«Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos». Debo de ser tremendo incel, porque no me canso de reproducir esta cita de Lovecraft. Y aunque mi insistencia es claramente condenable, si la convoco ahora, es porque esta famosísima cita de La llamada de Cthulhu ilustra a la perfección lo que quiero explicar sobre la teoría iceberg de internet y los creepypasta.
Aunque Internet nos resulta vasto e inabarcable, la mayor parte de sus datos, tráfico o webs nos permanecen ocultos -vivimos en plácidas islas de ignorancia- y son cada vez más inaccesibles conforme más perturbadores se vuelven los contenidos que ofrecen -en medio de mares negros e infinitos-. The Growlers lo dijeron mejor que nadie: «The Internet is bigger than Jesus and John Lennon». Y lo que vemos de él es solo la porción benigna, la esquina amable del tentáculo. Esto es, al menos, lo que parece indicar la teoría del iceberg de internet, cuyo origen probable es la teoría de escritura de Hemingway, pero que se ha ido extendiendo por las redes sociales desde hace un tiempo como potente metáfora conceptual. Y ¿a quién puede sorprender esto? Siendo una imagen tan precisa, es natural que haya devenido hermenéutica sencilla y útil para desentrañar y cartografiar las profundidades de la red. Pero, aunque funciona, tiene sus problemas.
No es la única vez que se ha pensado la red de este modo. Se me ocurren al menos, dos ejemplos del siniestro digital y del materialismo gótico que replican esta misma estructura liminal: Neuromante y el hielo como anticipación del firewall -con su lectura materialista ya que el hielo, en su versión negra, puede quemarte la carne y dejarte «flatlined». Y cómo no: las layers en Serial Experiments Lain. Esta segunda, es, sin embargo, algo más ambigua. Recordemos que The Wired, aunque tiene capas, es mucho más fluida y atmosférica que el ciberespacio en Neuromante. Desde una crítica gótico-materialista, lo que representan Matrix -¿bienvenido al desierto de lo real? o ¿bienvenido a una restauración tecno-neo-platónica y gnóstica de lo trascendente?- o los knights en Lain, es una suerte de tecno mística (techgnosis) incel -como el personaje de Samuel Pierce en la novela de Carla Nyman, el Valle del Silicio– que pretende ofrecernos una verdad trascendente oculta en la red. Por eso, para el materialista gótico, absolutamente comprometido con la inmanencia (o así es como yo lo entiendo), la techgnosis engrosa la lista de archienemigos. Es junto con el idealismo gótico, el capitalismo gótico-demoníaco y el vitalismo naive optimista, el enemigo a batir. No por nada Eudald Espluga llama a esta corriente «gnosticismo tecnofascista» asociándola a los jinetes (¿knights?) de la neorreacción (Nrx): Peter Thiel, Curtis Yarvin, etc.

