Me lo sé de repetición

La literatura es una desbocada pasión (¿traición?) en la que permanezco sin tomar la debida distancia. Con los días y las lecturas, en su protocolo realista, me cabalgaba un anhelo desmelenado, alucinatorio. Era testigo de un escenario irreconocible al inicio, trazable después. Matizando: me embarqué en un camino repleto de dilemas (pese a que el mercado se empeñe en los temas) y ahí me siento y leo, es mi casa, y por unos días (ya años) voy teniendo idilios o afinidades que me conducen a otra parte (y esto no es una idiotez aunque suene a fábula).

Igual al inicio lo sospechaba: Osvaldo Lamborghini era una resistencia. Primero, accedí y me ocupé de El Fiord, y busqué luego, en movimientos de pérdida, un igual. Pero no hay un continuo (acaso Milita) que se anuncie. Y me fingí en el desierto: aire y aire. Entré en un pánico glacial hasta cierto punto, Sebregondi retrocede, y me extravié y metí el pie en la parte de El niño proletario. Su escritura se situaba como una espina enroscada dentro de mí y creo, harto honesto, que no ha transcurrido ni un día en el que no me vuelva una curiosidad manifiesta sobre sus textos.

Entendí que la condensación indescifrable, el ritmo, era su compromiso. Al menos lo asumí de esa forma. Ahora veo que adentro no había más que la palabra, pero claro: es un infinito la palabra. Se aleja, pesa, rompe la superficie y es distante. Parece que al leer estás siempre en el comienzo. Definitivamente, me quedé pegado con La causa justa, Tokuro y Nal (también en su alternativa de El Pibe Barulo), con sus incomparables movimientos y destrezas, en ese partido alucinante de solteros contra casados. Si ya pensaba los textos, con esta última práctica de lecturas, advertí que admiraba, profundamente, a este escritor.

En la gran llanura de la literatura descubrí, mediado por las conversaciones con mis amigos y sus libros descargados, Osvaldo Lamborghini, una biografía, de Ricardo Strafacce, publicado en la editorial Mansalva hacía años. En aquel instante el mamotreto era inconseguible a un precio razonable. Sin embargo, de un modo tranquilo, nos habíamos provisto de fragmentos inolvidables del texto como la existencia de Zilio y las cartas de Lamborghini insultando a Fogwill. Pero a mí me faltaba lo demás: los pudores, las exhibiciones, las necesidades, las relaciones de amistad, el genio, las desventuras, los amores y el ritmo (timo). ¿Cómo ocurría esa literatura? ¿Era un proyecto? ¿Cuál era la relación con Aira, Kamenzsain o Libertella?

Collage de Osvaldo Lamborghini en El sexo que habla

Ese vacío no admitía otro sentimiento por mi parte que no fuera el desasosiego. Mientras, aguardaba a una oportunidad para obtener el libro, porque la versión descargada se veía borrosa, me sumí más hondamente en el sistema literario argentino. Cada tanto rebuscaba, por progresar en el relato, en librerías de viejo. Escarbé en la maraña de la imposibilidad y no me detuve hasta que supe que la editorial Blatt&Ríos publicaría de nuevo el libro. La edición está tratada con mimo, respetando el, posiblemente, mejor libro argentino de inicios de siglo. La realidad es que dentro hay una biografía y una novela. La forma que tiene el texto de moverse a ratos es despiadada y las explicaciones y acotaciones siempre acompañan. En los meses previos a la salida leí —de continuo lo hago— a Aira y su infranqueable forma narrativa, los cuentos completos de Fogwill, así como el Libro de Tamar y los ensayos de Ludmer, además de revisar vídeos sobre Borges y Libertella en internet. Tengo claro que no se llega tarde a una lectura. Pero sin el ansia que te invade no puedes mover la mano y cambiar de página.

Una amiga, justo, voló desde Argentina cuando el libro salía de imprenta, pero no dio tiempo. El fracaso de los ajustes y los cruces. Otro tanto le ocurre a la literatura. En conversaciones, no hay otra cosa, con varios amigos consideramos la posibilidad de conseguirlo. Ya rondaba, sin hacer nada, por los estantes de una librería a las afueras de Madrid. Eso señalaban varias páginas de internet. A los días, tras la punzante petición, su entidad foliada subyugaba, colosal, al resto de los libros pendientes. Tuve que esperar unos meses hasta las semanas más señaladas del verano, donde el trabajo se suspendió y transitó hasta el descanso. Lo abrí, 824 páginas. Desocupé la habitación y el escritorio de otros libros. Empecé; a las pocas páginas se pregunta en el prólogo Strafacce, ¿el hombre se parecería a la voz? Es algo que me gustaría saber. Ese es mi primer subrayado, luego en la misma página: Eso era la literatura argentina, pensé. Así había que escribir en la Argentina. Dice, también, que su vida cambió después de leerlo en la edición Del Serbal; la mía, igual. Me senté a leer el tocho descubierto. La descondensación de la literatura: otro artificio. Y en sí la biografía es una especulación y un espectáculo abisal. Metes los ojos y no hay retorno, ni eterno ni subalterno.

