Los poetas ya no dicen ‘oh’

…el poema que sigue ahí

impertérrito

y dice oh y ah

y se asombra de sí mismo

Leopoldo María Panero

Releyendo hace nada Espadas como labios, de Vicente Aleixandre, cosa que hago a menudo no sólo para reencontrarme con uno de eso que a veces llamamos ‘mis poemas favoritos’ –su desafiante El vals– sino para volver a sus ritmos, a su imaginario y al torrente vital que subyace a su lenguaje encendido, caí en la cuenta de una tendencia que no tengo cien por cien comprobada –porque alguna excepción he visto– pero que no por ello me parece menos cierta, al menos por lo que he leído, hasta ahora, de la poesía contemporánea, y es que, por lo que veo, los poetas ya no dicen ‘oh’.

O no tanto.

Hay gente escribiendo hoy, sí, más proclive al uso de ese ‘oh’ intensificador, poetas que lo usan con naturalidad y les queda bien, creíble y bien. Y a otros, en cambio –la mayoría–, les da más reparo, como si una innata tendencia a la contención expresiva les impidiese usarlo con aquella frecuencia de hace un siglo.

El ‘oh’ es un amplificador, un subrayado, algo que enfatiza, que es en sí mismo énfasis que enfatiza lo que sigue y lo destaca entre la multitud del verso restante, y precisamente por eso es tan delicado el uso exclamativo (pero sin exclamaciones) de esa diminuta ínsula rítmica dentro de un verso que no quiere ser, en su totalidad, necesariamente exclamativo.

Es la palabra en estallido.

Y añado, por cierto, que se podría escribir esta misma nota con el ‘canto’ en el recuerdo: antes el poeta llenaba su poema de menciones al canto y decía que su escritura era canto, y ahora, en cambio, no, o no tanto, al menos, por motivos que igual vayan de la mano del porqué de la escasa presencia del ‘oh’ en el poema.

Parece que la necesidad de marcar el énfasis haya mutado, o se haya alterado, y se haya convertido hoy en una expresión verbal sutil, implícita en el verso. Un verso como el de Jorge Guillén –“¡Ya sólo sé cantar!”–, ya no se escribiría, hoy, o al menos me sorprendería mucho verlo entre las novedades. Y más entre exclamaciones. (¡Pero esto qué es!, me vería diciendo).

Volviendo al tema, el uso del ‘oh’ parece desterrado en la poesía de hoy. Algunos de los poemarios que más me han impactado, en lo que llevamos de siglo XXI, no tienen ni rastro del ‘oh’, del ‘ah’, ni de nada que se parezca a un ‘oh’ o a un ‘ah’. O, si lo incluyen, es poco o con incisivas dosis de ironía, como veremos. ¿Qué motivo puede haber? No es cambio de voz o de paradigma o de enfoque o mirada: es, simplemente, que ya no se usa tanto esa partícula (luego veremos las excepciones), por algún motivo que no se puede reducir a nada concreto: no creo que hace cien años fuesen autores más exaltados o que viviesen tiempos más exaltados o que esos tiempos requiriesen de más exaltación para decirlos mejor, sino, pues, a saber…

…pero repaso algunos de los libros que más me han gustado, e impresionado, de autores más o menos jóvenes (en el momento de publicación), de este siglo, como su sombrío, de Marcos Canteli (auténtico meteoro de la poesía de nuestro tiempo), El fósforo astillado, de Juan Andrés García Román, Sylvia & Ted, de David Aceituno, Los sonetos, de Robert-Juan Cantavella, Papel a punto de, de Estíbaliz Espinosa, Rengo Wrongo, de Jorge Riechmann, Luciérnaga, de Alba Ceres, La primavera del saguaro, de Ruth Llana, Asilo, de Cristian Piné, Autorregalo, de Alba Flores, Como encontrar un nombre conocido en una lista de extraños, de Rafael Banegas (que tuve la suerte de prologar), Interior verano, de Javier Vicedo, el poema-libro Salitre, de María Salgado, Ser el canto, de Vicente Gallego, o Circuito cerrado de vigilancia, de Mayte Gómez Molina, y no veo ‘oh’ por ninguna parte, o si los veo son pocos (hasta en el caso excepcional de Espinosa, sobre el que luego me detendré), o, aparte de ser pocos, se usan con ironía o con intenciones claramente resignificantes.

