Hipotaxis y fraseosalseo. Sobre la pertinencia de la frase larga

“Hay algo de regodeo en la hipotaxis”. Así lo decía Rafael Sánchez Ferlosio en la entrevista que le hizo Sánchez Dragó en la tele, donde el entrevistador, por cierto, demostró –aparte, una vez más, de una mala educación que da rabia– lo poco que conocía la obra de Ferlosio y lo mal que le había leído. Fue una de las pocas, poquísimas ocasiones en que aparecía Ferlosio en la tele, y podría haber sido una buena oportunidad para hacer un repaso a sus libros, a su pensamiento, a cederle algo de espacio a su palabra.

Pero bueno. Volviendo al tema principal de este apunte, es decir, a la frase larga, subordinada, hipotáctica, poliarticulada, acumulativa, digresiva, expansiva y fagocitadora –hasta incluso diría que centrífuga y desembridada–, volviendo a la frase larga, digo, no siempre es fácil saber qué pensar sobre este tema: está bien que un autor o una autora se regodee en lo que se le da mejor, está bien que se luzca y se guste un poco. Que dé lo mejor de sí. Y si algunos autores encuentran en la frase larga el cauce en el que proyectar mejor su pensamiento, sus ideas y su imaginario, lo mejor será que sigan escribiendo así, claro. Uno se expresa como sabe.

A veces he pensado que la frase larga es el equivalente verbal, escriturario, del plano secuencia. Y el plano secuencia tiene su razón de ser, su pertinencia: no se escoge dirigir así ‘porque sí’. Hay una intención, detrás: la necesidad de provocar un desgaste, un desasosiego, entre otras posibilidades. ¿Funciona también así, en prosa? No exactamente, o no en general, al menos. ¿Hay, pues, o puede haber, algo de arbitrario, de capricho, en escribir así, o más bien hay un significado autoral decidido, como en las gramáticas audiovisuales?

Sí, claro, por supuesto que puede haber algo de gratuito en escribir de esta manera. Todo depende, en el fondo, de a lo que tienda el autor o la autora, de lo que le salga natural. Pero hasta el hablador más huracanado, al ponerse a escribir, encontrará la necesidad de pausar la máquina, de ralentizar su palabreo. Entonces, acotar la frase parece una tendencia ineludible en la escritura, la necesidad de circunscribir lo dicho o lo pensado a una unidad de sentido.

Ferlosio lo explica así, en La forja de un plumífero: “Sólo podría decir tal o cual cosa de un modo satisfactorio, por suficientemente preciso, circunstanciado, explícito y completo, recurriendo a largas construcciones hipotácticas”. Un poco más adelante, en esa misma, brillante miniatura de autobiografía literaria, menciona las desaconsejables tentaciones de escribir así, “de entregarse a virtuosismos” o “complacencias lúdicas”. Exacto: ese es el peligro.

Ahora bien. A mí la frase larga me gusta. Y el maestro, en esto, como no podía ser de otra manera, y de verdad que siento la monotonía de mis referencias, es Sánchez Ferlosio. Su fraseo es proliferante y galopante y omnicomprensivo, aglutinador y pertinente y tiene sentido que sea así según lo explicado en su apunte. Y además tiene sentido desde un punto de vista de la declamación no sólo porque, como dice en la fallida entrevista mencionada, se tiene que leer de un solo golpe de aliento, para lo cual somete a la frase a una “prueba respiratoria” –igual que el versículo libérrimo de Ginsberg, por cierto– sino porque quiere contener, su frase, los matices, los meandros, las cláusulas, el contexto entero, en una misma y única unidad significante. Es un fraseo equilibrado, compacto. Es un círculo y en el centro está el mensaje.

