Holocausto de oxígeno: materialismo gótico y veganismo

Si no sabes distinguir nuestra carne
del dolor del enjambre
no nos vas a querer más allá del cadáver

VVV Trippin’you

Una crítica al vitalismo higiénico de Emanuele Coccia

En 1976, Jean-Michel Jarre publicó Oxygène, un álbum de música electrónica cuya portada muestra la Tierra desde el espacio, pelada como si de cebolla cósmica se tratase. La imagen deja ver su dermis cadavérica: corteza, manto, núcleo.  El álbum es a nivel de sonido, junto a los producidos por Kraftwerk, uno de los mejores ejemplos de lo que Reynolds denominó futuromanía. La ironía es clara y amarga. La advertencia de a dónde conduce el futuro, explícita. Pero el espanto va todavía más lejos porque si hoy uno se acerca a mirar la portada, indudablemente, le vendrá a la cabeza la «odiosa» palabra Antropoceno. Usar esta palabra siempre me causa una mezcla de irritación, fatiga y pereza. Pero no la estoy usando por vaguedad -podría usar capitaloceno o cualquier otra del infinito arsenal disponible-. Si la uso es porque bajo esas capas, donde debería estar el centro incandescente del planeta —el Chtártaro landiano— asoma una calavera humana. La atmósfera que la envuelve es, en esta portada, literalmente, el aliento de los muertos.

El aliento de los muertos. Qué expresión. Reconozco que una declaración así está muy lejos de lo que para Emanuele Coccia podría significar la atmósfera. Y, sin embargo, cuando piensas en la agrilogística, en los espectros del carbonífero, o en la relación entre ganadería, cambio climático y sexta extinción masiva es más fácil pensar en la atmósfera como pesadilla que como esfera de soporte. Condición de posibilidad de la vida, para Coccia: «La atmósfera es nuestro primer mundo, el medio en el que estamos integralmente inmersos: la esfera del soplo» (Coccia, 2017, p.56) Con su habitual retórica naive y destilada, Coccia, nos habla de la atmósfera con expresiones del estilo: «compartir un mismo soplo» «el soplo es el verdadero logos del mundo». Pero ese cósmico soplo, que hoy nos parece sinónimo de vida celebrada, tiene los pulmones llenos de alquitrán y ya convirtió la tierra en una pesadilla cósmica durante la primera extinción masiva. El propia Coccia lo sabe: «El universo que habitamos es el fruto de una catástrofe que llamamos, alternadamente, gran oxidación, holocausto del oxígeno o catástrofe del oxígeno» (Coccia, 2017, p.45)

Haya o no exageración en el hecho de utilizar la palabra holocausto —son los geólogos, siempre góticos, los que la utilizan— la realidad es que lo que ocurrió allí fue, como mínimo, el primer exterminio atmosférico del planeta —hoy ya vamos por el sexto—. Minúsculos y obstinados organismos, las cianobacterias, excretaron oxígeno sobre un mundo que hasta entonces respiraba metano y dióxido de carbono. No sé cómo lo hicieron, pero me puedo imaginar que no fue con el tacto con el que una madre te arropa, más bien sería con la misma delicadeza con la que un xenomorfo derrama bilis sobre el casco de la nave Nostromo. 

Con su panteísmo de jersey caro y su filete en el plato, a Coccia le encanta hablar de la vida: «la presencia de la vida transforma la naturaleza del espacio» (p. 65), decir cosas como todo «respira y todo es soplo porque todo se compenetra».  Su «filosofía de las plantas» es el intento más sofisticado —y más involuntariamente siniestro— de maquillar la carne-cadáver del mundo con retórica new age. Donde el relato geológico narra un holocausto, él decide escribir: «el universo que habitamos es el fruto de una catástrofe». Fruto. Qué palabra más higiénicamente vitalista. Qué forma más pulcra de llamar a lo que fue, sin exagerar un ápice, el equivalente prebiótico de un ataque a modo de invasión preventiva de la URSS en versión trisolariana.

Dicho esto, es el momento de confesar.  No sólo comparto con Coccia su visión de la filosofía como condición atmosférica, sino también que toda vida es ya en su canibalismo, autofagia y cósmica devoración: «El aire que respiramos es el soplo de otros vivientes. Es un subproducto de «la vida de otros» (p. 54), «el soplo es ya una primera forma de canibalismo: nos alimentamos cotidianamente de la excreción gaseosa de los vegetales, no podemos sino vivir de la vida de otros» (p. 55).  Con lo visto hasta la fecha no es descabellado afirmar que, al menos en su libro La vida de las plantas, Coccia practica un panteísmo vitalista que se sostiene sobre un monismo metafísico de continuidad radical. Vuelvo a ser farragoso, así que intentaré explicarme; ahora veremos por qué lo que Coccia practica es una metafísica de la inmanencia. Aunque no me desagrada del todo la palabra metafísica —es broma, sí que lo hace— pienso que el materialismo gótico es más una ontología. En la práctica contemporánea, es bastante común utilizar ambos términos casi como sinónimos, pero la distinción técnica podría seguir siendo esta: toda ontología es metafísica, pero no toda metafísica se reduce a ontología.