Claro que se han escrito poemarios que lo incluyen en lo que llevamos de siglo, y que lo han usado en serio (por diferenciarlo del uso irónico). Berta García Faet, por ejemplo, tiene varios ‘ohs’ en su Introducción a todo (aunque luego ya los deja, en el más reciente Una pequeña personalidad linda), pero sobre todo recuerdo su presencia, su uso en serio en este fatigado siglo XXI, en Los enunciados protocolarios, de Álvaro Pombo, con su recordado “oh puto miserable”, dándole un aire nuevo, tonificante, al uso del ‘oh’. Asociándolo a una voz inesperada.

Donde aumenta la presencia del ‘oh’, aunque, insisto, desactivado de su propia tradición y naturalidad, es en Papel a punto de, de Estíbaliz Espinosa, con su extraño y autoconsciente: “Un Oh pronunciado con los coños de la arcilla”, para repetir, algo más tarde, el segundo ‘oh’ del libro: “Lo que rima entre tus ojos. Con forma de Oh!”, pero lo que queda, como sedimento, de la manera en que usa el ‘oh’ la autora es, sobre todo, su uso irónico, directamente burlesco, yo diría, como vemos un poco más adelante:

Venid con nosotros. Oh y mil veces oh. Adónde,

adónde?

Adónde –oh rayos– vamos?

Y de hecho ese poema mismo empieza con “Oh, venga, levitemos” con lo que la carga semántica tradicional, esperable, del ‘oh’, permuta en el libro y se convierte así en el pariente lejano de esos ‘oh’s tan exclamativos y naturalmente rítmicos de Neruda y Aleixandre, por citar a dos que lo usaban a menudo.

Y el uso que hace Espinosa se adentra por los caminos de lo que Octavio Paz llamó, en Los hijos del limo, ‘metaironía’, es decir, que el uso irónico del ‘oh’ es un rechazo al uso tradicional, una burla que, al reírse y negarlo, a la vez funda, inaugura, un nuevo uso del ‘oh’, una nueva manera de entenderlo e incorporarlo al poema, una reformulación significante del ‘oh’ en el poema y en el vocabulario del poeta contemporáneo. Niega para afirmar. Niega y afirma a la vez.

Y aun así hay pocos.

Ana Martínez Castillo, en su recentísimo Inquilinos de lo seco, también incorpora el ‘oh’ en su “Oh Polimnia, la de muchos himnos”, pero no hay, como en el poemario de Espinosa, intenciones resignificantes sino que el ‘oh’ está ahí como recordatorio de su ideal emulatorio: su presencia en el poemario espejea el uso de los cantos épicos de Homero. Se alinea con una legendaria tradición del ‘oh’, y eso ya tiene su propio significado. Es decir, el uso aquí no es en serio y no es irónico: es retórico. Lo recubre una carga de significado consensuado. Es un ‘oh’ particular, el suyo.

Y sin embargo siguen habiendo pocos.

Voy, en cambio, a la primera balda de mi estantería y, como está ordenada alfabéticamente, cojo, más o menos al azar, la antología Poemas paradisíacos, otra vez de Aleixandre, y veo que la edición de Cátedra tiene 90 páginas de poesía, sin contar el estudio introductorio, y en las primeras 37 páginas ya he contado 18 ‘oh’s. Me puedo haber descontado de alguno.

Pero se ve por donde voy.

No es que antes fuesen ingenuos en su manera de expresar la admiración o la exaltación ni que hoy seamos parcos o lacónicos. Es, simplemente, creo, que el ‘oh’ ya no se usa tanto porque el estallido que contienen esas letras quizá prefiera decirse de otro modo, y es posible que esas mismas pasiones subterráneas que brotaban antes en el poema en forma de ‘oh’ o de encendidas menciones al canto afloren hoy de otras maneras.  

