Iconos en la niebla de este mar

Llevo unos cuantos años fantaseando con la idea de pensar con claridad. Lo frecuente es que mis ocurrencias se alboroten entre obstáculos: tengo que forzarme a esperarlas, golpeando el suelo rítmicamente con los pies, para que alguna de ellas acabe por aterrizar en lo que Madonna o Marx dieron en llamar el mundo material. La mayor parte de las cosas que llegan a mi cabeza se espesan hasta volverse ilegibles o directamente huyen de mí, medio espantadas, supongo que por miedo a que las oscurezca: estoy convencido de que existe toda una región de pensamientos posibles plenamente afirmativos, y de que esa región nos espera. Es crucial, eso sí, que lleguemos a ella con la disposición adecuada. Una de las cosas más terroríficas de la experiencia depresiva y alienada del mundo es esa sensación de que quizá las cosas buenas, las ideas felices, estén llegando a tu vida en un momento en el que tu cuerpo no es capaz de encajarlas o darles el espacio que merecen. La ansiedad por liberarnos de este paradigma existencial nos ata, en cierto modo, a él: en mis largos años de terapia psicológica, el carácter recursivo de lo ansioso no se me ha apuntado con la insistencia que merecería. Siempre ando diciendo que tengo fe, toda la fe en el futuro. El problema es que el futuro empieza a advenirse como abstracción y poco más. El braceo, como veis, es de una impotencia poderosa.

En algunos partidos de fútbol advierto este bucle aparatoso, y en otros se me hace tan evidente la claridad que, en los marcos de esta pobre ontología política, el valor icónico de sus imágenes se me dispara por dentro de los ojos. Esta fue una semana un poco extraña, muy atareada en todos los sentidos, y la doble ración de fútbol, con partidos apilados aquí y allá, hizo complicado despejar grandes ratos para el análisis de sus pequeños fenómenos. No obstante, es en este tipo de contextos donde con mayor fuerza advierto hasta qué punto ver-fútbol es algo orgánico para mí: lo hago casi por inercia, con vocación de descanso. Delante de un partido pienso, sí, pero rara es la ocasión en que esa activación se me presenta como un esfuerzo o un ejercicio en exceso demandante. Voy completamente sobrepasado y aún así la observación del juego-fútbol me estimula; en muchos casos, me divierte.

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Un ejemplo casi perverso de diversión lo trae consigo, de un tiempo a esta parte, el Fútbol Club Barcelona. Desde que Hansi Flick se sentó en su banquillo hace ya más de dos años, y con la excepción de algunos tramos de la temporada pasada, su fútbol de frenesí lo ha convertido en el equipo, a mi juicio, más atractivo de toda la Primera División española. Para conseguirlo, trabajan con dos premisas claras: la primera tiene que ver con la altura a la que defienden, la segunda con el modo en que eligen hacer circular la pelota. Estas dos cuestiones tienen mucho de filosofía política y moral —de preguntarse, en fin, cómo han de comportarse sobre el campo—, pero también dependen mucho de la calidad individual y colectiva de los futbolistas. La conjunción de intenciones y capacidades parece, para el caso del Barcelona y en este presente siempre pasajero, bastante ideal. Flick coloca su línea defensiva prácticamente en la línea de mediocampo, con todos los riesgos que ello implica, y obliga a su equipo a unos esfuerzos físicos en la presión tras pérdida que asfixian por completo al adversario. La estrategia blaugrana pasa por hacer uno o dos goles rápido y, así, dejar el partido completamente a su merced: la mayor parte de las veces, como sucedió el miércoles ante el Racing de Santander, las cosas salen según lo planeado. Otras, si el rival sale al campo manejando unos niveles muy altos de concentración e inspiración defensiva, las cosas pueden llegar a complicarse.

