nos salvará» (que bastaría con recuperar la atención de Weil, la mística de las santas, la belleza sacralizada, la vida contemplativa) es otra forma de rapturismo. Un rapturismo invertido, laico, pero rapturismo al fin: en vez de esperar que Cristo nos lleve al cielo, esperamos que una versión idealizada de «lo que una vez fue» venga a corregir la línea temporal. El pasado como máquina del tiempo moral. El problema es que la historia no rebobina. Las prácticas devocionales de Simone Weil, su trabajo en la fábrica, sus oraciones como ejercicios de descreación no son exportables tal cual a una Europa de riders y microinfluencers. Lo que sí puede inspirarnos, tal vez, no es su atención, sino su disposición a desobedecerse a sí misma.

Porque si algo se cuela, silencioso, entre las líneas de Sobre Dios es que no sólo somos esclavos de la economía, de las plataformas o del «solo hazlo». Somos esclavos de una idea de «ser humano» producida hace siglos y actualizada con cada nueva moral de la autenticidad. En ese sentido, la frase del futbolista chileno Carlos Caszely podría servir de antídoto humilde a todo sistema filosófico: «no tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso». Ser hereje de uno mismo. Desconfiar de las propias certezas. Esperar que el pensamiento titubee.

Quizás por ahí pase hoy en día (sí, hoy en día) la posibilidad de una vida que no se limite a repetir diagnósticos ni a idolatrar tiempos perdidos. No se trata de negar el valor de lo que viene del pasado, sino de renunciar a pedirle que nos redima. Ni Dios, ni Rosalía, ni Simone Weil, ni Byung-Chul Han van a sacarnos flotando de este mundo. A lo mejor la única forma de misticismo que nos queda es aprender a excavar en el presente, con el cuerpo metido hasta los codos en la tierra de lo que ya hemos hecho, sin prometer salvación y sin fecha de rapto. Sólo así, quizás, el pasado deje de ser un refugio y vuelva a ser lo que siempre fue: un fantasma que nos acompaña, pero jamás un cielo que nos espera.

Este artículo forma parte de una colaboración entre Kaminker y El ministerio de CTXT.

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