O, por poner otro ejemplo extraordinario: 2666 es una novela que no tiene un fraseo particularmente dilatado ni tiene la sintaxis ni el léxico más sofisticados del mundo, pero hay en la primera parte de la novela una extensión concreta de casi siete páginas que sí son una única frase. Una lejana evocación sostenida que hace un personaje ultrasecundario del viejo Archimboldi en una velada literaria en Alemania, a la que fue de joven a presentar unos inéditos, y la evocación es en sí misma la frase de esas seis y pico páginas que van, en la primera edición de Anagrama, de la 33, empezando con “Y cuando este borroso escritor”, hasta acabar en la 39, con “hasta llegar a sus casas”. Y no es vanagloria (aunque pudiera parecerlo) ni una veleidad (aunque también); es así porque la frase es la evocación de un único personaje, la voz que le da Bolaño para que cuente y abarque su historia con sus propias ramificaciones y al ser una única frase esa historia nos llega directa, sin intervenciones de ninguno de los personajes periféricos que rodean al hablante. Todo bien delimitado por la construcción perfecta de esa frase larga. Tiene sentido, así.

Por un poner un ejemplo contrario, la novela de Catherynne M. Valente Space Opera no me acabó de encantar por varios elementos a mi juicio mal ejecutados: uno, el humor, aunque sobre eso ya escribí unas palabras hace tiempo; y otro, que es el tema de este apunte, el fraseo. Era largo, larguísimo, y me pareció arbitrario y gratuito: un capricho que parecía no responder a nada más que al hecho mismo de demostrar que la autora podía, efectivamente, escribir una frase larga (lo que por otra parte no es tan difícil). Quizá alguien me podría decir que lo arbitrario y gratuito es estupendo precisamente por ser sin por qué, cosa que también entendería, por otra parte.

Otro ejemplo en esta línea sería lo que hace László Krasznahorkai con sus capítulos enteros que son una sola frase (me refiero a su libro, de título pelín desacertado, Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río). Este es el texto, de hecho, que ha espoleado esta pataleta sobre el fraseosalseo; entiendo lo que hace porque el personaje quiere entrar en un monasterio, y muy kafkianamente no puede, y ese continuo reguero de frustraciones, ese desaliento, se espejea en la narración con esa frase larga que no acaba. Pero quizá se podía haber conseguido el mismo efecto con frases un poco, sólo un poco, menos largas, en este caso, que alejaran las sospechas de arbitrariedad. Aquí es un poco demasiado y uno se pierde y se frustra porque ya ves el motivo que hay detrás y lo entiendes pero no te acaba de funcionar como lector.

Pero cuando el fraseo largo es lo que destaca en la prosa, hay que ver lo que se esconde detrás de ese entramado verbal. Proust lo borda porque además su frase es como el pensamiento que se alarga y a veces se estira en espirales concéntricas y otras en cambio lo hace en estallidos centrífugos, y aun otras se reconcome en frase centrípeta. O como lo que hace Javier Marías en sus novelas mayores, que parece que quiera romper la sintaxis y entregarnos piezas sueltas de escritura que luego ha recompuesto a su manera.

De todos modos, una cosa es una frase larga de párrafo, párrafo y pico, que es de lo que estamos hablando, hasta ahora, aquí, y otra es una frase de siete páginas (la ya mentada de Bolaño), de doscientas cincuenta (el Cristo vs. Arizona de Camilo José Cela), o de mil (Patos, Newburyport, de Lucy Ellmann).

El caso Cela es algo distinto, como casi todo lo que hace. Uno de los grandes prosistas del siglo, autor de brillantes rarezas totales como Oficio de tinieblas 5, San Camilo, 1936, Mazurca para dos muertos o Madera de Boj, Cela escribe esa frase, esa particularidad de fraseo asilvestrado, porque quiere, no porque sintácticamente sea una frase gramatical sino porque ahí donde el ritmo y la fisiología requieren un punto, él pone una coma, y luego sigue, y sigue, y sigue. Bueno. Hace lo que le da la gana y eso es exactamente lo que tiene que hacer y lo que en última instancia hacen todos.

Cuando el gesto es tan exagerado, pierde significado. Puede ser. La frase larga, como el plano secuencia, tiene su propio sentido y su propia razón de ser, sus propios logros y objetivos propuestos, y es siempre estimulante y creativa, rítmica y ondulante, y hasta cuando es arbitraria y un poco frustrante tiene también su atrevimiento y contiene una sana irreverencia que a mi manera de ver la justifican.

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