Espejos cóncavos y el problema de la identidad

Pasé el fin de semana enfermo, entre el sueño medio febril y el esfuerzo extrañado por abrir los ojos. Cuando el cuerpo me vence de esa manera —y digo el cuerpo en un sentido no-metafísico—, todas mis maquinaciones tienen la misma textura de la niebla: pocas cosas nos aíslan tanto de los demás como el malestar físico. Hice el esfuerzo de ver partidos, en parte, para tener algo sobre lo que escribir, aun siendo consciente de las limitaciones de un mirar maltrecho. En un momento dado, quizá durante el descanso de algún partido, me desperté ante un spot publicitario de La Liga. Dos jugadores del Real Madrid decían: “El fútbol es todo lo que soy”. Debí volver al sueño encauzado por una afirmación tan rotunda en su carácter tautológico: muchas veces no sabemos decir nada concreto sobre el fútbol, y tampoco nada acerca de nosotros mismos. Nos queda, pues, generar una extraña identidad entre ambos conceptos y esperar que se expliquen entre sí. Reconozco, en ese anhelo simbiótico, el ansia propia de algunos de los enamoramientos más torpes que he experimentado.

En uno de los momentos más alucinatorios de todo el fin de semana —es decir: bajo el sol inclemente del mediodía del sábado— decido situarme ante el partido que enfrenta, en los bonitos Campos de Sport de El Sardinero, al Racing de Santander y el Deportivo Alavés. Un partido alegre, como todos los del equipo cántabro: no me parece poco, en estos tiempos en los que la recaptación de serotonina ha de ser regulada con mucha mayor frecuencia de la que nos gustaría, el poder decir que siempre me apetece verlos jugar. A los pocos minutos, Íñigo Vicente gambetea en banda izquierda a varios jugadores del Alavés, y el impacto de la imagen me hace caer dormido con una sonrisa. El equipo visitante, en cualquier caso, no visita Santander como un admirador: los jugadores que prepara Quique Sánchez Flores han estrenado esta temporada por todo lo alto y ocupan, en el momento del partido, puestos de acceso a la UEFA Champions League. El fútbol que practican no pasa exactamente por el dominio de la pelota, pese a tener jugadores de muy buen pie en el medio del campo como Denis Suárez o Antonio Blanco. Este último encarna bastante bien la idea que propone Sánchez Flores, que pasa siempre por el dominio de las transiciones: se trata de jugar con criterio y rápido hacia adelante y de lograr que al equipo rival se le espese siempre el avance. Ideas claras con la pelota; cristalinas sin ella. En mis sueños, Íñigo Vicente desplaza tanto de su posición a Nahuel Tenaglia, capitán del Alavés, que la línea defensiva del equipo vitoriano se derrumba a pedacitos, como un castillo de naipes. Los atacantes del Racing son muy agudos, muy listos, y juegan como si se conociesen desde hace muchos años. Esa es la gran virtud de José Alberto como entrenador. Como guinda, la dirección deportiva del equipo ha dado con esa figura escurridiza y goleadora: Yassir Zabiri vuelve a marcar dos goles y, mientras duermo, los tres puntos se quedan en casa.

 —

Hay equipos que cambian muy poco en verano y aún así, a la vuelta de las vacaciones, parecen irreconocibles. Esto fue lo que le pasó al Athletic Club la temporada pasada, fruto del desplome físico de jugadores tan importantes como Nico Williams, Dani Vivian u Oihan Sancet. Este último verano, si bien los futbolistas tampoco cambiaron, el relevo en el banquillo sí anticipaba cosas diferentes: a Ernesto Valverde, icono local y maestro de la presión alta, venía a sustituirlo Edin Terzić, un representante más de ese nuevo fútbol alemán que ya triunfa en La Liga —el año pasado, los dos campeonatos locales los ganaron sendos equipos con entrenadores formados en Alemania: el Fútbol Club Barcelona de Hansi Flick y la Real Sociedad de Rino Matarazzo—. En Europa, ahora mismo, la disyuntiva táctica fundamental parece erigirse entre el fútbol de posición y el fútbol de presión alta y transición. Los entrenadores españoles son cada vez más flexibles en este sentido, y una trayectoria tan exitosa como la de Luis Enrique refleja la posibilidad de encontrar un modelo híbrido y adaptativo entre ambos paradigmas. No obstante, el prejuicio anima a asimilar el primer concepto al fútbol español y el segundo, claro, al fútbol alemán, que en los últimos años ha producido un buen número de entrenadores de muy alto nivel y rendimiento. Terzić, que alcanzó —con algunos trompicones, eso sí— la final de la Champions hace tres temporadas con el Borussia Dortmund, ha caído de pie en Bilbao porque la idiosincrasia del Athletic siempre ha tendido más a asimilarse con el fútbol inglés o alemán: con Bielsa, con Valverde o con Marcelino, hemos visto a los athleticzales correr, presionar en bloque alto, apostar por el duelo físico y las rupturas al espacio. También la escala formativa de Lezama se orienta en esa dirección.

Pero, ¿es que acaso el fútbol alemán no produce centrocampistas de buen pie?, podría preguntarse uno, con la evidencia de sus Toni Kroos, Joshua Kimmich o incluso Philipp Lahm en la mirilla. El caso es no confundir asuntos: que un equipo busque el espacio no implica que su fútbol se salte la línea del mediocampo. Al contrario, tener a un jugador capaz de contemporizar, acelerar con el primer pase e inaugurar las ventajas en campo rival es tan importante como tener a un extremo potente capaz de pisar la línea de fondo. Por ese motivo, el regreso de Beñat Gerenabarrena al Athletic Club, tras pasar la temporada pasada cedido en el Castellón, está resultando tan estelar —acompañado, para más celebraciones, por lo que parecen ser indicios de una recuperación física de Sancet, el jugador que marca las diferencias y la altura competitiva del club—. Con un pase progresivo y una finta con el cuerpo, ambos jugadores son capaces de ganarle veinte o treinta metros al rival. Falta un poquito más de los hermanos Williams y algo de inspiración de cara a gol para que el equipo de Edin Terzić, que en la tarde de sábado no pasa del empate ante el Elche, se convierta en un adversario de lo más temible.

