Imagínate una noche en Hong Kong, bailando frente a la bahía. Imagínate los pasadizos infinitos de una ciudad que parece aeropuerto. Imagínate que estamos tú y yo: calles y calles de edificios altos y grises que se enroscan entre la montaña y el mar, gastados, erizados de carteles y ropa tendida. Imagínate una ciudad vertical, donde el edificio más bajo tiene cinco o seis pisos y los normales veinte, donde la única tierra desocupada llana que se ve es el mar. Imagínate que en esos edificios los pasillos estrechos huelen a rayos y se oye el ruido de las máquinas de coser o de los tornos de precisión, los fritos del pop-star local, el golpeteo del ábaco o el silencio de las computadoras. Imagínate que yo escribo estas palabras. Imagina viajar a Hong Kong y no volver nunca. Imagínate.
Imagínate ahora que bailo al son de un paso doble, y luego entra bruscamente un beat de drill, y entonces tropiezo y caigo sobre mí mismo y me recompongo y caigo de nuevo —qué vergüenza, piensas, sientes—. Imagínate que te ríes. Imagínate que me levantas y bailas conmigo. Yo caigo, como barro, con pies de barro, de arriba abajo, una y otra vez. Te enfadas al poco y te vas. Me parece comprensible.
Leí. Siempre supe que tenía una sola habilidad: imito voces. Y no me refiero a aquella imitación casi perfecta que hacía de pequeño de las gaviotas —aún recuerdo a mi padre, en cada comida familiar o encuentro entre amigos, alentándome a replicar el truco gutural, mientras mi cara se enrojecía, por vergüenza primero, luego por enfado, finalmente por esfuerzo—. Me refiero a que, desde hace ya unos años, leo un fragmento y puedo escribir con ese ritmo, esa cadencia, esas maneras. No hay veneración pura; no hay más base posible que la imitación: alguien imita a uno, a tres, a seis; de la mezcla de lo imitado y los deslices del imitador va surgiendo —o no— algo distinto. Imagínate que me lees y te deslizas en mi texto con la voz de otro, que te leo y bailamos juntos entre párrafos, ahora con los pies en el suelo.
Creo que nunca bailé bien porque nunca escuché música. Dance first, think afterwards, le dice Estragón a Vladimir. Resulta muy fácil cuando conoces los pliegues del sonido, los quiebres de tu cuerpo reaccionando ante ese sonido. Yo elegí la lectura, la escritura, la palabra impresa. Negra. En ocasiones de colores, como aquella edición de La historia interminable con la que me sangraban los ojos y el corazón me bombeaba a toda velocidad. Verde, rojo, verde, rojo, verde, rojo, ¡verde, rojo, verde, rojo…! Así se sucedían los párrafos y yo levitaba; volaba por los aires gélidos del reino de Fantasía como Atreyu a lomos de su dragón alado. Bravo, pequeño, casi diminuto en la oscuridad, flotaba en la inmensidad del cuarto, enfundado en mi batín azul klein con un pequeño Piolín ubicado a la altura del corazón, sentado en el sofá orejero de la habitación de mis padres y agarrando fieramente los lomos de aquel libro que se desmenuzaba, que se despeluchaba como los cabellos grises de Fújur sobre el cielo.
Mi hermano y yo tuvimos en cierto momento un iPod Nano donde metimos un par de canciones que aprendimos de memoria, que escuchamos en bucle unos meses hasta odiarlas. No las cito por vergüenza. Sería segundo de la ESO. Desde ese momento, y hasta hace un par de años, apenas había escuchado ninguna canción; apenas había bailado. Recuerdo que en su día me lo echó en cara Hugo; aquel chico francés con cara de Linguini —ingenuo personaje de Ratatouille—; aquel idiota arrogante llegado de Dax directamente a mi casa. Me inquirió: “¿por qué no bailas?”. “No me gusta, no quiero, no me da la gana” —era un chico educado, jamás le hubiera dicho: “porque no me da la puta gana”, aunque debí pensarlo, seguro, porque también era un chico rabioso, introvertido pero iracundo—. Algo semejante le escupiría a la cara con comedida sencillez, sin pretender destapar todo lo que esas diez palabras ocultaban; cohibido, asustadizo pero fiero, escondido entre historias interminables y siempre a lomos de algún libro grueso. “Yo no bailo: leo, escribo, pienso”. Menuda estupidez, pienso ahora, casi todos los días de mi vida.