Como si por fin “los poetas bajaron del olimpo”, siguiendo, cautos, las palabras de Nicanor Parra. Y será por reparo o por una cuestión de recíprocas influencias –al ver que mis coetáneos no lo usan, yo, sin darme cuenta, tampoco– o simplemente quizá sea porque sí o por la propia hondura expuesta del decir, como si hubiesen visto que esa admiración del ‘oh’ estuviese contenida ya en la palabra misma, en la viva palabra original a la que accede el poeta, como buscaba Paz en El mono gramático, y por tanto no tuvieran ya la necesidad de recurrir a apoyaturas rítmicas, silábicas o visuales (por esa esfericidad del ‘oh’), o sea que será, en fin, por tantas cosas o por lo que sea, pero parece que el poeta ha visto que se puede decir el mundo sin teatralizar el decir.

Eso es. Sin teatralizar el decir.

A veces he creído que sobra el ‘oh’ y que hasta puede alejarte del poema, por teatral, por ortopédico, por solemne hasta el punto de dar algo de vergüenza ajena, pero a veces esa admiración te eleva, no en un sentido trascendente, sino que te llega vibrante su admiración, su fuerza, con esa simple sílaba tan rítmica (sobre todo cuando se repite en un mismo verso). Y es que el ‘oh’ singulariza la palabra que le sigue, la señala, y ese ‘oh’ de pronto es como el amante de la palabra que le sigue, y está bien que así se vea.

Recuerdo el poema O me! O life!, de Whitman, donde el ‘oh’ parece, como digo, que destaque la palabra que le sigue para que le prestemos la atención que el poeta le requiere, precisamente, a esos conceptos tan vagos e inconmensurables como el yo o la vida, donde el riesgo de caer en una cursilería enfermiza, que te expulse del poema, es muy elevado, y sin embargo el genio del poeta consigue que aceptes su exaltación, que la hagas tuya y te eleve también a ti su rapto momentáneo.

Luego hay usos francamente creativos, oblicuos, del ‘oh’, como cuando nos lo encontramos en las asociaciones inesperadas de Neruda en Residencia en la tierra:

En tu frente descansa el color de las amapolas,

el luto de las viudas halla eco, oh apiadada…

y, avanzado el poema, añade, “queriendo alcanzar algo, oh buscándote”; qué fulgor inesperado, verlo ahí, oh buscándote, con su ritmo nuevo y su exaltación imprevisible.

Y no se usa sólo, como vemos en Neruda, para exaltar algo concreto, como adjetivando un nombre, sino como adverbio: se exalta una acción, oh buscándote, que no tiene fin. Con el uso del ‘oh’, se exalta lo eterno: es admiración en el tiempo.

¿Nos sentiremos, a veces, un poco ridículos al expresarnos así? ¿Al leer estas exaltaciones? ¿Habremos preferido otras formas más sutiles de la exaltación? ¿Más ceñidas a la palabra original? Es posible.

Pero y lo bien que quedan, a veces, esas incursiones semiexclamativas en el verso, como el conocido “Sin embargo, oh sin embargo”, de Antonio Machado, tantas veces recordado y usado, en homenaje, por Rafael Sánchez Ferlosio en sus ensayos, o el “cosas vivas, oh cosas excelentes”, de Saint-John Perse, escrito así en su poema en prosa de Anábasis, en alguno de cuyos tramos, por cierto, se encadenan tres ‘oh’s consecutivos, y aunque leído ahora siga siendo rítmico y animoso, sí que parece, por un momento, un modo anticuado de expresar la exaltación (por muy eufónico y contagioso que siga siendo, como digo).

Pero a veces es irresistible y tan rítmico volver a decir con Aleixandre:

Eres hermosa como la piedra,

oh difunta;

Oh viva, oh viva, eres dichosa como la nave.

Lo levantador, lo exaltador que es, de vez en cuando, decir así las cosas.

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