Literatura Grindr

Habla “desde la herida”. En fragmentos. Lo cuenta todo desordenado. Pero el centro siempre es él. Él y su deseo. Su deseo es, básicamente, él. No hay más. Él es un recipiente de dolor y sexo.

No hay apenas personajes femeninos. Si acaso, una madre alcohólica o ausente, a lo sumo preocupada en exceso por su pobre hijo, que la desprecia con tibio esnobismo. O una amiga salvadora a quien el texto redime.

Hay, sobre todo, imágenes. Imágenes que componen escenas. Escenas que vienen a salvar la falta de intensidad de la prosa. Escenas-RCP. Una escritura que busca la identificación en el dolor, en la herida. Zeige deine Wunde.

Se trata de un tipo de escritura que, como en la publicidad, abraza como un suculento a priori las estructuras de identificación. La presencia del lector ideal (nunca contingente) acompaña y abrasa el teclado. La escritura es más bien deíctica. No es una búsqueda, ni una exploración, sino, acaso, la perforación de un túnel entre el ‘yo’ y el ‘tú’, y no precisamente uno oscuro, sino bien adecentado, con luces de colores. Ay, si los cuartos oscuros lo fueran realmente…

Una vez leí o escuché comentar a Luna Miguel que Serotonina, el decadente libro de Michel Houellebecq, era como una polla impedida.  Aunque odié aquella novela, me pareció que el juicio de Luna era acertadísimo con esa prosa indigesta, rabiosa y falsamente enigmática que Houellebecq practicaba.

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Estas son algunas de mis notas de lectura de Foto por privado, el libro de Simon Chevrier que ha ganado recientemente el Goncourt a la ópera prima, pero no son exclusivas del manuscrito premiado. Es más bien una tendencia que identifico en la literatura gay contemporánea, contaminada por el fragmentarismo y ensimismada en el ejercicio testimonial.

Cuando leí Los argonatuas de Maggie Nelson, quedé impresionado por su capacidad para componer un texto como un tejido inacabado, para conjurar un yo íntimo y deshecho, fortificado en la referencia (ensayo) y de expresión desnuda y sincera. Recuerdo, también, el momento en el que, a mitad de mi Erasmus en París, acabé de leer Retour à Reims en un banco de la Rue des Écoles (y recuerdo exactamente el banco, y cuando, cada dos o tres años, pasó por delante, siento alivio al ver que aún sigue ahí) y sentí que mi mundo cambiaba, que entendía todo, mi postura, mi vestimenta, mi aislamiento. Digo esto para exculpar a Nelson y a Eribon porque, aunque en los últimos años hayan, de alguna manera, muerto de éxito, no tienen culpa de que sus imitadores compongan, a partir de recuerdos de su lectura, libros innobles.

Cada vez más percibo, en la literatura contemporánea, una especie de mimetismo de la experiencia lectora. Una tendencia a escribir contaminado por la sensación de plenitud que acompaña la lectura de un libro. De ahí proceden, creo, muchos de los males de la literatura “de nicho” (y la gay lo es): hay (o ha habido) tan poco donde escoger que queremos, como lectores, que aquella vez que descubrimos a Lemebel o a Eribon se repita para siempre. Esto explica, también, por qué dos artistas tan poderosos e irreductibles al slogan publicitario como Peter Hujar y David Wojnarowicz empiezan a ocupar, de repente, un lugar privilegiado en la literatura contemporánea tras décadas de silencio: a ellos también les rodea el peligroso aroma del “descubrimiento”.

Ay, estábamos tan faltos de referentes… Algunos creadores incluso señalan esa falta como su motor productivo, como si “crear” supusiera “llenar huecos”. Y ahí está el problema: no hay más mirada ni más perspectiva que la que el propio recuerdo de la lectura ofrece. La “experiencia” estética pasada se convierte en un a priori estilístico, y la “búsqueda” que caracteriza a la escritura en la captura de una sensación irrepetible.

