Soy insistente en mis recomendaciones. Lo soy hasta la perturbación y el secuestro psíquico. Es por esto que en junio arrastré a gran parte de mi círculo afectivo a ver Backrooms —el cálculo total fue de al menos nueve visitas al cine por mi parte— Llegué, incluso, a recitar los diálogos, anticipándolos, causando hilaridad y desconcierto en aquellos que se sentaban cerca de mí en las salas de ese espantoso lugar al que llaman Cinesa Principe Pío. Antes de eso conseguí reunir a un grupo de gente para ver Serial Experiments Lain y he arrastrado, también, en semanas recientes, a algunas personas a los infiernos sumergidos de Ballard.
Apóstol de la infección, Nosferatu que habita entre lo ridículo y lo vírico, me encanta contagiar, contaminar y también, por supuesto, ser contagiado de vuelta ¿Por qué entonces no me funciona igual la recomendación de Neuromante? ¿Por qué fracaso siempre aquí? Lo que algún amigo me suele objetar: «no hace falta leerlo, es que ya sabemos de qué va por los análisis de Fisher o de Land». Y es cierto. Esta novela ha sido analizada por ellos con muchísimo detalle y rigor. Pero no sólo por ellos. La lista se amplía cada vez que abres un libro de Holobionte: Sadie Plant, Amy Ireland, Bogna Konior —por nombrar dos de los que tengo justo aquí en la mesa, mientras escribo esto— Entonces ¿merece o no merece la pena leer Neuromante? ¿Es sólo pasto de cables, puro alimento cyborg y fúngico para pseudo-filósofos del desquicie y obsesos del cyberpunk tan adictos al duelo como a los estimulantes? No lo tengo nada claro. La objeción, creo, podría ser la siguiente: si es alimento para filósofos y otros filósofos ya lo han analizado ¿por qué demonios no nos recomiendas leer directamente a esos filósofos? A eso habrá que sumar, lo reconozco, que tampoco encontrará el lector en esta novela placer estrictamente literario. ¿Por qué creo, entonces, que todavía merece la pena seguir leyéndolo? Porque las preguntas que se le pueden hacer al texto no se han agotado. Los desafíos al pensamiento que produce, siguen, si no vigentes, vigentísimos. A todo ello hay que sumar que Apple TV ha anunciado una serie basada en la novela para enero de 2027.
Pero antes de eso, y como no podía ser yo menos que esos filósofos del desquicie, no he podido resistirme a formular, también, mi propia pregunta al libro de Gibson: ¿podría ser Neuromante el puente que une materialismo gótico y hauntología? Estas dos ramas del pensamiento fisheriano no han sido, todavía, o eso me parece a mí, adecuadamente conectadas. Veamos si soy capaz de convencer, primero, de la pertinencia de su lectura —antes de su estreno en el streaming— y segundo, de la hipótesis, que alegremente, acabo de arrojar.
La novela empieza así:
«El cielo sobre el puerto era del color de un canal desintonizado en la pantalla de una televisión.–No estoy enganchado –le oyó decir Case a alguien mientras se abría paso a empujones por entre la multitud hacinada junto a la puerta del Chat–. Es que mi cuerpo tiene déficit de drogas y hay que compensar»
A los fascinados por el cyberpunk no hará falta convencerlos porque el cyberpunk nace con esta declaración. Con un cielo glitcheado y una multitud caliente en Chiba —Japón— buscando droga. Escrita en 1984, la historia no podía ser de otro modo: Henry Case es un vaquero de consola, un drogadicto macho y cínico que con apenas veinticuatro años ya se ha malogrado a causa de una neurotoxina rusa que le ha dejado el cerebro hecho escombro. Apenas sobrevive al día a día, trapichea en Ciudad Nocturna, se droga con speed y octógonos, vende alijos de ketamina, busca prótesis y nuevos parches para sus problemas nerviosos. Con la pulsión de muerte por las nubes y las nubes color VHS en ese cielo glitch, no resulta nada difícil observar cómo su vida se dirige al precipicio. Es después de la presentación de esta atmósfera, absolutamente innovadora en su momento, y del protagonista, Henry Case, cuando se inicia la trama. Case es interceptado por una mujer, Molly y una figura altamente misteriosa: Armitage. Su prototipo le hace perfecto para