Mirando atrás y preguntándonos dónde estábamos hace exactamente un año —un típico ejercicio de verano— nos daremos cuenta de que las noticias que aparecían entonces en las redes y en los telediarios no distan demasiado de las que podríamos encontrar un día como hoy. Genocidio en Gaza, guerra en Ucrania, crisis climática, rearme. La sensación es como si cayésemos al abismo pero de una manera muy distinta a la que la filia apocalíptica de la cultura popular del último medio siglo ha podido imaginar: no en seco, de manera atronadora y espectacular, ni tampoco en un complicado camino de espirales que transcurre en generaciones, sino en una lenta y predecible pendiente, una con aires a tortura griega, como un tobogán mal lubricado que no acaba nunca y que alguien ha puesto ahí solo para que sepamos que estamos cayendo. En la cultura de masas sucede algo parecido. Mientras que el tiempo y la experiencia social se someten a una aceleración constante, las tendencias artísticas y culturales dominantes parecen rendidas, más que a una deceleración, a una extraña estasis en la que todo es posible —nostalgia preirónica por épocas pasadas, retrofuturismos de todo tipo y una infinita recombinación de estilos que se creían pasados de moda— menos el futuro, o al menos una cierta imagen de él: de innovación y de ruptura con lo ya conocido. A ello le acompaña un régimen de sobreproducción y antagonismo entre condiciones de producción y condiciones de recepción de la cultura que, al igual que propicia la repetición y el reciclaje constantes de ciertos lenguajes, condena a sus mercancías a la obsolescencia de manera casi inmediata. Entre muchas de las consecuencias de esta situación destaca una: la distancia entre el impacto mediático inmediato y el impacto histórico de los productos de la cultura de masas se ensancha cada vez más.

Algo así ha ocurrido con Brat, el celebradísimo sexto álbum de estudio de la cantante y compositora británica Charli XCX. Publicado ahora hace algo más de un año, el proyecto consiguió acaparar desde un primer momento la atención de las redes e instituirse —más bien, autodeclararse— como icono cultural de la década. Hubo muchos elementos que fomentaron esta recepción. Algunos de ellos son la configuración de una cuidada iconografía hecha desde y para el internet tardío, su pretensión de construir una cierta autoconciencia epocal a partir del diálogo con la nostalgia Y2K, su papel como emisario de deseos y malestares de carácter generacional y su intento de confrontar desde el imaginario sónico del hyperpop y una estética trash con el intimismo de cartón piedra del pop blanco a la Taylor Swift. El fenómeno fan que se generó en torno al álbum —o más bien en torno al concepto que este representaba, en torno a lo brat— fue insólito por su intenso carácter irónico y, sobre todo, por su inconsistencia: cualquiera, cualquier cosa, podía ser brat. Pero esto solo podía conducir a una muerte por éxito. Naturalmente, no tardaron en llegar las marcas y los intentos de instrumentalizar el fenómeno, y así, como un chiste gastado demasiado pronto, de la noche a la mañana Brat perdió la gracia y la gente se cansó del tema. En consecuencia, Charli declaraba en X a principios de septiembre que el brat summer se había acabado y, en efecto, ahí quedó todo.
Puede que este sea el anticipo de un mundo en el que incluso productos artísticos supuestamente seminales se agoten en cuestión de tres meses y en el que la antigua labor de la crítica deba ser ahora ocupada por una especie de arqueología cultural. Puede que en realidad el aparente estancamiento de la cultura sea un efecto de rueda de carro, y que lo que ocurre es que todo pasa tan rápido que ni nos enteramos. En cualquier caso, el hecho es que Brat constituye en muchos sentidos —por su carácter como experimento semiótico, por su subtexto apocalíptico, por haber comprendido a la perfección el régimen icónico y de atención del internet actual y por integrar en su propio concepto la obsolescencia programada dominante en la cultura— un artefacto lo bastante sugerente como para que sigamos prestándole atención. Aunque sea llegando un año tarde, preguntándonos qué demonios ha sido de él y, sobre todo, por qué ya nadie habla de él.
