Lucy Ellmann y su Ducks, Newburyport

Vivimos en nuestra mente.

Wallace Stevens

Lucy Ellmann ha escrito un libro que puede no ser para todos: una novela que es una frase de mil páginas. Describir así, de todos modos, Ducks, Newburyport, es hacer algo de trampa, una coquetería llamativa y reduccionista que no sólo no se acerca a lo que realmente consigue Ellmann con su novela sino que en parte tergiversa la realidad: no es una frase que se sostenga, gramaticalmente, a lo largo de toda su (novelesca) extensión; es que la frase es una enumeración de mil páginas, cómodamente estructurada entre comas, y por tanto cada cláusula se lee bien, como una corta cara más de la proliferante cascada del monólogo de la narradora.

En este sentido, la narradora, inmersa en la elaboración de unos cinammon buns, o rollos de canela, que por cierto están buenísimos si se calientan un poco al microondas, está ahí dándole que te pego a sus pensamientos, uno tras otro sin conexión aparente ni buscada, y cada uno es una pieza más de la frase, un apunte inconexo y deshilvanado. Y una de las claves del libro y el motivo por el que digo que no será para todos los públicos es que cada instancia, cada cláusula, viene precedida por ‘the fact that’, por ‘el hecho de que’, y luego enumera lo que sea que esté pensando (o temiendo o recordando). Y esto puede hacerse repetitivo y cansino, aunque también puede ser fascinante e hipnótico, como ha sido el caso para mí. Cada partícula, cada diminuta celda enumerativa, saca nuevos ‘resquicios significantes’, por usar una expresión que usó Nadal Suau (en su reseña sobre Rendición de Ray Loriga), a la reiteración, a la vez que apuntala su carácter cadencioso, hechizador.

En la repetición está la variedad. Es algo que vengo pensando —sobre todo con la tradición norteamericana en mente— desde mis primeras lecturas de Whitman, con sus arrogantes poemas en los que enumera lo que ha visto, dónde ha estado y qué ha presenciado, pasando luego por Carl Sandburg y los Beat, con Ginsberg y Ferlinghetti a la cabeza, hasta llegar a Dylan y alguna de sus más largas canciones narrativas. Ellmann es la explosión de este recurso. Y si digo, como he dicho, que en la repetición está la variedad, es porque cada golpe de pensamiento, es, sí, un latido más de esa mente pensante pero a la vez es una instancia de variedad, como el escultor que repite cada golpe de muñeca y a cada uno saca una muesca y cada muesca destapa algo nuevo en la madera, algo latente que sólo él veía.

Leyendo Ducks, Newburyport he tenido presente en el recuerdo a Chantal Akerman y su soberbia película (¿documental?) de 1975, Jeanne Dielman, sobre una mujer haciendo sus pesadas, repetidas tareas del hogar. La extensión, en ambos casos, no es casual y no puede ser de otra manera. Sí, se consigue igual el efecto, el impacto del día a día, con menos minutaje, con menos páginas, ¿pero no se busca acaso la hipertrofia? ¿La representación de siglos de inmovilidad social heredada? El pensamiento es autolesivo y exagerado y está fuera de nuestro control y por eso equivale en el libro a esas mil páginas y a otras mil más que podría tener.

Es como una letanía laica, la lectura de este libro, con esa reiteración enfatizante del hecho de, el hecho de, el hecho de… Y no sólo su vida y su memoria van cristalizando con las repeticiones, las idas y venidas, las nuevas vueltas de tuerca a sus recuerdos, sino la memoria de toda su familia, la suya propia después de superar un cáncer, la de sus padres muertos, la de su marido, Leo, y sus cuatro hijos. La de esos Estados Unidos enloquecidos por las armas, inmediatamente anteriores a la epidemia del Covid-19, a Trump y los tiroteos en las escuelas, a la desesperación social. Los Estados Unidos de los asesinatos racistas policiales.

Letanía laica, como digo, que hace de esta escritura un tejido rítmico ideal para declamar. (Se puede hacer la prueba). Y entreveradas en la retahíla de pensamientos están las descripciones de una puma que va en busca de alimento para sus cachorros, sobre las que luego volveré.

La verdad es que a medida que avanzas te olvidas de esa muletilla, o, lo que más probablemente ocurra, la interiorizas de tal manera que te olvidas de la repetición, y te llega sólo entonces la cambiante perspectiva o el nuevo despliegue de su monólogo, al que por otra parte alude en alguna ocasión de manera explícita. El día va avanzando como en el Ulises de Joyce, y se amplía el radio de acción de su voz, de sus implicaciones, de su pasado, su presente y sus miedos, que no son pocos. La voz de la narradora está herida por la enfermedad y posterior convalecencia de la madre, y eso condiciona toda su vida posterior. Qué poco cuesta romperse, a veces.

Esas iteraciones, esa arbitrariedad de lo pensado es en parte como la poesía de John Ashbery y sus bruscos cambios de tema, pero sin los encabalgamientos feroces de Ashbery, aunque el libro podría haberse publicado con corte de verso, cada uno empezando con el consabido ‘the fact that’ hasta erigirse en uno de los más largos poemas jamás escritos, seguramente.