la misión secreta de hackeo que le proponen estas intrigantes figuras: «eres un suicida, Case, El modelo te da a lo sumo un mes. Y nuestra proyección médica dice que necesitarás un nuevo páncreas dentro de un año» (p. 19). La suculenta oferta que recibe Case por parte de Armitage consiste en arreglar su desaguisado neurónico ¿Quién no aceptaría? ¿Quién no se las vería con la policía Turing por un nuevo páncreas? Yo no tardaría ni un segundo en aceptar. Case, sin embargo, duda más, pero pese a sus reticencias, acepta y aunque es arreglado, con páncreas nuevo incluido, Armitage, le tiende una trampa a modo de saquitos de toxina que le obligan a vérselas sí o sí con el hielo negro de la matrix (ese nuevo páncreas tiene bolsas tóxicas que se pueden activar si Case desobedece) El hielo negro es una suerte de firewall matérico capaz de quemar la carne de aquellos que intentan adentrarse en los lugares más vetados de este espacio. Case es contratado para una peligrosa misión entre el ciberespacio y el mundo real. El ciberespacio es:
«Una alucinación consensual experimentada diariamente por billones de legítimos operadores, en todas las naciones, por niños a quienes se enseña altos conceptos matemáticos… Una representación gráfica de la información abstraída de los bancos de todos los ordenadores del sistema humano. Una complejidad inimaginable. Líneas de luz clasificadas en el no-espacio de la mente, conglomerados y constelaciones de información. Como las luces de una ciudad que se aleja..» (p. 69)
Considero que la clave, en esta descripción de Gibson, es la secuencia de palabras «no-espacio de la mente» y «alucinación consensuada». Lo que voy a defender es que tanto el espacio de la matriz como el espacio de Backrooms son afueras radicales inmanentes. Entendedme ¡Esto es una declaración, un manifiesto urgentísimo contra la psicologización de Backrooms! ¡Y una anticipación para que no se haga lo mismo de la matriz o del ciberespacio! Porque es, a mi juicio, en ese no-espacio donde se produce la plataforma perfecta para una convergencia entre materialismo gótico y hauntología.
Como no soy esa clase de sinvergüenza que lanza conceptos y luego no se responsabiliza, mi intención es detenerme en estos tres: hauntología, materialismo gótico y afuera radical. Empiezo, claro, por el último ¿Qué es ese afuera radicalmente inmanente? Desde luego, para mí no es una proyección psicológica organizada por el Edipo ¡Hace ya mucho que estamos cansados de Papá y Mamá! ¡Y de la organización del trauma en torno a esto! Por eso no deja de ser tan desalentador reducir el mito digital de lo siniestro que es Backrooms al complejo de castración de un vendedor de muebles: «Pero la resolución definitiva que Freud da al enigma de lo unheimlich —su afirmación de que todo se puede reducir al complejo de castración— es tan decepcionante como cualquier desenlace manido de una historia de detectives de pacotilla» (Fisher, 2018, p 11). El Afuera radical es, como diría Land, la madriguera, la vía para la infección, el agujero de gusano codificado en el interior mismo de la realidad material, biológica y técnica, como tendencia a la autodisolución. Es el proceso de la materia deshaciendo las formas estables que la organizan (la mente, el yo, el organismo, el capital) ¡Pero es inmanente! Y eso quiere decir que no existe una vía trascendental de acceso —la matriz, los backrooms, están aquí mismo— de otro modo sería imposible encajarlos con el materialismo gótico: «no hay sujetos, tan solo hay materia sujeta a debate» (Fisher, 2022, p 97)