La imagen del iceberg es archiconocida en memes: una superficie que sale del océano -donde aparece la realidad más visible y sencilla: ¿fenómeno?- y en sus profundidades: lo oculto -¿noúmeno?,¿con o sin colmillos?-. La catábasis en el iceberg se indica de este modo tan cercano a la geología: la mayor parte de la información que hay en la red permanece oculta bajo la superficie. Esta teoría se ha convertido en una herramienta para visualizar la inmensidad y la estructura estratificada del mundo digital. Esta analogía del iceberg para describir internet se popularizó a principios de los años 2000, gracias al trabajo del experto en informática Mike Bergman. En 2001, Bergman y su equipo estimaron que la web invisible era asombrosamente más grande que la visible, llegando a calcular que podía ser entre 100 y 500 veces mayor. En la Surface Web -web superficial- es donde nos movemos los mortales: desde vídeos de gatocitos y churus, memes de Evangelion, imágenes hechas con IA que producen el cringe máximo, rutinas de skincare de gente polioperada o incluso, Mundo Maldini, la ridícula punta del iceberg, lo que podemos ver sobre el agua, constituye, de forma aproximada, el 0,2 % de Internet. Imagínate. Si ya parece inagotable la fuente de tuits de extrema derecha que te encuentras en ese vertedero de fascistas que ahora se llama X, lo que hay por debajo es todavía más increíble e ingente: «vivimos en plácidas islas de ignorancia…»
Hay que regresar siempre a Los Escorpiones. He sugerido en otros escritos que la estructura narrativa de las cinco partes de este libro se organiza justamente, así, como un descenso, una catábasis de geología demoníaca a los infiernos materiales. Puro Iceberg. Así, rápidamente, me vienen a la cabeza dos pasajes: el inquietante momento de la parte titulada el Perro Mexicano cuando uno de los personajes, Thomas entra en un delirio de absoluto desquicie liminal (no por nada, la novela se fragmenta en ese momento en dos columnas, dentro-fuera), el momento grotesco y orgiástico de los animales en Bajo Astral -el bestiario de Fabrizio Canturelli-. Aquí la autora despliega el creepypasta de un modo formidable: la leyenda de Pueblo Lavanda surge de este bestiario que después inspirará al japonés Nakamura y a sus descendientes a la introducción de una música perturbadora que invita al suicidio en un mundo de bestias digitales: Pokémon.

Si Thomas -personaje de la novela- sufre violencia a modo de conmoción trascendental sobre las categorías que organizan su experiencia y sobre la experiencia misma, la misma pérdida de cordura y ruptura del orden simbólico sufre Seymour -personaje tan irónicamente obsesionado con la ley- en Tarde para todo. Seymour directamente perderá el lenguaje. Terminará siendo baba boba balbuceante. Lo que quiero decir: Los Escorpiones, como novela, no sólo es consciente de esta idea de la teoría iceberg de internet, sino que la aplica formalmente e incluso la menciona de forma implícita. La propia idea de la conspiración que está dentro de la novela tiene que ver con esta concepción. Los Escorpiones, sugiere que esta fórmula de catábasis hacia regiones tan oscuras es el modo en que se violan nuestros asideros simbólicos.
Contrario a la creencia popular, la Deep Weeb, en conjunto, es más un vertedero digital que otra cosa: la mayoría de los elementos que puedes encontrar son datos inofensivos y privados como correos electrónicos, cuentas bancarias, bases de datos académicas, historiales médicos y archivos gubernamentales, protegidos por contraseñas o CAPTCHAs. Lo que solemos asociar a la Deep Web es en realidad, una parte ínfima de ella, la Dark Web. Y es en ese sentido en el que la protagonista de Los Escorpiones, Sara, las confunde -lo cual encaja bien con el marco de un personaje que va a acceder por primera vez a ese espacio-. Pero Deep Web y Dark Web no son lo mismo. O mejor dicho: la Dark Web es la capa más profunda del iceberg, un pequeño subconjunto de la Deep Web que ha sido deliberadamente ocultado y requiere software especial, como el navegador TOR (The Onion Router) para acceder. Es, como decía, a este lugar al que accede Sara en Los Escorpiones: «La verdad es que no quiero follar, pero he visto las instrucciones para entrar en TOR y ocultar tu IP, y no creo que sea capaz de hacerlo sola» (p.54). Para ello, decide quedar con un hombre, un gigantesco y tosco ser de nombre Mario que conoce cómo entrar en la Dark Web: «Una vez vi vídeos de ejecución de Al-Qaeda-dice-. Son muy fuertes» (p.55). Pero no sólo hay ejecuciones, lo que puedes encontrar en la Dark Web va desde red rooms (retransmisión en directo de torturas), abuso infantil, tráfico de armas, drogas, cultos criminales y foros suicidas. Esto último, en su versión sanctioned suicide, es, de hecho, uno de los elementos narrativos más importantes de Los Escorpiones. Pero lo que Sara quiere encontrar en las profundidades más siniestras del iceberg no son zoofilia o amputaciones; sino algo que está más relacionado con las teorías de la conspiración y los creepypastas.