El sábado, los niños mágicos de Flick visitan al Sevilla en el Sánchez Pizjuán. Entrenado por Luis García Plaza desde el tramo final de la —muy delicada— temporada anterior, este gigante en horas bajas ha comenzado el año con energías renovadas, como si se hubiese dado una ducha muy fría. Durante la primera media hora ante el gran Barcelona, las promesas sevillistas se disparan: el equipo plantea un partido incómodo, tenso, y durante muchos minutos es capaz de cortocircuitar a aquellos futbolistas encargados de poner en marcha la frenética circulación de pelota de sus rivales. Pedri no encuentra los espacios para conducir o ganar metros con pases entre líneas; Fermín no es capaz de girarse con la facilidad habitual; las ayudas defensivas ahogan los primeros intentos de desborde y pase de Lamine Yamal. El Sevilla, fruto de la intensidad de su praxis, logra incluso adelantarse en el marcador. Lucien Agoumé, Giorgi Kochorashvili y Youssouf Fofana forman un triángulo de lo más implacable en el centro del campo que organiza García Plaza: los tres recorren muchos metros, juegan con criterio y son capaces de amenazar el campo rival. Hay mucho mérito de la dirección técnica detrás de estos rendimientos, claro está, y viendo jugar juntos a estos tres chicos uno se plantea hasta qué punto un buen entrenador funciona, en algunos casos, como un traductor eficaz entre sujetos de lenguaje ajenos entre sí. El fútbol, al fin y al cabo, exige también de una gramática.

Si el Sevilla no gana el partido, y de hecho lo pierde, se debe a uno de esos relámpagos de claridad a los que antes aludía. Sucede, claro, en cuanto el cuerpo empieza a flaquear y la intensidad de los esfuerzos se debilita un poco. Un partido de fútbol es demasiado largo como para que un jugador en el estado de inspiración que atraviesa ahora mismo Raphinha, flamantemente reconvertido a delantero centro, no encuentre el momento de herir de fatalidad a cualquiera. La determinación con la que el punta brasileño está atacando los espacios en este inicio de temporada nos obliga a preguntarnos, aunque apenas sume dos meses de experiencia en el puesto, si acaso habrá ahora mismo algún delantero centro de mayor calidad que él en el fútbol europeo. Al Sevilla lo golpea hasta en tres ocasiones, las mismas que al Racing. De penalti, desmarcándose en carrera, anticipándose en el remate. Marca goles como si fuese la cosa más sencilla posible. Parece incluso inevitable. Al terminar el partido, tanto los futbolistas como el cuerpo técnico del Sevilla afirman estar muy contentos con lo ofrecido. Poco puede hacer el ser terrestre ante los fenómenos desconocidos.

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El domingo por la tarde, la gente se reúne en cafés para ver el derbi madrileño, es decir: el primero de los encuentros que este año enfrentarán a Atlético de Madrid y Real Madrid. Ninguno de los dos equipos llega a este partido con las ideas demasiado claras, con la sacudida del verano todavía en el cuerpo. Para este tipo de clubes, la exigencia mediática es un poco extravagante y pasa por la ejecución de resultados continuos: no hay ningún partido en el que no se espere que vayan a ganar, pese a la evidente imposibilidad de que siempre sea el caso para ambos, y tantos más. Son grandes empresas en las que, aunque la sostenibilidad no llegue ni mucho menos a quedar comprometida, el ambiente laboral y las exigencias de productividad resultan por completo insoportables. Así pues, un partido de estas características siempre tiene algo de crisis discursiva, en la medida que uno sabe que no todas las partes podrán cumplir con lo previsto, que habrá culpables y figuras cuestionadas. El fútbol, no obstante, es elocuente a su manera, y desde el momento en que el balón comienza a rodar uno tiene la impresión de que el Atlético de Madrid es un equipo netamente mejor, con las ideas más claras y con la vocación de dominar con la pelota y en campo contrario. Lo hace a pesar de la ausencia de su manija central, el lesionado Pablo Barrios, y sustituyéndolo con una línea de presión firme sobre la salida de balón madridista. El primer tiempo de Johnny Cardoso y Marcos Llorente, en ese sentido, es sobresaliente. Kang-In Lee es el mejor jugador sobre el campo, el único capaz de saltar líneas, atraer rivales y marcar el tiempo del juego. Las ocasiones de gol no son muy claras, pero la sensación es de acoso y derribo: el Real Madrid no encuentra la manera de atacar el campo rival, siempre sufragado por la enorme solvencia de los defensores locales ante sus amagos de transición ofensiva.