Memes, experimentos semióticos y obsolescencias culturales
Empecemos por decir esto: Brat fue mucho más que un álbum. Eso no significa que Brat no fuese, entre muchas otras cosas, un álbum, y de hecho uno muy bueno. Su propuesta —la incorporación de los códigos sónicos del hyperpop en un doble diálogo con el imaginario estético y los ritmos del dance pop de los dos miles, por una parte, y con el ayer y el hoy de la tradición club británica, por otra— acometió una maniobra inteligente y necesaria con la que, además de celebrar su propia carrera, Charli reivindicó un espacio que ha nutrido de influencias al pop mainstream de los últimos años —pensemos en SOPHIE o A.G. Cook, coproductor de Brat— pero que no había sido plenamente reconocido hasta entonces. Sin embargo, más allá de su dimensión estrictamente musical, serían otros elementos, como su elaborado lore, repleto de guiños a la fanbase de la artista, y en especial su portada, los que desde un principio consolidaron a Brat en la condición a la que siempre pareció aspirar: una maniobra mercadotécnica que, a partir de un complicado equilibrio de símbolos y referencias, persiguió ante todo la omnipresencia en redes, la disolución del significado y la confusión de medio y mensaje. Podríamos pensar en Brat, más que como la suma de un artefacto musical y un artefacto publicitario, como una especie de obra de arte total posmoderna en la que ambas dimensiones están indisolublemente unidas, y en la que se pretende, ante todo, la construcción no de un discurso que tiene que ser comprendido, asimilado o disfrutado por los consumidores, sino de un experimento semiótico cuyo significado es constantemente definido y redefinido por el público al interactuar con él. Desde esta idea habría que afirmar que, por encima de todo, Brat fue un meme.

Hay dos formas de comprender esto. La primera, la más básica: sí, Brat fue un meme en la medida en que se comportó y quiso comportarse como un meme. Las redes fueron inundadas por shitposts y stan edits inspirados por la estética, los colores y la tipografía del álbum, durante un cierto tiempo todo el mundo subía stories con tirantes y gafas de ciclista del Decathlon al ritmo de Von Dutch y, en general, todos nos lo pasamos muy bien. La segunda: más allá de eso, el artefacto Brat estaba constituido en un sentido mucho más profundo, desde su propio concepto artístico, como meme, como un instrumento del que no solo debía hablarse en todo momento, sino con el que podía hablarse acerca de prácticamente cualquier cosa; una plastilina que se podía estirar, deformar y resignificar a placer. En un short promocional publicado en TikTok la propia Charli definía así el significado de ‘brat’:
You’re just like that girl who is a little messy and likes to party and maybe says some dumb things sometimes. Who feels like herself but maybe also has a breakdown. But kind of, like, parties through it, is very honest, very blunt. A little bit volatile. Like, does dumb things. But it’s brat. You’re brat. That’s brat.
You’re brat. That’s brat. Bien pensado, es un discurso no muy distinto al del pop de fiesta de los dos miles y principios de los dos mil diez. Charli te está diciendo: «sé la main character, imagina tu propia aventura, divirtámonos». Sin embargo, en lugar de recurrir al tono autoritario y happycrático de aquel, ella te tira el juguete al suelo y te dice que hagas con él lo que te salga de las narices. Es tuyo, quédatelo. De hecho, puesto que en el fondo no significa nada, ‘brat’ puede significar lo que quieras. Meterse una punta con la capucha de un boli BIC, tener dieciséis años y pelearte con tu madre, comprarse esas New Rock que tenías miradas en Vinted, escuchar 360 de camino al curro o postularse a la presidencia de los Estados Unidos. Hasta cierto punto, Brat aspira a representar el sueño incumplido de toda mercancía: ser un perfecto, inmaculado folio en blanco que toma cuerpo solamente a partir de los deseos del consumidor. Su sentido es enteramente contextual —contexto creado a partir de una maraña casi infinita de intenciones e interpretaciones— y su referencia se presta a ser continuamente interferida y manoseada. Al igual que con todos los memes, lo brat es lo que quienes lo enuncian desean hacer y hacen con él, y su propagación se estructura a partir de la cadena de resignificaciones que lo definen. Lo importante aquí, por lo demás, no es que Brat fuese ‘memeficado’, pues ese es un proceso que experimentan hoy día muchas obras de arte. Lo importante es que Brat fue diseñado cuidadosamente con esa intención.