Llegados a este punto, hay que admitirlo: hay mucho de su filosofía —inmanencia, monismo— que es compatible con el materialismo gótico. No obstante, pretendo diferenciarme de su marco en algunas cosas y conducir la teoría de Mark Fisher hacia una suerte de veganismo como sabiduría gótica. 

Antes de poder ejecutar semejante operación tan arriesgada —y algo suicida— creo que es perentorio que explique por separado algunas de estas palabras. El monismo es, reduciéndolo a lo más básico, la idea de que todo está hecho de lo mismo. Una única sustancia —lo que pasa es que aquí somos tan góticos como spinozistas—. Como he afirmado ya en muchas ocasiones: lo digital, lo espectral, lo mineral, todo forma parte del continuum. Y el panteísmo, puede verse, con mucha facilidad, en expresiones como la que decía Lain en Serial Experiments «todo está conectado» o todo está en todo: «Todo en el mundo produce mixtura y se produce en la mixtura. Todo entra y sale de todo» (p. 72.)

Monismo vitalista

La base del sistema de Coccia, puede decirse sin demasiado riesgo, es un monismo.  Pero más que materialista, al menos en el sentido clásico de la tradición filosófica, podemos decir —yo diría— que es vitalista. Coccia postula que la vida es un único e idéntico principio que circula a través de todas las cosas, uniendo como hace también el materialista gótico «lo vivo con lo no-vivo». Su conclusión es una identidad radical (todo es lo mismo). Si llamo a la metafísica inmanente de Coccia «panteísmo vitalista» no lo hago -como algunas de las bromas mordaces y chacoteras que haré después- como una pura afirmación gratuita. El propio Coccia suscribe -explícitamente- el panteísmo cuando sugiere que «lo que está muerto es el dios separado y aparte del mundo» y propone como dios inmanente:  el mundo mismo.

En relación al vitalismo, para Coccia toda vida que existe alrededor y fuera de nosotros es la misma que yace en nosotros, y viceversa. Vivimos la misma vida que todo lo que nos rodea: «ahí está la inmersión, el hecho de que la vida siempre sea entorno de sí misma, y por esta causa, circule de cuerpo en cuerpo, de sujeto en sujeto, de lugar en lugar» (p. 55) Conclusión: no hay una diferencia ontológica fundamental entre un mineral, una bacteria, una planta o un animal. En esta parte, volvemos a coincidir. Ahora, si pensamos en aquello que decía Fisher, que el materialismo gótico debe apuntar a una teoría de la cibernética, es coherente que nuestra visión de la materia aporte también su dimensión digital y cibernética. También he dicho que existen espectros materiales, que hay una parte de la materia que es espectral. Esto será fundamental para distanciarnos después, porque, si alguna parte me ha venido interesando del continuum inorgánico, es justamente la parte donde muestra su pliegue.

Vayamos ahora al menú. Coccia procede a una nivelación ontológica del mismo. Lo voy a simplificar de forma socarrona y altamente macarra: en el panteísmo vitalista cocciano, es lo mismo comerse un nugget que comerse una sopa de espinacas o respirar oxígeno. Enchufarse un buen solomillo-cadáver —sea cósmico o no— vendría a ser algo así como un misterio alquímico. Visto de este modo, para Coccia, la alimentación está lejos de ser una cadena de consumo.  El «gran misterio alquímico del nugget» vendría a señalar que cada viviente es «una inmensa empresa de reciclaje de las vidas que lo precedieron. Nada de lo que habita en nosotros es nuevo».

Resulta que, para Coccia, cuando nos estamos comiendo un nugget, estamos transmutando «vida en vida», continuando, así, un ciclo de metamorfosis. Es esta transmutación, este misterio alquímico, lo que permitiría desde Coccia ensayar unacrítica al veganismo como hipocresía metafísica. Tal crítica se hace desde ahí, porque al equiparar ontológicamente todas las formas de vida, Coccia considera que la distinción moral entre comer un animal o una planta es insostenible. Afirmar que se puede vivir sin matar es «pura hipocresía, porque la verdad es que siempre comemos otros seres vivos». Vuelvo, por unos momentos, al materialismo gótico. Aunque comparte el rechazo al antropocentrismo, creo que, a estas alturas, es evidente que la base de todo es la flatline gótica como «un plano en el que ya no es posible diferenciar lo animado de lo inanimado»