Por eso es urgentísimo, para esquivar la trampa de Edipo y la psicologización, decir que ese «no-espacio» del que habla Gibson, también se ve representado en el no-espacio o no-lugar del Backroom y por el horror epistemológico que encontramos también en la novela de Stanislav Lem, Solaris. Edipo sirve para organizar, por eso no cabe allá, no hay lugar para el conservadurismo del complejo de Edipo en un no-espacio donde las coordenadas del sujeto humano colapsan. Pero lejos de poder ser interpretado como un lugar físico —tampoco Backrooms debería ser interpretado así— la matriz en Neuromante se parece más a una zona de intensidad. Zona de flujo donde el «yo» se desintegra en el proceso maquínico. La primera lectura de Backrooms, la más inquietante, la que nos expone directamente a la Kenopsia —a modo de definición veloz, por Kenopsia se puede entender: atmósfera triste, extraña o de inquietud que se siente al ver un lugar vacío que normalmente está lleno de gente— nos presenta este creepypasta como algo más cercano a un siniestro inhumano —con disolución del sujeto incluido— que a los traumas infantiles de un vendedor de muebles. No voy a desarrollar esta hipótesis —al menos no aquí— todo lo que desearía pero creo que es mucho más fértil en lo filosófico escapar del reduccionismo edípico y considerar estas tres obras como puestas en escena de la tesis anti-correlacionista de Meillassoux. Esto es, soy consciente, muy debatible. Pero si me dejo atrapar por la lenta y sedosa especulación, termino por ver que cada una, a su modo, encarna un poco la tesis anti correlacionista. En Solaris, el océano es la materia pensante que no admite reducción a la correlación sujeto-objeto —por eso la solarística fracasa permanentemente—. En Backrooms, el espacio mismo se presenta como un entorno radicalmente no correlacional, una realidad sin espectador previsto. Los neófitos que hayan asistido al cine objetarán: «pero si todo el rato los vemos a través de los ojos de Clark o de la psicóloga», pero eso es justamente lo que interrumpe la kenopsia y los psicologiza: «la experiencia perturbadora de ver un lugar que por lo general está lleno de gente y de ruido, pero que de pronto se encuentra vacío o en estado de abandono. La falta de presencia humana sigue siendo así una característica definitoria» (Tanni, 2026, p. 129). Y en último lugar, en Neuromante, la IA produce un espacio que, siendo inmanente a la trama digital, deviene un afuera donde el pensamiento humano pierde todo privilegio y la lógica que se impone es la de la fusión Wintermute/Neuromante, que es capaz de llegar a un sitio que al superar el sistema de seguridad humano supera también el correlacionismo —que no deja de ser para mí un vestigio de antropocentrismo—.
Si me he perdido por sendas aliens y cyborgs de la mano de Quentin Meillassoux no ha sido solo por capricho. Ha sido porque en los tres casos, lo que está en juego, me parece, es este Afuera Radical inmanente. Entendedme: si digo inmanente, lo digo porque no hablo de un exterior ubicado más allá de lo real. De lo que hablo es de una fisura. O mejor dicho: del pliegue. Hablo del pliegue que se abre en el seno mismo de lo real y revela una región del ser que no se deja atrapar por la correlación. Así, estas ficciones no sólo ilustran la crítica al correlacionismo, sino que imaginan los modos en que un mundo puede contener su propio Gran Afuera sin necesidad de recurrir a una trascendencia dogmática. Afirmación que es fundamental, fundacional, ineluctable para un materialista gótico.
Kane Pixels lo ha hecho bien. Ha hecho lo que ha podido. Y es un grandísimo conocedor del lore (ha fundado hasta su propio canon). Y aunque merece toda la admiración del mundo por su trabajo, todo hay que decirlo: se le ha colado Edipo. Se le ha colado justo por la «habitación trasera». Pero es que lo mismo le pasó a Solaris con Tarkovski ¿no se puede leer la escena final y toda la historia con el padre como una vuelta más —otra más— a Edipo? Si Backrooms es un no-espacio mental, la IA se desarolla en Neuromante como proceso esquizofrénico. Aquí me acerco, peligrosamente, al repudiado mefistófeles de la anfetamina —Land— que en Colapso nos advierte sobre la inhumanidad de la inteligencia artificial como proceso cósmico que la humanidad incuba pero que terminará por excederla: «nada humano sobrevivirá al futuro». Hablamos, pues, de un afuera que se pliega sobre el sistema —el mítico sistema de seguridad humano— desde dentro para desmantelarlo. Ese es el afuera radical inmanente. Y es a esto a lo que se juega también en Backrooms o en Solaris.
