Lo indefendible de un ojo vivo

Estuve viendo partidos de fútbol. Algunos enteros, otros no. A veces dejo que lo que sucede en el televisor, o acaso en el estadio, me permee; el evento no es tan frecuente como me gustaría. He pensado mucho, a lo largo de los últimos dos años, acerca del grado de anestesia que maneja ahora mismo mi mirada, quizá cautivada por los peligros del doomscrolling o abatida por los fenómenos alucinatorios de la depresión. En mi imaginario, detrás de mis ojos se ha levantado una niebla espesísima, y las imágenes rara vez obtienen acceso a mi sistema nervioso central. No me rindo, eso sí, y sigo abriéndolos mucho. Si aparto la mirada, si dejo de atender, sabed que mi voluntad está en contra de mi propio gesto. Sueño con verlo todo.

Volviendo a las cuestiones futboleras, el comienzo de las ligas me ha pillado a contrapié, como empieza a ser costumbre en estos primeros veranos de mi treintena. Se terminó el Mundial ayer: este Racing de Santander vs. Elche resulta de todo modo intolerable. Algún día hablaré, o tal vez no, de las presiones que este calendario sobreestimulado nos impone, especialmente cuando deseamos permitirnos un pequeño descanso. La relajación es imposible de planificar, salvo que puedas pagártela. En contextos precarios, o te sobreviene o estás perdido: ningún mes de agosto es capaz de sostener el carácter sanador que fabulamos para él. Toda mi fe está en los contornos del acontecimiento que supone estar un rato a gusto con una persona querida. La fantasía está en el otro y lo divino, como se ha repetido aquí y allá, en el espacio que recorre la distancia entre el yo y el tú.

Al hilo de estas cuestiones, cada vez que veo un partido me encuentro pensando, precisamente, en la forma en que cada equipo decide hacerse colectivamente. Sabemos que el fútbol es un deporte en el que lo que más importa es la creación de espacios, bien a través de la técnica individual o de la apuesta táctica. La historia de este deporte asociacionista ha transcurrido, hasta hoy, entre esos dos polos: no es raro advertir a aficionados desencantados por la evolución del fútbol hacia un horizonte de mucho mayor control por parte de la dirección técnica. Pero hay que tener en cuenta que esta utopía autoritaria del control absoluto no se articula más allá de lo narrativo: un buen entrenador habría de disponer de los mejores futbolistas para cada uno de los roles dispuestos, todos ellos en una forma física y con una claridad mental tan absolutas como para no cometer ningún error. El hecho de que los jugadores no sean exactamente figuras del pensamiento contemporáneo ayuda, eso sí, a que este horizonte medio robótico pueda llegar a plantearse. Muchas veces se presentan casi como meros ejecutantes, como si no mediase nada entre la instrucción recibida y su aplicación. Pero el espacio de lo real, por suerte, está agrietado y lleno de imperfecciones.

El mentado partido entre Racing de Santander y Elche, que inauguró la tercera jornada de La Liga —todavía en agosto y con el doloroso mercado de fichajes abierto, para disgusto de muchas mentes pensantes—, fue un buen ejemplo de ello. Se sabe que José Alberto, entrenador del Racing, maravilló a analistas tácticos de toda Europa el año pasado con su propuesta acumulativa: básicamente, lo que intenta es juntar siempre a varios futbolistas alrededor de la pelota, desplazando así a sus respectivas marcas. La consecuencia obvia es que buena parte del campo queda vaciado, y una ruptura se vuelve determinante. Sobre Martín Anselmi, entrenador del Elche, se ha escrito que pone la fragilidad defensiva por delante, que lo que le importa es construir al equipo con la pelota desde atrás e ir subiendo al bloque de esa manera. Descrito así, uno se pensaría que el Elche quiere hacer las cosas al estilo de la versión más conservadora de Pep Guardiola, y en parte es cierto. El problema, claro, es que no dispone de las piezas para ello: Matías Dituro, un portero cuyo gran aval es la habilidad con los pies, comete dos errores terribles —uno de ellos, precisamente, con los pies—, y el Racing se escapa en el marcador. Es fabuloso ver correr hacia adelante al equipo de José Alberto, que dispone ahora de la manivela de Sergio Canales y parece haber encontrado a un delantero capaz de hacer daño al rival en Yassin Zabiri. No maravilla tanto verlos correr hacia atrás. El Elche, tras ajustar un poco sus líneas y poniendo a la suerte ligeramente de su lado, está a punto de igualar el partido. El fútbol imperfecto opera así de imprevisiblemente.