Veganismo gótico

Dicho esto, veamos ahora dónde están las diferencias cruciales entre el materialismo gótico y la propuesta de Emanuele Coccia. Empezaré por lo que podría bautizarse como la trampa de la simetría. Si antes hablaba del misterio alquímico del nugget, no lo hacía solo para provocar, sino para señalar que Coccia iguala el acto de arrancar una hierba y degollar un cordero bajo el manto del «reciclaje de vida». Igual que a la tecno-mística incel y fascista o al idealismo gótico —a toda forma de idealismo en general— o al capitalismo gótico-demoníaco, también el materialismo gótico debe enfrentarse a cierto vitalismo naive que nivela ontológicamente el menú mientras afirma la vida. ¿Cómo habría de hacerlo? Deconstruyendo esa simetría y revelándola como lo que es: una trampa metafísica. Para el materialismo gótico la oposición entre vitalismo y mecanicismo es un falso dilema: «su teorización adecuada exige un vocabulario gótico que mezcle la doble pinza «vitalista-mecanicista» (Fisher, 2022, p. 114); «un neovitalismo no es, por lo tanto, más satisfactorio que un neotanatropismo» (Fisher, p 115). Si —en mi opinión— la distancia con el neotanatropismo sirve para alejarnos de Nick Land, el segundo principio del materialismo gótico sirve para afirmar que la materia no es pasiva, sino un conjunto de agencias o agentes (agencements). Debemos analizar la asimetría de poder en esas relaciones, no solo el resultado, porque de lo contrario podríamos terminar cayendo en una elisión de la agencia material. En afirmaciones como «la vida que existe alrededor es la misma que la que yace en nosotros» y que «nada de lo que habita en nosotros es nuevo» es donde la lectura gótica detecta la elisión: Coccia habla del flujo (o del fluido) pero ¿qué hay del sufrimiento matérico que también lo habita? Cuando en otros escritos he mencionado la isla de mierda del Pacífico y la he comparado con Pyramiden, tenía en la cabeza la hauntológica expresión derridiana: «ontologización de los restos». Y esta expresión —cargada de Benjamin hasta el tuétano como quien carga una pistola de fantasmas— no habla, en exclusivo, del reciclaje —sea este cósmico o sea este de papelera azul—. De lo que habla es sobre todo del duelo. Porque la materia duele, es dolosa, hay que duelarla. 

El materialismo gótico afirma: des-vida, des-muerte y unidad de los contrarios. No hace falta por mi parte discutir esto: Coccia tiene razón en que la vida es un único proceso (monismo). Pero el materialismo gótico le da la vuelta con pesimismo —sí, con pesimismo—. Lo acepto, sí, todo es vida. Pero, entonces, todo es también muerte. La muerte es, como mínimo, una parte tan constitutiva del continuum como la vida. Puede verse de este modo: la distinción entre lo vivo y lo no-vivo no es una línea que se borra, funciona, más bien, como indiferenciación donde la «des-vida», como lo era el glitch. Y pasa a ser la norma (la flatline).

Si como vengo diciendo hay una parte de la materia que es espectral, loque no puede hacerse es obviar que hay un espectro en el plato —suerte de fetichismo de la mercancía que obvia la violencia constitutiva del nugget—. Coccia habla de reciclaje cósmico, pero ¿no olvida, esto, de algún modo, que la materia no es inerte? ¿Que la materia, como bien vemos con The Caretaker o Pyramiden, está hauntada? ¿Vida reciclada? ¿O espectro material cargado de trauma, cortisol y muerte violenta? Es al no reconocer esta diferencia en la constitución de la materia que Coccia borra el sufrimiento del animal.

¿El Asesinato como ontología? Puede ser. Es justamente por eso que el veganismo como sabiduría gótica se enfrenta a una cruda realidad. Lo diré sin edulcorantes retóricos de ningún tipo: matar es inevitable para vivir. Sonará pesimista, pero esa es la condena trágica de la existencia. Como vegano, mi pretensión no es la de escapar a la cadena trófica, sino la de tomar la decisión, en medio de la flatline universal -umbral de des-vida y des-muerte- de minimizar el daño. De no contribuir, por mi parte, a la constitución de esta pesadilla atmosférica a modo de macrogranjas y toneladas de heces en el océano.  De elegir —como hace esa carne-muerta sintiente que es el desgraciado de Frankenstein al inicio de su no-vida— qué espectros consumir: bayas y raíces (o heura). Es una elección gótica:  o entre el cadáver de un animal o entre el de una planta. Pero, al menos, sabiendo que ambos representan una forma de violencia.