Un partido así, tomado como ejemplo representativo de algo, induce a un buen número de engaños, pero también confirma alguna que otra sospecha. Por la experiencia de las temporadas anteriores, y también por lo ofrecido en las primeras siete jornadas de la presente, sabemos que el Atlético de Madrid de Simeone encuentra severas dificultades a la hora de ofrecer este nivel con continuidad, especialmente cuando juega lejos de su estadio y ante rivales de menor fuerza mediática. No hace falta irse demasiado lejos en el tiempo: en sus visitas a Anoeta y San Mamés, ambas en los últimos quince días, pudimos ver a un equipo más bien cándido, sin demasiada fluidez ni contundencia en la ejecución. Ese es el gran reto de este equipo, cuya calidad individual en todas las líneas está fuera de toda duda: armarse en el día a día, conservar la altura de sus esfuerzos defensivos y el entendimiento de sus sociedades en ataque. El nivel imaginativo de Kang-In Lee y la eficacia goleadora de Álex Baena o el recién llegado Jonathan David son, claro está, buenas noticias en este sentido. Eso sí: nadie es ajeno a que el Atlético de Madrid, si pretende competir contra los mejores en los escenarios más exigentes, debe reconducir por completo la situación de Julián Álvarez, todavía hoy su futbolista más determinante.

El Real Madrid, por su parte, se ofuscó en la discusión de unas decisiones arbitrales que, acertadas o no, en ningún caso opacan lo poco fructífero de su fútbol. Durante dos años se ha probado la inoperancia ejecutiva de una plantilla tan prometeica cuando Fede Valverde y Aurélien Tchouaméni se juntan en el centro del campo, con Jude Bellingham pivotando alrededor de ellos en esfuerzos muchas veces fatuos. No hay manera en que un Real Madrid así planteado pueda saltar una presión medianamente competitiva, ni desde luego activar el talento individual de sus grandes jugadores de ataque. Se habla mucho acerca de la incapacidad de estos grandes egos para asociarse entre sí, y a mi juicio no tanto sobre lo complicado que parece organizar tácticamente un ataque alrededor de una figura tan anárquica como la de Kylian Mbappé. En un momento histórico en el que los planteamientos colectivistas ganan tantos torneos —desde las últimas dos Champions League del PSG al Mundial de España, pasando por la Premier League del Arsenal—, el Real Madrid se encona en su defensa de este individualismo extravagante, fuera-de-tiempo, que tan torpe se vuelve cuando los partidos se plantean de manera adversa. Es espectacular ver correr hacia adelante a Mbappé, Vinícius y Bellingham cuando el Madrid gana 2-0 o 3-0, con el equipo rival volcado en campo contrario; no obstante, pocas cosas resultan más frustrantes en el fútbol contemporáneo que verlos atacar juntos a un bloque ordenado y en estático. Lágrimas aristotélicas, lágrimas de la amistad.

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Mis ideas, claro, no tienen la calidad de Vinícius en un uno contra uno o del golpeo de Mbappé en el balcón del área, pero se organizan de un modo semejante a ellas: dispersamente, en rachas impredecibles, a menudo estorbándose entre sí. A veces necesito que mi cerebro fiche a Rodri Hernández —una agenda—, pero mi cerebro decide no hacerlo: cree que todo está bien así. Nos vamos al más largo parón de selecciones desde aquella demencial Copa del Mundo que se celebró en Catar hace ya cuatro años. A veces pienso en el paso del tiempo y todo me parece ridículo: si esto parece que fue ayer, ¿cómo puede ser que también suene a cosa de otro mundo, de otra vida? Me agobian tanto estas cosas que solo me queda tumbarme en el suelo de baldosa de la cocina junto a mi perra, acariciándole las orejas hasta que alguno de los dos se canse. Con los ojos cerrados, y la tristeza política que siento cada vez que los aprieto, buscando alejarme así del mundo.

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