—

Mi fin de semana transcurre entre espesores, cada uno de un color distinto al anterior. En la noche del sábado, despierto con hambre en mitad del intensísimo partido que juegan, al norte de Inglaterra, Sunderland y Arsenal. Es impresionante ver el despliegue físico de los jugadores locales, entrenados por el francés Régis Le Bris. Me sobreviene un escalofrío cada vez que veo a Brian Brobbey pelear de espaldas una pelota, protegiéndola con su enorme cuerpo de las embestidas —literales— de Ezri Konsa y Gabriel Magalhaes. El fútbol es un deporte de muchísimos contactos, y una cosa que siempre me ha llamado la atención es la habilidad que tienen los mejores jugadores para combinar, casi en el mismo movimiento, la más absoluta robustez en el choque con otro cuerpo y una delicadeza de porcelana en la conducción de la pelota. Por supuesto, nunca he visto a nadie hacer eso con tanta destreza como la que demostraba Leo Messi. Martin Odegaard, capitán del Arsenal, es otro superdotado en este sentido, y viendo la agilidad de sus movimientos uno no puede sino preguntarse qué sería capaz de hacer este muchacho noruego si acaso los defensores rivales le diesen uno, dos o tres segundos para pensar. A veces creo que haría las cosas peor, por falta de costumbre. El deporte de élite funciona, en muchos casos, acoplando la creatividad como un automatismo: en esa bella paradoja se reproduce y gana enteros. Me voy a la cama de nuevo, exhausto de tanto ver a los cuerpos chocar. El Arsenal vuelve a ganar, esta vez por pequeños detalles, y se dispara como colíder de la Premier League, todavía empatado a puntos con el nuevo Manchester City de Enzo Maresca, sobre el que tocará hablar en algún momento.

Si en el fútbol inglés la espesura vuelve cóncavo el campo y hace que todos los jugadores choquen en el medio, en el alemán parece transformarlo en una superficie convexa. En la tarde del domingo, decido ponerme durante un rato el partido que enfrenta al SV Elversberg y el Bayern de Múnich. El campo en el que se juega está ubicado en el municipio de Spiesen-Elversberg, de unos 13.000 habitantes. Nunca una localidad tan pequeña había alcanzado la primera división alemana, según explican en la retransmisión. La pelota va de un lado a otro vertiginosamente, como si el centro del campo fuese la cima de una montaña. Para un ojo acostumbrado a los partidos de la liga española o la liga inglesa, resulta sorprendente hasta qué punto ambos equipos adelantan su bloque defensivo: la confianza en su poderío a campo abierto es total, en el caso del Bayern. Para el Elversberg, este adelantamiento de las líneas es casi una cuestión de fe. Con tantos espacios por delante, la calidad individual de los jugadores florece aquí y allá, y el sentido de lo colectivo es lo que acaba por espesarse: cada vez que la pelota aterriza en el círculo central solo lo hace para, inmediatamente, salir despedida en una u otra dirección. El Bayern de Vincent Kompany ya demostró el año pasado, en las semifinales de Champions League que acabó perdiendo ante el Paris Saint-Germain, que no teme al intercambio de golpes. Un inspirado Harry Kane protege la pelota, la escora y la coloca en el pequeño hueco entre la manopla del portero y el palo derecho. Esa es la historia del domingo… y la del último año entero.

Atlético de Madrid y Real Sociedad cierran el círculo de mis nieblas. Lo hacen en un partido de muy poca continuidad en la circulación de la pelota. A Diego Pablo Simeone parece estar costándole entender la idiosincrasia de esta nueva plantilla que ha conformado junto a la dirección deportiva del Atlético: jugadores como Marcos Llorente, Álex Baena o Kang-In Lee atraviesan los minutos con gesto bastante incómodo, evidenciando encontrarse poco cómodos en las zonas del campo que han de pisar. Si a los atacantes del Racing de Santander se les advierte una simpatía interna muy grande, a los del cuadro rojiblanco les pasa un poco lo contrario: a ratos, parecen hablar lenguajes futbolísticos muy dispares entre sí. La Real Sociedad, que conserva el partido en su territorio durante casi todo el trayecto, muere en la orilla de su propia indolencia ofensiva: ni Gonçalo Guedes ni Mikel Oyarzabal, hoy como delantero centro, son capaces de generar ninguna acción prometedora. En mi sopor, mientras la enfermedad parece empezar a desvanecerse de mi cuerpo pero mis ideas se mantienen petrificadas, la imagen que me devuelve este partido sin imaginación me resulta un tanto cruel. Se repite, en mi mente y como un mantra: el fútbol es todo lo que soy […]

—

Me desperezo de las fiebres diversas y están aquí los agobios de septiembre: un torrente impensable de partidos y todavía más tareas por delante. Llevo muchos meses aspirando a una calma que no sé si llegará, y pienso mucho en las narraciones mesiánicas y en los finales felices de las peores películas. Hace falta siempre, me digo, una manivela para cruzar estos paisajes. A veces me obsesiono con un mediocentro como Beñat Gerenabarrena, y creo que debe ser justo por este motivo. Porque las cosas parece que van mal y uno desearía poder girarlas. Y que fuesen bien.

,

Published by