Por supuesto, esto tenía una caducidad. La cosa ya empezó a torcerse cuando, en el contexto de la carrera presidencial norteamericana y del disgusto de una parte importante del electorado demócrata por la inacción de Biden ante el genocidio en Palestina, Charli manifestaba su apoyo a la candidatura de Kamala declarando en X “kamala IS brat”. Aquello, que de por sí provocó el rechazo de una parte de los fans, abrió una especie de vía libre para que marcas y entidades como Deutsche Bank, H&M —con la que Charli firmó una colaboración— y hasta la mismísima OTAN intentasen sacar tajada de la fiebre brat, lo cual solo favoreció la percepción de que el fenómeno se estaba agotando. La propia artista daba carpetazo al asunto a principios de septiembre afirmando que el brat summer había llegado a su fin. En realidad, habría que preguntarse si acaso el sentido del propio brat summer no estaba definido, precisamente, en vistas de su propio acabamiento. Revisitando la historia del álbum, podría pensarse que Charli se hubiese querido anticipar a la obsolescencia de su producto y, en lugar de entregarlo lentamente al olvido, hubiese querido escenificar su demolición. Esta obsolescencia programada que atraviesa a todos los estratos de la producción cultural habría sido así vindicada y convertida en principio constructivo y colofón de un experimento que, visto en conjunto, tiene más de performance que de mera obra musical.
El internet tardío y su régimen icónico
Otro aspecto que, a pesar de su temprana caducidad —como se ha dicho, hasta cierto punto parece que buscada, performada—, haría y hace de Brat un icono de época es su afinidad con el régimen de violencia visual dominante en el internet actual. La agresiva campaña de marketing que siguió a la publicación del álbum y, sobre todo, el carácter camaleónico del concepto brat y de sus elementos estéticos —una portada que parecía hecha específicamente para ser ‘memeficada’, el lanzamiento por parte de la propia Charli de una página web en la que podías generar texto e imágenes con la tipografía del álbum…— buscaban llevar al extremo una saturación icónica que representa la dinámica dominante en el ecosistema mediático actual, infiltrar y contagiar lo brat como si fuese un virus. Lo importante es comprender que Brat fue un producto necesario de este ecosistema mediático: el tipo de bombardeo de imágenes y publicitario que practicó es una herramienta funcional a este, idóneo para compensar, reciclar y absorber el shock de la constante violencia visual que él mismo produce y hacerla experimentable. El brat summer no se puede entender sin tener en cuenta que aquel fue también el verano del genocidio en Gaza, del estancamiento de la guerra en Ucrania, de las continuas discusiones sobre el rearme y del récord consecutivo de temperaturas máximas absolutas a nivel global. En este internet tardío de scroll infinito y constantes noticias de última hora, en el que imágenes de matanzas y hambrunas coexisten con recetas de cocina y reels de animalitos, surge como necesidad la aparición de vórtices de atención que puedan organizar temporalmente esta saturación icónica e informativa. No se trata de algo que se planifique, necesariamente: es un fenómeno que llega para ocupar un vacío, para dar forma a una energía social antes inexistente. Brat fue un producto que, en parte, respondió a esta necesidad. El testimonio indirecto de una forma de violencia social que él mismo venía de algún modo —como suele corresponder a los productos de la gran cultura de masas— a aplacar. Un caso que, además, contrasta hasta cierto punto con el del verano en curso, en el que los extremos insoportables, distópicos, de incongruencia icónica en el ámbito de las redes quedan paradójicamente subrayados por la ausencia de tendencias claras (musicales, de moda o de cualquier otro tipo) que concentren y direccionen la atención del público, como si la cultura del entretenimiento fuese crecientemente impotente para integrar el horror que le concierne contener.

Danzas macabras y fiestas de última hora
Pero no solo ocurre que, como artefacto, Brat atestigüe ciertas lógicas de época. Si caló tanto entre el público, si disfrutó de un éxito tan particular, fue también porque esgrimía un discurso que conectaba con las ansiedades y urgencias de su tiempo y daba cuenta de una determinada postura ante el estado de las cosas.