Quizá no sea casualidad que el compositor que más veces menciona (o eso creo) la narradora sea Arvo Pärt, que también recurre, en su soberbia música tan usada en el cine (el “Spiegel im Spiegel” de Madre noche, Soldados de Salamina), a motivos centrales, a los que vuelve, de los que se aleja para volver con añadidos, con variaciones, modelando la pieza central a cada nueva embestida, entreverando su música de silencios o, lo que también se puede decir, interrumpiendo un silencio casi sagrado con un puñado de notas dispersas, intencionadamente orquestadas y situadas en ese plano, como si fueran constelaciones, para dotarlo de un aura nueva. Así la autora interrumpe el tiempo de su cotidianeidad, como Arvo Pärt, con la dispersión pertinente de su pensamiento.

Cate Blanchett —a quien por cierto cita la narradora, en una enumeración de actrices de nombre raro— quiere hacer una versión, una adaptación teatral de este texto, imagino que a la manera de Lola Herrera adaptando otro memorable monólogo total, el de Carmen en Cinco horas con Mario de, como se sabe, Miguel Delibes.

Como decía antes, las descripciones de la vida del puma, de la puma, están hechas con frase corta, con perspectiva documental, y, a la vez, con un enfoque subjetivo que te arrastra o te enseña el mundo visto desde sus instintos. Las descripciones de la naturaleza, sucintas y elípticas, son una maravilla que,  por contraste con la hipertrofia verbal que nos define como humanos, crea una sinergia absolutamente cautivadora por lo que tiene de espejeo a la vez envidiable y frustrante de nuestra propia naturaleza.

A medida que he ido avanzando en la lectura de esta frase-libro, mi interpretación del puma, de su presencia lejana pero constante, ha ido variando. Al principio la veía como un paralelo (quizá no muy sutil) entre maternidades: una asediada por la rutina y los compromisos inexcusables; la otra, libre e impulsada por los impulsos primarios de la libertad. Pero luego ha ido mutando esa primera lectura en algo más perverso, más cruel, haciendo de la puma una presencia, o un símbolo, mejor dicho, del peligro, de la sensación de peligro inminente, de acecho, que subyace a la plácida imagen de la vida en el primer mundo. Y luego, a medida que la historia de la puma avanza, he visto que quizá era, efectivamente, un símbolo como veía al principio, pero en movimiento: volvía a las potencias semánticas de la apertura de este huracán narrativo. Y el cierre magistral, redondo, de estas menciones pespunteadas a lo largo del monólogo, junto con los propios hechos finales descritos —me refiero a lo que ocurre dentro de la casa, no especifico más—, es uno de los grandes logros de esta rareza literaria de nuestro tiempo.

Leer un libro de mil páginas siempre es un reto. No porque tenga que ser una lectura difícil, necesariamente, ni porque sea intrínsecamente más compleja o desorientadora que otras lecturas más cortas, sino porque con el correr de las páginas uno puede perder el interés, si no entra, del todo, en la propuesta del libro, en el universo mundo que se describe entre las páginas. Pero la novela de Ellmann es una lectura muy amable, en ese sentido, y recomendable para las incompatibles rutinas del trabajo: la puedes interrumpir cuando quieras, y retomar cuando puedas, sin miedo a perder el hilo principal de la historia ni a olvidarte exactamente de quién era aquel personaje. Puedes entrar y salir de ese caudaloso río narrativo las veces que quieras, que, como el propio río, será siempre el mismo cuando vuelvas. El pensamiento es cíclico y volver a la lectura es como imagino que sería agarrase a un tiovivo en marcha por una de las barras metálicas del perímetro. Así te arrastra. Todo es ahora en el pensamiento de la narradora de Lucy Ellmann.

Esa retahíla, esa cadencia repetida, es una lluvia a través de la cual se ve el mundo, nuestro tiempo. Son las preocupaciones de lo que es, entre otras cosas, la narradora: uno de los mejores, más complejos personajes literarios de lo que llevamos de siglo. Y si bien es posible que nadie piense así, con esa sucesión ininterrumpida de cláusulas encabezadas por la misma partícula de ‘el hecho de’, ahí es donde vemos que a Ellmann, gran escritora que es, le puede más el ritmo y la reiteración obsesiva del pensamiento que la manera en sí de pensar, la verbalización exacta de nuestras formulaciones mentales. Que le puede más imponerle al mundo esa cadencia. La enumeración no pretende reflejar, exactamente, cómo pensamos; la repetición, tal como la escribe Ellmann, no deja de ser la manera en que enumeramos nuestras tareas, nuestras obligaciones, lo que tenemos que hacer en casa.

La personalidad creativa de la autora es indomable. Ella sabe que puede perder un porcentaje elevado de lectores con la simple mención de su propuesta, y aun así lo hace, aun así escribe el libro. Y por qué mil páginas y no, en cambio, setecientas u ochocientas. Bueno, la sobrecarga mental tiene que provocar sobrecarga mental. Aquí hay ambición arriesgada, una voluntad de narrar nuestros miedos, nuestra soledad, nuestra percutidora manía de pensar, y vemos cómo nuestra voz está sola en el centro mental de una circunferencia que asedia, cada vez más, por todas partes, como un puma.

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