La concentración es una de las grandes protagonistas de mi vida actual, casi siempre por lo esquiva que resulta. Sé que no me distingo de nuestro propio zeitgeist, y que el déficit atencional al que nos enfrentamos es absolutamente endémico. Nuestra relación con las pantallas es bastante elocuente a este respecto: las observamos continuamente, sí, pero es rara la vez que prestamos verdadera atención a las imágenes que nos devuelven. He pensado mucho, a lo largo de este último año, acerca de qué estrategias puedo poner en práctica para revertir la situación o, al menos, colocar mi mirada en una posición que le permita orientarse hacia otro lugar. Siempre acabo devuelto a la figura de esas piscinas en las que un montón de cuerpos arman un remolino y, finalmente, a uno no le queda más remedio que dejarse llevar. Es como si el agua nos estuviese desplazando siempre, no sé si de la mano de nuestra voluntad, contra ella… o desdibujándola por completo. No es que sea complejo hablar, hoy, de actos voluntarios, sino que de hecho esa lógica de lo voluntarioso parece reemplazada por otra serie de categorías más vinculadas con la agencia inducida externamente. Es difícil encontrar los ojos propios.
Cuando veo partidos de fútbol en mi casa y solo, me encuentro constantemente distraído, scrolleando o lavando los platos; cualquier cosa excepto atender a lo que sucede en la pequeña pantalla, sobre el césped de alguna otra ciudad. He querido reducir el ruido de fondo que satura mis días, pero he llegado a la triste conclusión de que la mayor parte de cosas que me importan son las que, de hecho, acaban por configurarlo. Mi respuesta inmediata está siendo de carácter ético, imagino: busco salir al encuentro del otro para, de ese modo, retirar a la imagen parte de su responsabilidad como interlocutora. Los fenómenos de triangulación funcionan de esa manera: la introducción de una tercera vía permite descansar a uno de los dos agentes originales. Dos sujetos en permanente conversación corren el riesgo de alienarse del mundo, y en este contexto no podemos permitirnos escisiones de esa dimensión. Así pues, salgo de mi casa para ver el fútbol con alguien más. La conversación sobre la imagen me acerca a ella, pero también al otro, y la lógica del propio fútbol opera de ese modo.
—
Pienso, mientras veo el partido entre Real Sociedad y Celta, en cuál puede ser la vía de triangulación mediante la cual avanza cada uno de los equipos. Parece que Pellegrino Matarazzo, que entrena al cuadro donostiarra, empieza a tener claro que Mikel Oyarzabal, su mejor jugador, tiene que ser la llave que descifre esa cuestión para ellos. Orri Óskarsson, tras dos años de adaptación algo raros y discontinuos, parece haberse asentado en la punta de ataque, y eso permite a Oyarzabal dar algunos pasitos hacia atrás. En ocasiones, podemos encontrárnoslo incluso bajando a recibir el balón en campo propio, entre los dos centrocampistas. Tener a un futbolista capaz de realizar esos movimientos sin pisar las zonas de sus compañeros introduce una enorme ventaja competitiva, y el Celta sufre las consecuencias durante la primera parte del partido, totalmente dominada por el equipo local. Ningún jugador puede perseguir a Oyarzabal en todos sus movimientos a lo largo y ancho del campo sin desconfigurar por completo el orden propio, así que las ayudas tienen que estar muy atentas: si Álvaro Núñez, que juega de central derecho, sale a buscarlo hasta el medio, Yoel Lago y Marcos Alonso —los otros dos centrales del equipo— deben intensificar sus vigilancias y ocupar bien el ancho del campo, teniendo en cuenta que el Celta es un equipo que juega sin defensas laterales. Es cierto que los ajustes de Claudio Giráldez permiten al equipo defender mejor que otros días, pero una triangulación perfecta de la Real Sociedad acaba colocando a Take Kubo completamente solo, sin portero, debajo de la portería. El fútbol es también el misterio que hace que la pelota salga de su pie por encima del larguero. El partido termina sin goles.