Hiperstición y cajanegrización
Ahora toca hablar de un clásico de la CCRU: la hiperstición. Como sucede con la matriz (la matrix), la palabra ciberespacio es inventada en este libro. Ambas son un buen ejemplo de hiperstición. ¿Qué es esto? Toscamente: una profecía autocumplida, una supuesta «superstición» que al superar su propia barrera se autoactiva y deviene realidad. En realidad, la palabra superstición no le hace justicia en absoluto. De forma más precisa, podríamos decir que es un circuito de retroalimentación positiva que incluye a la cultura como componente. En este caso, tanto, matrix (la de Neuromante, no la de las hermanas Wachowski) como ciberespacio son hipersticiones en sentido fuerte. Y si es así, es porque, como dice Nick Land, pueden ser definidas como la tecnociencia experimental de las profecías autocumplidas. Si esto no es suficiente para convencerte de que abras el libro, déjame plantear algunas preguntas que conecten la hiperstición con el presente ¿Terminará la inquietante teoría conspirativa del internet muerto convirtiéndose en hiperstición? ¿Qué implica que Backrooms haya pasado de ser un creepypasta oculto en 4chan a un fenómeno audiovisual tan masivo? ¿Qué hará Sam Altman, el Viktor Frankestein de nuestro tiempo, con ese «desgraciado» que es OpenAl cuando se convierta, según afirma el propio CEO, en un genio de la lámpara? En Neuromante, algunas IAs, como Wintermute, ya tienen nacionalidad. Pero es que: ¡tienen hasta fuerzas de seguridad propias destinadas a vigilarlas! La policía Turing se encarga de la vigilancia de IAs. ¿Cómo de lejos estamos de una policía como esta?
Si Neuromante resulta tan inquietante de leer, es porque es otra prueba más de cómo la ciencia ficción está deviniendo realismo. Antes orillada por la Gran Narrativa, hoy es ineludible para cierto tipo de novelas que estéticamente van dando forma a un tipo de arte que combina la clásica categoría de lo siniestro con el entorno digital —como sucede, indudablemente, con Backrooms—. Muchas novelas, que difícilmente podrían ser categorizadas como ciencia ficción por las editoriales que tienen que venderlas, claramente integran referencias a la IA, y lo hacen de un modo tan cotidiano, como Proust podía hablarte de los espárragos caleidoscópicos de su criada Françoise.
No se trata de una avalancha de ensayos que hablan sobre aceleracionismo sobre tu cráneo —qué patético sería morir de este modo— «Cajanegrización», es, en palabras de Latour: «el camino mediante el cual el trabajo científico o técnico se vuelve invisible a causa de su propio éxito». En Neuromancer, aunque la IA está integrada, regulada y controlada, se resiste a su completa cajanegrización porque —como en la actualidad— plantea desafíos demasiado siniestros a temas como la identidad, la naturaleza de la realidad y la conexión humana en un mundo cada vez más digitalizado: «La lucha principal en Neuromante tiene como fin prevenir que las IA lleguen a ser VA completamente desarrolladas. De suceder esto, sobrepasarían el límite de todo control humano y se convertirían en adversarios de la humanidad verdaderamente formidables» (Sim, p. 69) y «Para los seres humanos este es un panorama que atemoriza. A la vez se presenta como uno que, incluso en el poco tiempo que pasó desde que Gibson escribió Neuromante, se ha vuelto significativamente cercano a la realidad. Es innegable que aguardamos el día del «artilecto» con algo de estremecimiento» (Sim, p. 69). Por artilecto, De Garis, entiende sistema ultra complejos de inteligencia artificial que ya han dejado muy atrás la inteligencia humana. Y VA es: vida artificial independiente del ser humano y que evoluciones de alguna manera reconocible. Es esto lo que está en juego cuando se produce la fusión Wintermute/Neuromante.