No queda otra que admitir que la metáfora del iceberg ha calado hondo en el imaginario colectivo de internet. Si entras ahora mismo en el buscador de YouTube y buscas Iceberg, la búsqueda te devolverá resultados como: «El iceberg de los virus más extraños y peligrosos» o «el iceberg más perturbador de no lo busques». En YouTube existen incontables «Iceberg Charts» que van desde lo más anodino a lo más perturbador y donde se clasifican misterios, teorías o creepypastas por niveles, siguiendo la estructura surface/deep (dark). Los Escorpiones se hace eco de algunos de los más famosos como Polybius o Pueblo Lavanda para integrarlos en la trama. Tal vez sea exagerado decirlo así, pero toda esta novela podría ser interpretada como un creepypasta de dimensiones gigantescas.

Como no podía ser de otra forma, algunos creepypastas son conspiranoicos. E incluso hay alguno que otro hipersticional (Slender Man, Jeff The Killer). En el paleo internet o internet opaco, previo al capitalismo de plataformas y al internet sobre-expositivo de TikTok o Instagram, los creepypasta circulaban anónimos. Espectros en los recovecos sombríos de la red, al principio funcionaban como relatos colectivos, fundacionales de eso que, cómicamente, podríamos denominar terror de foro. No por nada su origen se debe a 4chan y a reddit. Se suele datar su puesta en circulación en torno al año 2006. Y es verdad que algunos de ellos producían más horror por cómo estaban escritos -de mal- que por lo que contaban. Aunque, inicialmente, la sofisticación era escasa, después ese flujo será codificado y su autoría, en algunos casos, comenzará a ser individual. Muy asociada a videojuegos -también en Los Escorpiones los asocian con el lamento de Orión y la familia D´Alessandro-, a leyendas urbanas, a vídeos ocultos, a músicas raras, la palabra creepypasta, etimológicamente, viene de la contracción de las palabras inglesas creepy (aterrador) y copypasta (texto copiado y pegado). Que sean copypasta les hace funcionar como mitos contemporáneos del Internet digital. Algo así como una mitología nacida de la Deep Web que termina teniendo consecuencias en muchísimos ámbitos.
Para sorpresa de nadie, The Backrooms son un creepypasta originado en 2019. Si estas leyendas de terror contemporáneas -como pasaba con el vaporwave o con algunas playlist de YouTube de usuarios como «nobody» que forman parte de una estética digital colectiva- son tan interesantes, es porque sus usuarios, al menos al principio, eran anónimos -en el sentido en que no son autores reconocidos- y no pretendían otra cosa que la libre y eterna circulación -como el capital- del creepypasta. Es en ese sentido que tienen algo conspiranoico e hipersticional: se propagan como pensamiento infectado, virus, meme, replicándose y mutando en cada rincón de la red. Si digo que son hipersticionales, no es porque me haya levantado especulativo esta mañana: es porque han producido efectos en la realidad que superan claramente la ficción (asesinatos, sin ir más lejos). La estructura del iceberg proporciona el ecosistema perfecto para su proliferación. Las historias más famosas, como Slenderman o Jeff the Killer, Pueblo Lavanda o The Backrooms ya forman parte de la cultura mainstream y habitan la Surface Web. Pero otras más crudas y menos conocidas, narradas en foros oscuros o en videos de YouTube con pocas visualizaciones, se ocultan en las capas de la Deep Web, esperando ciclos de retroalimentación que las lleven a circular aceleradamente, deviniendo cada vez más posibles.