Creo que nunca bailé porque para bailar hay que escuchar música. Creo que nunca escuché más música que la que cabía en ese iPod Nano, del que se adueñó mi hermano al poco tiempo. Creo que me encanta la música. Y el baile. De hecho, ahora no paro de bailar, y sigo el mantra de Vladimir, y pienso menos, mucho menos. Sobre todo pienso menos antes de bailar, también antes de hablar, de escribir, de cualquier cosa. Bailo hasta que el cuerpo me duele, hasta que solo me duele el cuerpo y olvido todo lo demás. Me hiero el cuerpo, me reviento las extremidades, como Pablo: los brazos, con moratones; las piernas, con heridas, cicatrices, surcos; el cuello, retorcido, engargolado, quebrado; el torso, abierto de par en par, antes de granito, ahora blandito, de caracol. Cuerpo invertebrado, cuerpo costra, cuerpo-vivo-exhausto-dolorido: cuerpo de barro que se diluye. Tengo que recuperar el tiempo perdido, me digo, y retorno al poco a Hong Kong.
Ahora que bailo por las esquinas y torturo mi cuerpo disfrutón, pienso que escribir bien (¿bien?) es como tararear una buena (¿buena?) canción, que el ejercicio de escritura comienza, por lo menos en mi caso, casi siempre con ese tarareo despistado. Eso lo aprendí de Martín Caparros. Casi todo lo aprendí de Martín Caparrós; por lo menos durante unos años, aquello que tiene que ver con la escritura, la lectura, la imaginación, el periodismo. Eso seguro.
Como Caparrós, para escribir leo y sigo la inercia, sigo la tonadilla, murmuro entre dientes y mantengo el pulso, sigo el compás… Poquito a poco, la cadencia, el ritmo, la armonía van entrando en mi cabeza hasta que el libro se me cae de las manos y aflora la escritura como saltando, como una pequeña cascada –desbordada, desbordante– que va del libro que sostenía con firmeza a las palabras que tecleo. No hay diferencia de continuidad, sino contigüidad, afluencia, contagio —con suerte, semejanza—. La velocidad de las cosas me lleva de Fresán al folio, Lacronica de Hong Kong a este texto y a ese otro que despega de un aeropuerto lujoso donde se graba todo en bronce, donde los altoparlantes no anuncian los vuelos —ciento cincuenta mil cada día— porque salen tantos que la polución auditiva mataría a los más débiles.

No puedo desprenderme de ese tarareo, y es que escribir siempre fue para mí un ejercicio indeseado, también un ejercicio musical, de urgencia, de oído. Quizás por eso nunca escuché música, y nunca bailé, y ahora lo hago siempre que puedo: escribir, bailar, leer, escuchar música. Porque la música estaba en otra parte, y ahora está en todas partes.
De adolescente no bailaba, pero comía como leía —compulsivamente—: lo que tuviera enfrente —y así sigue siendo, en cierto modo—. Las historias podían ser mejores o peores pero fueron, para mí, la ocasión de encontrar una música, una banda sonora un ritmo que he copiado tanto. Se lo dije después, alguna vez, a aquella admirada escritora con la que pude conversar: que no siempre recordaba la letra de sus textos pero que podía tararearlos sin problema.
Recuerdo viajar a Hong Kong, y eso que nunca estuve, que nunca estuve; recuerdo aquel amanecer contenido en un plato, y las púas de los erizos de Cernuda, y la realidad y el deseo, y la realidad y el deseo. No puedo salir de Hong Kong —encerrado en sus pasadizos interminables de paredes de mármol—, y eso que nunca estuve, que nunca estuve. Recuerdo aquel viaje del que, como muchos otros, no se puede retornar por mucho que uno lo intente.
Imagínate de nuevo allí, en la ciudad vertical, en la ciudad aeropuerto. Te acompaño. Te lo he dicho ya, pero te lo recuerdo —pues en la escritura hay que recordar las cosas, como en la vida; hay que volver a los lugares donde fuiste feliz, también, en ocasiones—: el centro de Hong Kong es como un aeropuerto falso, como si los ricos de la ciudad tuvieran que convencerse de que siempre están por despegar, de que no hay gravedad, de que la partida es una opción continua. En el centro de Hong Kong las personas de bien no caminan por las veredas sino por una red interminable de puentes y galerías que pasan por encima y por debajo de las autopistas, y conectan parkings y edificios infinitos. En esos pasillos al futuro hay negocios lujosos, aire recién importado del ártico, muzak suavemente far east, bares al paso, pisos de mármol, mármoles falsos, mármoles verdaderos que parecen falsos. El flujo nunca para.
