La cara oculta

Estos días me encuentro en redes sociales con la evidente fascinación ante unas imágenes de abrumadora belleza: la Tierra vista desde la cara oculta de la Luna, la superficie del satélite, que siempre hemos imaginado de un brillo homogéneo, llena de matices y contrastes de luz. Las imágenes tienen la fuerza poética de lo nunca visto y la potencia estética de lo sublime. Son, en cierta medida, imágenes perfectas: universalmente accesibles, fácilmente decodificables, y de una potencia icónica innegable. Los cráteres de nuestro satélite en alta definición.

No soy inmune a esa belleza. Durante años estuve obsesionado con la misión de Apolo 11 (también con sus teorías de la conspiración) y con la idea de una cara “oculta” de la Luna. Producir imágenes nuevas en términos de contenido (es decir, que lo nunca visto no dependa exclusivamente del punto de vista) es algo cada vez más difícil, y que requiere un desarrollo tecnológico y un gasto económico a la altura de políticas de Estado. Porque la imagen de la Luna también es política. Eso explica su fácil accesibilidad.

La primera imagen de la cara oculta del satélite la produjo la sonda soviética Luna 3 en 1959. De ahí que el principal mar de este hemisferio se denomine Mare Moscoviense y su cráter principal, Tsiolkovsky. La nomenclatura lunar está llena de recuerdos de la Guerra Fría, de esa forma tan particular de hacer la guerra también nombrando. No hay imagen de la Luna que no esté contaminada por la dimensión bélica.

Imagen del Luna 3, 1959

La NASA ya no produce imágenes lunares para demostrar sus méritos en una carrera espacial competitiva. En casi todas las partes del mundo, la NASA es reconocida no tanto como una empresa estatal sino como un ente global, que vela por la supervivencia (y la curiosidad) de toda la humanidad. Al menos desde 1991, está socialmente aceptado que sus misiones espaciales no esconden segundas intenciones: es un mecanismo básico de cualquier política imperial.

A diferencia de en la imagen del Luna 3, en la primera fotografía capturada sobre la superficie lunar somos capaces de identificar más información acerca de la hazaña espacial que de la propia naturaleza de la Luna. La imagen, tomada por Neil Armstromg nada más pisar la superficie, deja ver una parte mínima del módulo lunar (suficiente como para comprobar que en él pone UNITED STATES) y una bolsa de basura. Los tripulantes del Apolo 11 no escondieron el gesto: en un acto de soberbia androcéntrica, lo primero que hicieron al pisar la Luna fue contaminarla. Más tarde, sellarla icónicamente al clavar la bandera de Estados Unidos.

Imagen del Apolo 11, 1969

La Misión del Artemis II, sin embargo, se presenta desde una neutralidad política muy acostumbrada en la ciencia aeroespacial. El fundamento de la misión es conseguir imágenes. No particularmente estas que ahora vemos, sino algunas que ayuden a identificar y explorar la materia de la superficie lunar. Artemis se presenta como un programa «para el descubrimiento científico, los beneficios económicos y para consolidar nuestra base hacia las primeras misiones espaciales tripuladas a Marte». Porque el tema es Marte, no la Luna. La Luna nos pertenece (a la humanidad); Marte, solo a unos pocos.

La producción de imágenes (la fascinación estética, si se quiere) es la coartada para el despliegue de políticas de extracción mineral extraterrestres. Tardaremos décadas en desarticular la noción de «descubrimiento» y pasar a desplegar la retórica de la «conquista».  Pero ambas están inextricablemente unidas en estas imágenes de una belleza casi hiriente, que ya ni siquiera nos hacen enmudecer por nuestra pequeñez —como alguna vez lo hizo la famosa imagen de la «canica azul», la primera en mostrar a la Tierra en su fragilidad cósmica—, sino que, al contrario, celebran cierta sensación de infinitud.

La imagen de los 93 000 millones de dólares es un comienzo, no un pliegue decisivo. Un paso más en la conquista de la oscuridad que, metáfora racionalista en mano, el ser humano ha ido practicando los últimos doscientos años. Una celebración de lo visible, lo consciente, lo luminoso, acompaña secretamente a estas imágenes. No basta la jerga circense —¡por primera vez!, ¡lo nunca visto!— y, dentro de no mucho, la oscuridad será una cuestión mitológica.

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