Antes de entrar al juego, mío, voy a lo que debo. El libro es perfecto. Está compuesto de cuatro partes que avanzan cronológicamente: Fotos (1940-1968); Marcas (1968-1976); Cartas (1976-1981); Novelas y versos (1981-1985). Un total de 73 capítulos. Cierra con las fuentes, un apéndice fotográfico y documental y un índice onomástico, varias veces utilizado por aquellos que fueron amigos y acompañantes de Osvaldo, especial es la mención que hizo Strafacce en la entrevista de la Revista Panamá: como dijo Fogwill cuando presentó el libro: “¿cómo se lee este libro? Uno va al índice onomástico y ve dónde lo nombran a uno”. Germán García me llamó al día siguiente de la publicación para comentarme algo. Y le digo: “Pero Germán, ¿ya vas por la página 600?”. Después me di cuenta de que estaba mirando dónde aparecía él.

En la primera pregunta de la misma entrevista, fechada el 26 de julio de 2025, incide en la pregunta, que se responde muy bien en la biografía, sobre quién era Osvaldo Lamborghini:

En primer lugar, todo lo contrario de un artista maldito. Era alguien que quería ser escritor, quería ser entrevistado, quería ser publicado, quería ser reconocido como tal. Así que en ese aspecto era distinto a como yo creía que era. Él quería entrar en el sistema literario, no quería estar en el margen. Quería ser aclamado como lo había sido Germán García con Nanina, y, en menor medida, Gusmán con El frasquito. Alguien que quiere estar en el margen no da una entrevista a Los libros ni publica en una revista norteamericana. Él quería entrar en el sistema. Lo que es paradójico es que quisiera hacerlo con una obra como la suya.

Hay incesantes anécdotas que se podrían destacar, pero es preciso apreciar cómo se configura o cómo avanza su amistad con César Aira (que se volvería su albacea). Por hacer un apunte, casual, contenido en los cruces diestros y deliberados de la lectura, César Aira en su libro Actos de presencia, menciona que no es hasta la muerte de su padre, varios años después de la de Osvaldo, que no lo llora o no se consume en la tristeza de haber perdido a uno de sus mejores amigos.

Es un libro destinado, necesario a los 40 años de su muerte, a evocar e iluminar (para sombrear: figurar) la vanguardia que se articulaba en aquella época. Es decir: a cortar y pegar de nuevo la literatura. Afirmo: es imprescindible entender que el texto se descentra para explorar: Aira, Gusmán, García, Ludmer, Libertella, Perlongher, Kamenszain, Fogwill… Esa apertura lo que consigue es centrar la figura de Osvaldo, de tal forma que alrededor observamos cómo la literatura va descubriéndose. Es un libro que interviene en varias décadas; es una fascinación interrumpida, pero eso no significa que Strafacce haya escrito una continua exaltación, puesto que enumera los excesos de Osvaldo, su carácter inasumible, los peores momentos, las maneras en las que se victimiza… Strafacce entiende: su palabra “se ha quedado un poco a solas con el estilo”.

Los detalles no son una feria de vanidades. Las cartas, las historias clínicas, las sentencias judiciales, los pasajes de avión, las modificaciones de los textos, las pérdidas, las recuperaciones, la oralidad son una cuestión de afecto y efecto. Entre medias: los bares, los hoteles, el psicoanálisis, las lecturas contundentes, los desprecios, el transcurso de los días… No hay de más. Es curioso cómo uno se ata a esta lengua extraña y se fascina con la literatura.

Tras desgranarlo todo, Strafacce se silencia en un gran gesto (¿el último?) para que sean Fogwill, Libertella y Aira los que se despidan de Osvaldo. Destacar las palabras de César: pero su alusión al dolor fue inmensa, cósmica y todos los que estuvimos cerca de él la oímos y entendimos y aprendimos a temblar, a temblar con cortesía, como él nos enseñó que debía hacerlo un escritor de verdad.

¿Cuánto he interiorizado? Porque, claro, el juego: un ritmo. No me desprendo del todo, ¿cuánto hace?, hace unos meses que lo terminé… Y si estoy aquí es porque no sé escribir: pero lo intento. Lo que quiero decir es que clausuro la frase muerta y me contento. Después es mentira. “Es lo mismo de siempre / nunca lo mismo”. He sido bautizado. La receta es entrar. Buscar el libro por los refugios de la literatura. Hallar y hollar las tapas grises. Y después leer: así mejor que soportar otra frase más vacía de los muchachos. Agarrar la pata del muerto, ¿muerto?, y fundar algo nuevo. Hay que ser un loco.

Lo consolido: este libro es un privilegio. Vamos. El rearme. No pretendo más que una oración tras otra: y que el sentido llegue. Para mí es un refugio: me detengo pero no paro. Es complejo. Son tres meses de lectura ininterrumpidos y apenas unos días de escribir descentrado. Hay demasiado ruido afuera y entrenamos en eso. Debiendo estar en lo muerto (por detrás). Diseccionar, cortar con un cúter, levantar la lápida porque lo entiendo así, la respuesta está ahí. La avanza el pasado: de todos. Mira mi encierro y me enhueso por el hambre de la literatura. Una vida son mil páginas. Y Lamborghini estaría orgulloso, feliz, contento con el reconocimiento abuhardillado de su obra. Yo le diría: somos unos cuantos. Al final la literatura es una escalera de caracol: purgatorio, infierno, paraíso, ¿el cielo? Es memoria, que no inteligencia (¿artificial?). La máquina. Es 13 de octubre y hace frío afuera.

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