El flujo nunca para, nunca para. Hago caso a Caparrós y sigo el flujo de sus crónicas que no son crónicas y que me llevan a las mías, que no son tan fascinantes como sus conversaciones con narcotraficantes de Cochabamba y multimillonarios chinos adictos al opio. Pero mías, me digo, y sigo escribiendo, y sigo pensando en Caparrós y en esa tontería de encontrar una voz propia en la escritura —que dicen algunos—, y en que yo querría encontrarlas todas, muchas, y meterlas en una cámara de eco, y escribir rebotando con ellas, siguiendo un ritmo cacofónico que se hace tonadilla, que canturreo en mi cabeza. Escribir tarareando a Caparrós es la única manera: la única manera en la que escribo. Después de leer velozmente a Fresán, después de llorar las lágrimas de Heather Christle, después de morir un poquito en cada página con Carrasco Conde —porque la muerte es (en) común, como la lectura, como el baile y la escritura; no puede ser de otra manera—, después de ahuecarme en las cavidades de Elaine Vilar…, leo y escribo y recuerdo y concuerdo de nuevo con Caparrós, con que no se puede escribir sin haber leído demasiado; no se puede pensar –entender, organizar, hablar– sin haber leído demasiado. ¿Y cuánto es demasiado?
En Móstoles, después de ingerir —como lo hacen los patos del estanque de Tierno Galván— un batido de vainilla bien frío, le contaba a Javi todo esto. Le contaba que escribo copiando —a veces copiándole, claro—, que escribo inmediatamente después de leer, casi sin poder evitarlo —sin poder evitarlo—, que me cuesta mucho últimamente sostener la lectura porque en seguida me lanzo al teclado, que al instante de cerrar el libro me aferro al boli y al papel: sin escisión, sin pausa, sin respiro, y que casi me tortura esa compulsividad —que me tortura esa compulsividad—, esa necesidad de la escritura, que se vuelve castigo, deseo ferviente de seguir la cantinela, de hacer del tarareo un rumor inquieto, en ocasiones una melodía alegre, a veces un ritmo oscuro. Una cantinela lúgubre que llega de lejos y se hace palabra negra sobre fondo blanco, como pieza de arte conceptual.
Sucede. La escritura sucede, dijeron muchos franceses del siglo pasado. Sucede al encontrar un canturreo, un ritmo melódico, que no consigo dejar de tararear. Le decía a Javi que en ocasiones salgo a correr para no escribir, y escribo en mi cabeza y vuelvo a casa antes de llegar al estanque de Tierno Galván, antes de ver a los gazapos que salen de sus madrigueras al anochecer y que se dispersan por el parque como diminutas bolas peludas, como pelotas de tenis henchidas de temor y orgullo. Antes de pisarlos por descuido, vuelvo a casa y escribo algo, lo que sea. Nada importante. Ahora que ya bailo —intento que sea así cada fin de semana—, me gustaría leer como antaño, en el sofá orejero de la habitación de mis padres, encerrado durante días en aeropuertos que son ciudades, en ciudades verticales que son paredes de mármol sin fin, en historias interminables.
Ahora que solo copio, y que sé que escribir es como bailar, y que bailar es lo mejor que le puede suceder al cuerpo. Ahora, escribo como, junto a, siempre en compañía. Siempre lo hice, solo que ahora de manera consciente. Y no me culpo, y gozo, como lo hago bailando. Porque escribir siempre es escribir como —a veces eres más consciente, otras menos, pero siempre hay uno o muchos comos—. Imagínate escribir como. Como Maillard, con la arena entre los dedos, como Guibert, desapareciendo a cada frase, como Inés, con el carmín encendido en los labios, como Rosa, tecleando, extasiada, con la fuerza de un gigante, como Carver, queriendo matarte, como Leila, en una zona de obras que se derrumba a cada paso, como María, para ser leído en voz alta —para ser voz, voces, sonido—, como papá, con la pluma afilada, el humor radical y la mirada atenta al castaño de enfrente de casa.