Esta es la tesis que sostengo: lo más tenebroso de los creepypasta no es tanto lo que cuentan, sino su oculta pretensión de devenir reales -para alcanzar así su mayor y más alto grado de abominación-. No por nada terminan contaminando la mente de muchas personas. No por nada son objeto predilecto de la una teoría del siniestro digital: su máximo grado de horror no reside en la historia en sí, sino, justamente, en su capacidad de cumplirse y desdibujar la frontera entre la ficción y lo real. Y aunque reconozco que las diferencias son sustanciales, si he dicho que Los Escorpiones es un creepypasta de dimensiones gigantescas -o al menos que la novela se relaciona internamente consigo misma como un creepypasta- es porque se sitúa en esta dialéctica de forma permanente, jugando con el efecto de lo siniestro -fantasía oculta que no debería haberse vuelto real-.

En las provincias más tétricas de la Dark Web -en esos mares negros infinitos- el anonimato y la inaccesibilidad se convierten en el caldo de cultivo perfecto para los creepypastas más extremos. Liberados de todo filtro: aquí pueden presentarse como hechos reales. Muchos vienen acompañados con archivos de audio, fotos perturbadoras, enlaces a sitios inaccesibles para el usuario común, difuminando los límites de la ficción y generando una sensación de «horror real». Si te molestan los tuits de tu primo facha, piensa en qué clase de atrocidades se estarán cocinando a fuego lento en las entrañas de la Dark Web. Por supuesto, es muy fácil hacer la analogía: esta capa última sería la parte que vela las fantasías más oscuras del inconsciente de Internet.
Digo que es siniestro digital porque el creepypasta encaja de manera asombrosa con esta caracterización freudiana: «se da lo siniestro cuando lo fantástico (fantaseado, deseado por el sujeto, pero de forma oculta, velada, autocensurada) se produce en lo real; o cuando lo real asume enteramente el carácter de lo fantástico» (Trías, p 47).
Que ficciones tétricas devengan realidad no es algo desconocido para H.P. Lovecraft ¿Por qué cuando voy a casa de mis amigos algunos tienen el Necronomicon? El angustiado incel de Providence sabía que el poder del horror no reside tanto en el monstruo como en el libro maldito que lo invoca e incluso en la escritura misma ¿no dicen Deleuze y Guattari que escribir es devenir brujo? Sus mitos terminaron convirtiéndose en conjuros cibernéticos, retomados y reproducidos por la CCRU para sembrar la idea de que ciertas ficciones eran capaces de «contactar» con realidades exteriores. Querían infectar el futuro y han terminado haciéndolo. Si el Necronomicón era el arquetipo perfecto de hiperstición y el loco Alhared era digerido desde «fuera del mundo», el capitalismo «demoníaco» —de algún modo central en la filosofía de Nick Land y el aceleracionismo— es una clara descripción de la máquina hipersticiosa en su funcionamiento más puro. Autónoma. Devoradora. Ya plenamente operativa a escala planetaria. Toda la máquina capitalista se asienta sobre un conjuro cibernético que viene desde el futuro a modo de teleoplexia. El capitalismo funciona sobre ficciones radicales que, sin embargo, son la cosa más eficaz del mundo. No me lo negarás: el dinero y el capital financiero llegan como horror a ti antes de que tú puedas hacer nada: «lo que el horror explora es esa clase de cosa que debido a su plasticidad y su cualidad de más allá, puede abrirse camino a tus pensamientos de forma más eficiente que tú. Cualquiera que sea el «hogar» mental seguro que imagines poseer, es un campo de juego indefendible para aquello que invoca el horror» (Land, p.52)
Estas máquinas hipersticiosas se abren paso hacia tu cabeza antes que tú. Buscan su cumplimiento. Y es en ese acto donde reside la forma más pura del horror. En la revelación de que la realidad es frágil y maleable -todo podría ser de otro modo-. La línea entre lo real y lo imaginario es una ficción conveniente. Un simple relato -capitalismo- repetido con suficiente convicción, puede hackear el mundo y convertirlo en una pesadilla. Dicho de otro modo: el creepypasta es siniestro no solo porque sea fantasía revelada que se cumple sino porque demuestra que el universo no es como creíamos. Que hay glitches en el continuum de lo real. Y el más siniestro de todos los creepypastas es el capitalismo.


