El paseo final de Toni Servillo —el presidente De Santis en La Grazia, de Sorrentino— por Via dei Condotti me puso algo nervioso. Siempre le he tenido cariño a esa calle tan despreciada por los romanos de verdad. Es una calle famosa, que da a las famosas escaleras de plaza de España y está llena de tiendas de lujo internacional. Me gusta verla llena de turistas con mochilas y pantalones cortos —algunos hasta con gorra— que miran sin entrar los escaparates de Bulgari o Prada. Los porteros ni los miran y los turistas no se atreven a dirigirse a ellos, en esa extraña ficción de superioridad que crea un uniforme en personas de similar extracción social. Sorrentino convierte la calle en otra cosa: el Presidente deja el Quirinal y decide dar un paseo hasta su antiguo hogar. La ciudad, fantasmagóricamente, se presta a su deseo: fingirá no ser la que es durante un rato para no exigirle al paseante ningún juicio. Pero pasear hoy quizá sea todo lo contrario, caminar de vuelta es hacer frente a los actos por una ciudad que va siempre a otro ritmo.
He visto en esta película un deseo bajuno y fascinante por la exención de responsabilidad. El mundo nos pide un posicionamiento continuo del que no siempre tenemos ganas y nos gustaría dejar la decisión a otros; poder criticarlos cuando se equivoquen, pero no sufrir en nuestro propio cuerpo ninguna consecuencia, ni ser culpables de nada. No responder de nuestros actos parece en La Grazia una utopía.

La película plantea un conflicto crucial, una tentación constante y específicamente masculina: cómo puedo hacer lo que quiero hacer sin responder jamás de mis acciones; cómo puedo fingir que lo que sucede a mi pesar, y no por mi causa; cómo puedo eliminar el libre albedrío de la ecuación. Es el gran drama católico, si me lo permiten: Cristo nos salva en último término, pero no nos libra del gran peso que es tener que asumir que lo que hemos hecho —sobre todo, a los demás— tiene que ver con nuestra voluntad y es producto de nuestra decisión. Podremos ser perdonados por nuestros pecados, pero el pecado será nuestro en primer lugar y solo si admitimos el resultado de nuestra acción podremos acceder al perdón. Y sí, todos nuestros actos son potencialmente actos pecaminosos —esto es algo durísimo y entiendo que poco contemporáneo, pero me parece muy importante; véase un texto de Julián Génisson que se llama La factura de la luz de todo esto para pensarlo en términos más ecológicos.
Hay estrategias para intentar evitar la crudeza de la responsabilidad, y el protagonista prueba varias: el derecho penal como un modo de acción que nos pone en un segundo plano como humanos y que inventa una retórica de la burocratización del agravio; cierto panteísmo hedonista—la gran belleza— que garantiza unas corrientes subterráneas que nos conducen a lugares insospechados. No fui yo, sino mi deseo; yo no quería, pero el cuerpo no siempre es un lugar que controle un yo ajeno a todas esas corrientes. La enajenación es una aspiración, no una excusa.

La tortura física, aquí elegantemente transformada en una moderna dieta y en el tabaquismo, es una forma de intentar huir también de la responsabilidad: he perdido un pulmón por mi adicción al tabaco, ¿acaso quería perderlo? ¿o es que el placer de fumar de alguna forma justifica el castigo que me hago a mí mismo? ¿No es acaso el tabaco una garantía de que hay asuntos que están por encima de nosotros, de que somos capaces de hacernos daño a pesar del resultado? ¿No anula esto la noción de libre albedrío, el concepto mismo de juicio racional? ¿Es la adicción una prueba de nuestra frágil voluntad?
Es muy poco cinematográfica la responsabilidad, que siempre funciona por corrientes alternas y que en muchos casos clausura la narración —pienso en Desgracia de Coetzee o en el burdo cambio de tono de las Confesiones de San Agustín, o en el giro autojustificativo de Almodóvar en Amarga navidad. La responsabilidad no se puede mostrar, porque entonces es autocomplaciente; tampoco puede ser un gesto, porque entonces se cosifica. Si es algo, es una renuncia, una forma de oscuridad. Las deplorables imágenes de la cárcel (qué mal lo hace Sorrentino aquí en un retrato social de documental cateto) solo confirman que la película no está preparada para hablar por sí misma, que las imágenes se ven obligadas a sucederse en un fingimiento de azar con música juguetona de fondo. Al final, el personaje toma todas las decisiones de golpe, sin obtener satisfacción y sin que esto suponga una promesa. Quizá lo más injusto de todo el sistema penal es que la confesión no garantice el perdón. En esto, el catolicismo es mucho más contemporáneo.
Me ha conmovido, claro, esta forma de asumir una derrota. No es mucho, y la peli no puede evitar regodearse en un mundo suspendido y en la parálisis simbólica de un presidente inane. Pero es un gesto divertidamente italiano esto de decir: «no soy capaz de tomar decisiones, pero reconozco que alguien habrá de asumir las responsabilidades; ojalá no yo, ojalá no pronto, pero alguien tendrá que hacerlo». No es una promesa democrática, pero casi.