A veces se ve en el estilo —imitadores de Annie Ernaux que no pulen como ella la sintaxis, ni trabajan sobre un fondo político rígido e incuestionable—, a veces las intenciones se desnudan —novelas declarativas, que sustituyen la sugerencia por el puro testimonio, haciendo pasar la crudeza por “verdad”—, otras, se trata de puro amarillismo: novelas escritas para la entrevista de turno, la que te hace el periodista morboso en la doble página que antes ocupaba la crítica, un periodista que se siente muy identificado con tu herida y que no tolera, a estas alturas, ni un poquito de ficción.

Casi siempre una escritura clínica, pero no rigurosa, limpia, pero no por ello analítica. Cuando la cosa renquea, llega el autodesprecio: imágenes grotescas, autolesiones o sexo incómodo. Porque, de un tiempo a esta parte, el sexo en la literatura gay ha de ser incómodo. Todo son malos polvos de Grindr. La tendencia autodestructiva, presente también en películas como Pillion, siempre ha estado ahí, al menos como trasunto wildeano o como estrategia de supervivencia, pero nunca tan fetichizada como ahora. La identificación en el autodesprecio es clave, creo, para enlazar con un tipo de lector contemporáneo que está sediento de “referentes”. La identificación no domina toda la estructura hermenéutica de La ley del más fuerte de Fassbinder, una película que destila crueldad y autodestrucción gay. Es más bien al contrario: un autodesprecio real, salvaje, que convierte al espectador no en cómplice del dolor, sino de la violencia ejercida. Fassbinder no tiene un interlocutor claro.  

Y cómo no estar falto de referentes, dado el ambiente blanco y cishetero que, aún hoy, domina cualquier librería. Pero uno no lee (o no debería) para calmar la sed identitaria. Igual que hemos despejado el fantasma de la “escritura femenina”, ¿no deberíamos acabar, de una vez por todas, con la “literatura gay”? No hablo, claro, de la literatura marica (Lemebel), ni de la escritura queer (Feinberg), sino de esa primera persona puntillosa y grave que contamina, de de un tiempo a esta parte, la literatura gay, y que establece un vínculo perverso con el lector vehiculado por una pátina de autenticidad. Acabemos con los libros que ordenan, como en una lista de la compra, los “temas” que saben más suculentos para las delicias autófagas del colectivo. ¿Un mal polvo? Check. ¿Miedo a la ITS [después de un mal polvo]? Check. ¿Desclasamiento radical? Check. ¿Falta de cariño paternofilial? Check. ¿Culpabilidad (gozosa) fruto de una traición a la madre? Check. Todo tiene un hedónico tufillo a confesionario y señala a dos tipos de lectores aclimatados: el burgués escandalizable y el ansioso de referentes. Ah, y el periodista.

Una conversación en Grindr puede ser material literario (Fuguet). Como literatura, incluso, es más sugerente que cualquier escena sexual fría e inconexa. Pero, de nuevo, cierta “literatura Grindr” solo busca llenar el hueco del “referente”: elevar la literatura a Experiencia, o a reflejo de ella. Literatura-espejo. Y no es un modelo universal: una novela como Lo que te pertenece, de Garth Greenwell (quizás el mejor prosista gaydel presente) también sostiene, durante 200 páginas, a un yo herido que coquetea con el autodesprecio y el sexo áspero, pero son los orificios de ese yo, puntos ciegos de la novela, en los que se inserta el lector para preguntarse qué ocurre y por qué ocurre. Greenwell no ofrece respuestas. En el caso de Chevrier (o incluso de Vuong) las respuestas están dadas de antemano y forman parte del targeting. La homogeneidad del yo es la respuesta comercial al “trauma” y el pretexto estilístico que prepara el camino de la identificación.

Una literatura que no crea lectores, sino que produce estructuras de identificación ¿es literatura? ¿Es publicidad? ¿Contribuye esta literatura al achicamiento del marco activo del deseo homosexual masculino, cada vez más coléricamente homogéneo? ¿Cómo decir el cuerpo sin despreciarlo de forma tajante? ¿Dónde quedó la ambigüedad?

Rotting in the Sun (Sebastián Silva, 2023)

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