Si hablamos de misterios, nada mejor que prestar atención a las cosas que sucedieron en la noche sevillana del viernes entre Real Betis y Real Madrid. Durante el verano se ha discutido mucho —a mi juicio, desde luego, demasiado y sin mucho criterio en líneas generales— sobre los caminos tácticos que ha de tomar esa pantagruélica institución que es el Real Madrid para hacer que su fútbol fluya y alcance a sus jugadores diferenciales, algo que no sucede con continuidad desde que, durante el verano del año 2024, Toni Kroos se retirase del fútbol profesional. La reticencia del club a hacerse con una figura dominante en el mediocentro —affair Rodri incluido— ha sorprendido a muchos, pero no deja de ser coherente con un modelo de planificación basado en el gran highlight y la productividad neta. En cualquier caso, el regreso de José Mourinho al banquillo madridista y la retahíla de fichajes realizados parecen estar aportando algo de luz a esta cuestión: el nuevo Real Madrid es un equipo que disfruta de su pragmatismo, que busca conceder a Jude Bellingham contextos de importancia en transición y, en fin, hacer sentir importantes y conectados a todos esos jugadores tan demencialmente convertidos en figuras de trascendencia pública a nivel internacional.
Contra el Betis, esa acumulación de talentos y de situaciones de ataque volvieron a evidenciarse, en particular en una primera parte en la que el cuadro local no pudo sino defenderse en campo propio, con las líneas juntas y, eso sí, un grado de concentración extraordinario. El prototipo de masculinidad que manejan los futbolistas, fuertemente afectado por las lógicas del capital, opera de estos modos: un defensa central como Natan, con unas condiciones físicas de élite absoluta —no hace falta más que verlo chocar contra algunos de los mejores jugadores del mundo para darse cuenta—, es capaz de encajar cinco goles contra el Levante en una tarde pesadillesca, en la que pareció incapaz de leer la mayor parte de las situaciones defensivas a las que tuvo que enfrentarse y, apenas seis días después, llevar a cabo una actuación memorable ante todo un Real Madrid. Los focos, la magnitud del reto, qué sé yo. Ese tipo de cosas que a todos nosotros nos harían encogernos o escondernos dentro de un cascarón sacan, por motivos largamente explicados por las secciones más misóginas de la historia del psicoanálisis, lo mejor de muchos futbolistas. El de Natan fue quizá el caso más exagerado, pero no se quedaron atrás los rendimientos en fase defensiva de Héctor Bellerín, Marc Bartra, Fran García o Marc Roca. El Betis de Manuel Pellegrini, destinado a hacer un fútbol atractivo en base a la finura de sus atacantes, acabó por ganar al Real Madrid, en parte, gracias a su verdadero carácter: el de equipo práctico y, por qué no decirlo, tradicional en sus propuestas. Digo en parte porque, sinceramente, el equipo dirigido por José Mourinho pudo ganar el partido de todas maneras. El fútbol es un deporte que se narra linealmente, por suerte o por desgracia, y fue la acumulación de errores madridistas en la definición la que permitió que su rival se mantuviese conectado al partido y, dada su oportunidad, la aprovechase para obrar el milagro. Troy Parrott, irlandés a todos los efectos, no puede haber conectado mejor con la idiosincrasia de un club como el Betis, que en lo cultural se aplica como una de las comunidades futboleras más católicas de La Liga, para lo bueno y para lo malo. Su gol ya forma parte de la historia reciente del equipo verdiblanco.
Los resultados, en el fútbol, importan porque permiten la sostenibilidad de los proyectos. En su regreso a Primera División después de ocho años de larga ausencia, el Deportivo de A Coruña ha hecho una apuesta cortoplacista grande, fichando mucho y aprovechando el margen salarial de un club con un capital potente que, además, arrastra pocas hipotecas consigo. Para ellos, los resultados de esta temporada son muy importantes de cara a mantener y quizá expandir la magnitud de un proyecto ambicioso, que busca devolver al club al lugar de honor que ocupó en la década mágica del Superdépor, alrededor del cambio de milenio. Su visita al estadio del Villarreal se anunciaba como un reto atractivo: frente a ellos se erguía un gigante moderno, tercer clasificado en la última liga y con un músculo económico que no muchos equipos españoles pueden igualar. El equipo castellonense ha entrado en el nuevo curso con algunas dudas y frágil defensivamente. Todo entra, más o menos, dentro de la normalidad: este verano su proyecto deportivo ha dado un giro con la salida de Marcelino García Toral de la dirección técnica y la incorporación de Íñigo Pérez, uno de los entrenadores jóvenes que más han destacado en España a lo largo de los últimos