De manera superficial Brat puede ser leído —y así lo leyó, de hecho, la inmensa mayoría de la crítica— como la crónica confesional de las contradicciones de una estrella del pop que lucha por mantener y celebrar una determinada imagen pública —confiada de sí misma, descarada: brat— y, al mismo tiempo, conceder un espacio a la expresión y canalización de sus inseguridades. Sin embargo, no hace falta rascar mucho para reparar en una constante que, en forma y contenido, constituye más que cualquier otro aspecto un denominador común en el álbum: un ethos hedonista y una casi desesperada promesa de placer que raya por momentos en algo parecido al nihilismo. La apuesta de Charli, que podría ser comprendida en lo fundamental como un intento de recuperar la noción de lo bailable y el espíritu del club y defender su derecho a existir dentro del ámbito del pop, acaba perfilándose a lo largo del álbum como un eco nostálgico y fantasmagórico del discurso de la cultura de las celebridades y de la música de club de los dos miles que nos sugiere con lástima que ya nunca podremos recuperar su inocencia inconsciente, su superficialidad, su entrega despreocupada y comprometida a la fiesta. En ese lamento contenido, y en la constante tentación de interrumpirlo —Brat es en buena medida eso: llorar un rato en los baños de la discoteca y regresar a la pista con un rímel impecable; un continuum de emociones que estallan y se reprimen—, se cifra un giro musical y estético hacia lo sucio, lo hedónico y lo desaliñado que por momentos adquiere al mismo tiempo el tono de un manifiesto sobre el futuro del pop y el de una elegía por el mundo que solía corresponderle, próspero y bienestarista, uno en el que aún era posible creer en la fiesta y el principio de placer, uno que ya no es el nuestro y que no regresará. Bajo este filtro, el contraste que presenta allí Charli entre la seguridad en una misma que exige un entorno de hiperexposición pública y competencia total y la amenaza silenciosa y constante del colapso personal son, en cierta manera, una proyección microscópica del estado de nuestra sociedad, donde todo parece a punto de estallar pero no acaba de hacerlo; y las pasiones febriles y caóticas que estimula el álbum, un síntoma y una reacción ante tiempos inciertos marcados por la impotencia y la confusión frente a un presente en crisis —económica, climática y bélica— y un futuro aún más oscuro.
Hace poco más de un año se publicaba aquí un artículo de Alfredo Asumendi en el que, con mucha perspicacia, se hablaba de Brat como ejemplo de un pliegue de época, del cierre de un ciclo que iba, aproximadamente, desde 2016 —«año cero de la internacional neofascista», como lo describía Alfredo— a un 2024 cuyo sentido y dirección eran aún difusos —recordemos que, a pesar de todos los descalabros del Partido Demócrata, las elecciones contra Trump no se daban aún por perdidas—. Creo que el tiempo ha probado ese diagnóstico, y más aún ahora, cuando se hace claro que ese impasse que quizás representó 2024 ha quedado simbólicamente clausurado con el regreso de Trump a la presidencia de los Estados Unidos y la transformación de la Casa Blanca en el centro de operaciones de un neofascismo ya objetivamente hegemónico y en posición de ofensiva. Brat fue uno de los testimonios culturales más nítidos e importantes de ese momento de transición. El hecho de que su presencia mediática se desplomase tan rápido lo demuestra más de lo que lo desmiente. La imagen que insinúa es parecida a la de una de esas danzas macabras documentadas en la época de la Peste, en las cuales los participantes bailaban hasta desmayarse o morir de extenuación: el hilo musical de una sociedad que, no pudiendo, o no sabiendo, o no queriendo hacer otra cosa, decide bailar ante la proximidad del abismo. Así lo sugieren su frenetismo, su declarada nostalgia, la ansiedad y la urgencia que destilan muchas de sus letras, y la estructura circular del álbum, que parece remedar la idea de una fiesta infinita. Pero también la demencial magnitud que acabaría adquiriendo su difusión, donde el éxtasis en torno a su poderío semiótico relegaría a la música a un absoluto segundo plano. Una fiesta desesperada en un oasis de horror que, a un año de distancia, parece ya totalmente acabada.