Expuesto el argumento, la crítica al veganismo como hipocresía metafísica puede pasar, ahora, a un contraataque en dos frentes:

El primer frente sería algo así como afirmar que la sabiduría gótica distingue grados de Violencia en el espectro. Simplificando mucho, Coccia argumenta que comerse una lechuga, un cerdo o un nugget es moralmente equivalente porque ambos son seres vivos y la vida, y en eso coincidimos, es canibalismo, cósmica devoración. Pero hay algo más que añadir. El materialismo gótico, altamente interesado en la podredumbre, responde: no se trata de si ambas cosas están vivas o no, sino de cómo esa vida se convierte en cadáver —y cómo interviene en ello todo un sistema carnívorocapitalista y posnatural—. El sistema nervioso centralizado de un cerdo registra el horror de su propia muerte de un modo mucho más salvaje que la lechuga. El «cadáver» de la lechuga es, por decirlo de este modo, en tanto umbral, una flatline pasiva (des-vida orgánica), mientras que el cadáver del cerdo o del pollo (si uso el nugget es porque me parece el ejemplo perfecto para mostrar este borrado matérico) es un «fantasma» activo, un «revenant» que, como los espectros del carbonífero, viene cargado de la violencia industrial del presente y del pasado.

Quién sabe. A lo mejor, nada de lo dicho hasta aquí se sostiene, pero poseo la convicción de que el materialismo gótico tiene la obligación ética y ontológica de diferenciar estas dos formas de materia muerta-viviente. Eso nos lleva al segundo frente: el veganismo como materialismo gótico aplicado. Acusar al veganismo de «hipocresía metafísica» es la coartada perfecta del inmovilismo. Sinceramente, estoy harto de que gente que se dice así misma vitalista critique el pesimismo —cósmico o no— o el nihilismo (no son lo mismo) mientras tiene un espectro de vaca en el plato. Si hay algo que atraviesa todo el pesimismo filosófico —sea este, como suele decirse, macho o no, que lo es— es la conciencia del sufrimiento como base de todo. Es paradójico, no tiene sentido, suena casi a error: no importa. El veganismo gótico asume la paradoja (todo vive-todo muere-todo duele) pero actúa bajo un imperativo materialista: hay que reducir el daño que no sea inevitable —como el que ocasiona el capitalismo cárnico—.

Coccia utiliza el monismo para disolver la ética en una mística de la metamorfosis. El materialista gótico debería utilizar el monismo (el continuum) justamente para lo contrario. En el continuum de la flatline, donde ya no existe una frontera clara, el acto vegano es una decisión ética consciente de minimizar el sufrimiento en un universo -pesimismo cósmico- que no es ético. Mientras Coccia disuelve la ética en una mística de la metamorfosis que nivela todos los actos de violencia, el materialismo gótico vegano mantiene una tensión simultáneamente productiva e improductiva con lo hauntológico. El sistema está desarticulado. Da igual. Que la materia sea espectral implica que hay en ella una parte que siempre queda abierta. Un pliegue mostrándose. La hauntología, como deuda y duelo, espectra la materia, y funciona, para el vegano gótico, como bisagra, como zona de paso liminal entre el monismo ontológico y la responsabilidad ética. ¿Qué quiero decir con todo esto? Que sí, que todo es un mismo continuum de materia viva-muerta (como dice Coccia), pero me niego a que eso justifique cualquier forma de violencia. Para mí, es justo al contrario. Precisamente porque todo es materia y al menos una parte de ella es sintiente y espectral, la decisión de reducir el daño no es una «hipocresía metafísica». Y aunque soy consciente de que hay duelos imposibles y que, como en el espectro, hay una parte aquí que se está escapando, para mí, en relación al sufrimiento matérico, el veganismo se me presenta como uno de los pocos actos éticos posibles en un universo sin fundamento moral trascendente. Mi posición ética, mi Internacional, es y será la del Espectro. Lo siento, la metamorfosis como un ciclo alegre de cósmica celebración, de vida que se transforma felizmente, no va con mi temperamento. No, para mí no hay banquete de reciclaje perfecto, lo que hay es una cadena de asesinatos. ¿Soy incongruente? La urgencia me exige serlo: el duelo del vegano gótico no es mera pose moralista. El duelo del vegano gótico es el luto perpetuo por un mundo que se devora a sí mismo. El veganismo es un intento, siempre fallido, siempre en proceso, de hacer ese duelo por los espectros de los animales.

El veganismo gótico podrá ser una postura ética imperfecta, pero es la conclusión lógica de una filosofía que se toma en serio la espectralidad de la materia y la inevitabilidad del daño. Es mi respuesta, como materialista gótico, a la pregunta «¿qué hacer?» en un mundo donde no hay escapatoria del horror cósmico.

Referencias:

Coccia, E. (2017) La vida de las plantas. Una metafísica de la mixtura. Miño y Dávila Editores.

Fisher, M. (2022). Constructos Flatline. Materialismo gótico y teoría-ficción cibernética. Caja Negra.

Serial Experiments Lain, 1998
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