La realidad y el deseo, y luego Gopegui, y al poco estoy frente a la pantalla. Y no es que tenga nada que contar, pero escribo. Nada relevante. Nada, o casi nada, verá la luz. Y esa inercia de la palabra —escrita— que lleva a un flujo de palabras me provoca un pudor indescriptible, como si todo lo que pensara, dijera, escribiera, fuera tan improbable como inevitable, como si todo lo que hago letra, palabra —también sonido, emoción, gesto— fuera absolutamente contingente, empapado por aquellas lágrimas, entrando y saliendo de esos otros aeropuertos, y atravesado por las cosas veloces, las historias interminables y los besos y caricias de aquellos cuerpos lejanos, que pisotean pistas de bailes y maquinan, fervientes, entretenimientos para incendios.
Como si todo despegara de ese aeropuerto de Hong Kong y el destino ya estuviera escrito en bronce, ese monumento discreto y orgulloso al triunfo del capitalismo más salvaje se me echa siempre encima. El centro de Hong Kong es como un aeropuerto falso y sus calles, o sea sus páginas, siempre han sido para mí como una pista de aterrizaje, también de despegue: desde donde elevarse —desde donde elevarme—, donde aterrizar en caso de emergencia. Una silenciosa pista de baile, a la que van llegando rumores, en la que se cuelan, entre palmeras, los aires de un pasodoble. Ese rumor, ese aire vegetal, donde flotan los sonidos de ultramar, ese aire huracanado que mueve los cuerpos, que mueve las palabras, me hace escribir y bailar, y escribir sobre bailar. Y, últimamente, bailar primero y pensar (y escribir) después, si fuera necesario.
Imagínate de nuevo junto a mí, frente a la bahía, fumando una pipa relajadamente y oteando el skyline de Hong Kong. Estamos aquí, en Hong Kong. Imagínate. Aquí se escribe primero y se piensa después. Aquí se escribe acompañado, con gente en el cuerpo. Aquí escribo, escribes; aquí, de vez en cuando. Aquí escribo rodeado y a veces entro en un pasillo infinito, donde pasan aprendices de ejecutivos agresivos que un día serán rubios ojos celestes de tanto luchar contra la rebeldía de su pelo ala de cuervo y pasan, detrás, todos los que quieren parecerse a los que acaban de pasar. Aquí todo pretende parecerse. Aquí todo es falso con esa falsedad espléndida que resulta vanguardia: seguramente dentro de unos años las cinco o seis ciudades que queden en el mundo serán como estos pasadizos.
Aquí todo pretende parecerse a otra voz que viene de lejos, de otro tiempo, que ha cruzado el charco, que fue de Buenos Aires a Hong Kong, ida y vuelta, y luego más allá, más acá. Aquí todo es falso, todo está supeditado al ladrillo de papel que sostengo, aquí todo parece verdadero como aquella verdad de Piglia, que tiene la estructura de una ficción donde otro habla. Aquí hablan muchos otros, otras. Aquí apenas me encuentro presente. Aquí estamos, en Hong Kong, donde los pasillos son infinitos, donde no hay donde sentarse en kilómetros a la redonda pero uno puede deambular horas y horas sin tocar nunca el suelo, sin exponerse, saltando de rama en rama y recogiendo aquí una fruta, allá una hoja, una hembra acullá.
Alguien festeja con sonidos guturales: ¡keyyyy, buyyy, yyyyea!
Aquí no es aquí sino allí y acá: aquel pasillo infinito de Hong Kong donde despegan aviones y circula el Rolls Royce rosa de la señora Chan, donde deambulan mendigos horripilantes, donde te chocan hombres sin nombre, hombres que visten imitación de Armani o Kenzo, salvo unos pocos que sí visten Kenzo o Armani, y huelen a delicias olvidables. Aquí llegan esos aromas, esos rumores. Aquí llega esa cantinela, ese tarareo que te sube de la muñeca al lóbulo frontal izquierdo y que reproduces en un traqueteo.
Y ahora que bailo, ahora que escribo contigo —y tú me lees—, querría dejar de escribir y querría que me escribieras algo, que lo envíes a Hong Kong y de vuelta a Buenos Aires, y que aterrice en el estanque de Tierno Galván, para que lo lean los patos, para esconder el texto en las madrigueras de gazapos que ya no son gazapos sino conejos agigantados, temibles, puesto que ha pasado el tiempo, entre una cosa y la otra, puesto que todo es posible una vez que viajas a Hong Kong, salvo regresar. Imagínate viajar a Hong Kong y no volver nunca.