Entre partidos de La Liga, me detuve también un par de ratos en la segunda jornada de la Premier League, una competición algo extravagante a estas alturas en la que, si acaso, queda encarnado al extremo el triunfo del Big Data en las direcciones deportivas actuales. Sus equipos están llenos de buenos jugadores, la mayoría de ellos muy poderosos en el apartado físico y bastante rigurosos en lo táctico, pero basta verlos jugar un par de ratos para darse cuenta de que la calidad diferencial en ataque no es una de las prioridades a la hora de confeccionar cualquiera de esas carísimas plantillas. Precisamente por eso, una de las principales tareas de Andoni Iraola en su nueva etapa al frente del Liverpool será conseguir que Florian Wirtz, su futbolista de más calidad, evidencie ser uno de los mayores talentos de la Premier. En el mediodía de este sábado de agosto, frente al Nottingham Forest, dos pases suyos permitieron a su equipo no irse a casa con una derrota. Algo semejante deberá hacer Xabi Alonso con Cole Palmer, que acumula ya dos temporadas bastante grises en el centro de una institución tan rocambolesca como lo es el Chelsea desde que, hace ya cuatro años y merced a las filias de Roman Abramóvich, la propiedad del club pasase a manos de un fascista mejor visto por el ojo público: el “empresario, inversor y filántropo estadounidense” Todd Boehly. A mi juicio, pocos entrenadores actuales trabajan las transiciones ofensivas con tanta precisión y buen tino como Alonso, y sus primeros partidos en Londres son un buen reflejo de ese carácter vertiginoso. Su estilo no dista mucho del de José Alberto, y es a partir de las asociaciones constantes en carrera de Palmer, Morgan Rogers y Joao Pedro que el Chelsea consigue vencer al Brighton & Hove Albion en un partido frenético. El gran protagonista del encuentro, no obstante, acaba siendo el joven maliense Malick Yalcouyé, un mediapunta box-to-box que aparece por todas partes, marca un gol y muestra una intuición, con y sin pelota, propia de los grandes jugadores. El Brighton ha sido casa, a lo largo de los últimos años, de importantes talentos en formación. Este domingo se anunció uno más.

Frente a los vértigos ingleses, el fútbol de La Liga se asemeja a un ejercicio estático. Lo que sucede, en realidad, es que la mayoría de equipos españoles —y el Racing es una curiosa excepción, aunque no la única— no tratan de juntar jugadores alrededor de la pelota, sino que de hecho aprovechan de manera mucho más extensiva toda la superficie del campo. Así, los terrenos de juego parecen más pequeños y los jugadores más grandes, como si la cámara hubiese sido trucada. La calidad en espacios reducidos se vuelve mucho más importante en estos contextos de juego, frente a la exuberancia a campo abierto que predomina en otras ligas: jugadores como Mikel Oyarzabal, Kang-In Lee o Pablo Barrios deciden los partidos del sábado para sus equipos, precisamente, haciendo gala de su inteligencia con la pelota y su finura en los controles, las conducciones y los últimos pases. Las imprecisiones de Isco y Antony, que habrían de ser y de hecho son los jugadores diferenciales del Real Betis a día de hoy, penalizan a un equipo extraño y enormemente frágil en defensa que, en la tarde valenciana, cae goleado ante el Levante Unión Deportiva. Pocos entrenadores me entusiasman tanto, en este momento específico, como lo hace Luis Castro, míster del Levante desde las pasadas navidades. Formado en su Portugal natal, Castro entiende el fútbol de manera práctica, pero concede también espacio a la inventiva de sus mejores jugadores. Lo demostró el año pasado, cuando hizo reaccionar al equipo poniendo a Carlos Espí y Carlos Álvarez a jugar juntos. La salida del primero y los rumores alrededor del segundo han debilitado mucho a una plantilla asolada por las bajas: Matías Moreno, Kervin Arriaga o Kareem Tunde, todos ellos importantes en la salvación del Levante la pasada temporada, tampoco continúan en el club. La tardanza de las nuevas inscripciones tampoco ha ayudado: otra tarea pendiente es la de hablar de las penurias económicas de los clubes de La Liga, hoy que lo institucional atraviesa toda experiencia humana hasta petrificarla. En cualquier caso, esta demostración de poderío colectivo ante todo un Betis de Champions parece indicar que el equipo de Luis Castro volverá a ser un auténtico hueso competitivo. Todo está por ver.

En los últimos años se ha vuelto habitual la imagen de los equipos que, hasta bien transcurridas unas cinco jornadas de liga, todavía tienen la plantilla a medio hacer. Los entrenadores insisten mucho en la cuestión de los automatismos: los futbolistas nuevos han de atravesar un crudo periodo de adaptación a sus compañeros: deben saber cómo hablar con los demás —y no se trata solo de un problema idiomático, sino lingüístico en toda su extensión—. Estuve en el estadio de Balaídos, el domingo por la noche, viendo al Celta de Vigo ser atropellado por el nuevo Athletic Club que dirige Edin Terzic. La sensación, desde hace un tiempo, es que Claudio Giráldez —que entrena al equipo vigués— se debate entre sostener esa propuesta de tipo ofensivo con la que aterrizó en el primer equipo hace más de dos años o, como viene haciendo de un tiempo a esta parte, barnizarse de robustez defensiva para hacerse más competitivo. No es ningún secreto que la cuestión de la competitividad es una de las grandes lacras discursivas, económicas y casi diría que éticas de este nuestro mundo contemporáneo. Y la indecisión, en un espacio-tiempo tan marcado por las exigencias de quien compite, deviene en parálisis y abatimiento. Cabe preguntarse qué podríamos cambiar, individual y colectivamente, para que la duda ocupase un espacio más sano en nuestras vidas y no nos apresase tanto. El problema es que el círculo está viciado: toda pregunta posible por la duda nos retiene y hace que el mundo nos pase por encima. Debemos protegernos entre nosotros, está claro. En nuestros momentos de mayor confianza, hemos de sostener al ser amado que duda y asegurarle que sus espaldas están cubiertas. Dejarle tiempo. El fútbol también ha de ser eso: un hábil inventor de tiempos.

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