años, primero como segundo de Andoni Iraola y, en los últimos dos años, a los mandos del Rayo Vallecano. Parece que a su Villarreal le cuesta empastarse, y llama algo la atención que la pérdida de Dani Parejo en el centro del campo no haya sido reemplazada por otro perfil más posicional, con mayor criterio para ofrecer un primer pase. Todo el diseño de plantilla del submarino amarillo parece responder a esas máximas anglófilas de apostar por el poderío físico, los futbolistas capaces de imponerse al espacio y en los duelos. El Deportivo, por contra, se está probando como un conjunto de lo más inteligente, capaz de mimetizarse con sus rivales y de ser preciso con balón. Es un gusto ver jugar a Lorenzo Amatucci, un chico italiano que el año pasado brilló en Segunda División con Las Palmas y que ahora empieza a probar su buen manejo de los tiempos en la máxima categoría. Pero nada se compara a lo que está ofreciendo Pierre-Emerick Aubameyang. Sobre la calidad de este delantero gabonés había pocas dudas: su carrera es lo suficientemente elocuente al respecto. Pero lo cierto es que la pericia, la agilidad mental y la resistencia física que está demostrando, a su edad, en este comienzo de liga empieza a resultar anonadante. Frente al ataque acumulativo del Villarreal, el equipo dirigido por Antonio Hidalgo contemporizó, trató de minimizar errores defensivos —una empresa para la que la incorporación de José María Giménez parece que resultará clave— y de llevar el partido a su territorio. Empató el encuentro hasta en dos ocasiones y, en el tramo final, se impuso física y anímicamente para acabar ganándolo. Habrá tiempo para pensar acerca de las soluciones que necesita buscar Íñigo Pérez, pero en la noche del sábado solo hubo palabras de elogio para un club en éxtasis, acompañado por el dulce narcótico de los resultados favorables.
—
El domingo por la tarde, un relámpago de fútbol inglés. En el partido entre Everton y Manchester United, el juego apareció entrecortado, muy próximo a las imágenes que uno tiene en la cabeza cuando tira de estereotipos sobre la Premier League. En el medio del campo del Everton juega un chico especial, Harrison Armstrong, cuya carrera imagino que necesitará airearse en otros lugares en los que la circulación de la pelota favorezca a sus características. Los entrenadores de ambos equipos, a día de hoy, son David Moyes —escocés— y Michael Carrick —hasta hace una década, capitán y centrocampista inglés del propio United—. Y el fútbol refleja siempre esta idiosincrasia anglicana: balones largos, disputas aéreas y rupturas al espacio. En esas lides, Bruno Fernandes quizá sea uno de los mejores jugadores del mundo, porque opera sin balón como un auténtico espía. Utiliza muy bien su cuerpo y juega siempre hacia adelante. La gente se sorprendió, durante el pasado Mundial, de que su fútbol no saliese a relucir dentro de los engranajes de la horizontal y tímida selección portuguesa que dirigía Roberto Martínez. El propio juego contiene las respuestas necesarias para entender este tipo de cosas.
Unas horas más tarde, en Londres, se juega lo que parece un deporte diferente. Arsenal y Chelsea, ambos clubes dirigidos por entrenadores vascos —Mikel Arteta y Xabi Alonso—, practican un juego de circulaciones vertiginosas, en las que la calidad de cada pase y cada control han de ser exquisitas para que las jugadas prosperen. Raseando así el fútbol, un buen Martin Odegaard marca siempre la diferencia: aprovechando los pases progresivos de Declan Rice —un lanzador de élite, de los mejores salteadores de líneas del fútbol actual— y la inteligencia móvil de Kai Havertz, el imaginador noruego fue el líder que extrañó el Arsenal la pasada temporada. La coordinación de movimientos en ataque del equipo de Mikel Arteta fue, en la tarde londinense, un prodigio de la geometría: parece difícil plantear, a estas alturas de la temporada, que alguien pueda asaltar su condición de gran favorito dentro del campeonato inglés. Ningún otro equipo del mundo circula el balón con esta velocidad, con tal cantidad de permutas entre jugadores dentro-fuera, con tanta creatividad táctica e importancia total de lo colectivo. Mikel Arteta se consolida, a cada paso que da, como el entrenador más obsesionado con el control de toda Europa. Un meritorio sucesor de su gran maestro: Pep Guardiola.
—
Todas estas cosas las observo con amigos, con personas queridas. Nosotros también somos conscientes de la limitación de los espacios de maniobra. Nuestros ojos están comprometidos. Pero nada como unas palabras capaces de desanudarnos, de hacernos pensar en lo que vemos, para sentir que el mundo se despierta ante nosotros. El estímulo no tiene por qué ser generado siempre por las mecánicas del capital. Podemos inventarlo juntos.