Sobre la cajanegrización cabe decir que no solo tiene que ver con el hecho de que las tecnologías, se nos aparezcan como siempre ahí, es decir, como si siempre nos hubieran acompañado, como si fueran nuestra propia piel —el horizonte biónico—. Además, también tiene que ver con su propia invisibilización en sentido físico, tecnología más oculta, más nubosa y blanca, menos negra, gótica y cableada. Algo así como Apple vs Terminator. La tecnología actual quiere ocultarse, volverse invisible, no penetra abiertamente con sus tentáculos y cables los cuerpos, ni tiene diseños punkies como los artrópodos insectoides de Matrix (ahora sí, la película) o los cables y chips de Neuromante o Mewtwo en la primera película de Pokémon. La cajanegrización implica en cierto modo una descorporeización de lo tecnológico, la nube y lo inalámbrico frente a precisamente el alambre, lo alambicado que funcionaba como una vena o arteria en flujo dando el aspecto de un tejido de carne cibernética.
Materialismo gótico y hauntología
Dice Fisher «si el ciberpunk, puede funcionar como un nuevo realismo como Jameson, por ejemplo, ha sugerido-es porque mapea la convergencia de las narrativas de terror y ciencia ficción en el mismo capitalismo tardío» (Fisher, p. 86). Neuromante reúne mucho, demasiado diría, del gótico. Como en Frankenstein, en Neuromante también se da cierta participación contra natura, aunque cabe recordar que Frankenstein, tal como acertadamente vio Haraway, todavía no ha pronunciado el mamá-papá-ya nada de Artaud, que claramente sustituye a la madre por la matriz (es decir, hay Edipo todavía en el desgraciado, en tanto que quiere replicar el orden familiar aunque no sea el de su «padre» Viktor con una pareja que el propio Viktor le fabrique) mientras que las referencias constitutivas a la infancia de Case son bastante escuetas. Case es casi un vector, un flujo entre máquinas deseantes, un buen maestro de la síntesis conectiva pero también de la disyunción. Lo que hace con Armitage y luego con Wintermute es ¿un pacto demoníaco? ¿algo fáustico? Es difícil afirmarlo, aunque también Case está sumido en el tedio cuando llega a… No diré más. En síntesis, Neuromante es el mejor ejemplo de la temática ineludible del materialismo gótico: fuga hacia lo inhumano y despliegue de lo orgánico en lo inorgánico. Maquinaria sintiente. Alucinación consensuada. El materialismo gótico se funda de hecho en una expresión que debemos a Neuromante: flatline.
Por materialismo gótico entiendo: la constatación de un plano inmanente en el que la distinción entre lo vivo y lo no vivo deja de operar con claridad. El continuum inorgánico, provincia gótica, vendría a ser el plano que atraviesa la distinción entre lo vivo y lo no-vivo, lo animado y lo inanimado. No hay, pues, fronteras tajantes: «la muerte viviente o des-muerte, por supuesto, no designa el estado opuesto a la muerte, es decir, la vida, más bien es el equivalente al concepto de vida muerta o des-vida» (Fisher, p. 115). La hauntología, el término hauntology, acuñado por Jacques Derrida en Espectros de Marx, designa la presencia de lo ausente, el retorno de lo que ya no está ¿Cómo? Bajo la forma de espectro. Derrida señala que: «asediar no quiere decir estar presente, y es preciso introducir el asedio en la construcción misma de un concepto» Veamos ahora como podrían conectarse estas dos corrientes en los últimos pasajes de Neuromante, lo que nos ha de conducir, sí o sí, hacia una hauntología digital y electrónica.
La figura que espera a Case es una representación construida por la IA, una extraña fusión (Neuromante/Wintermute) que usa la imagen de Linda Lee, su ex novia muerta que es asesinada de un navajazo en el cuello en una escena muy fría y ambigua. En el clímax de la novela, después de la fusión de estas dos inteligencias artificiales, Case entra en una simulación y esta simulación funciona de un modo preciso: como un espacio no-mental pero emocional y digital que suspende la temporalidad y la desquicia: «Este predicado dice algo del tiempo y lo dice en el tiempo del verbo ser (The time is out of joint), pero si lo dice entonces, en el pasado simple, una vez en el pasado ¿cómo puede aquello valer para todos los tiempos? Dicho de otra manera, ¿cómo puede volver y presentarse, nuevamente, de nuevo, como lo nuevo» (Derrida, p. 63). El espectro que reaparece en este espacio es, como decía, la amante muerta de Case, Linda Lee. Y sin embargo, no deberíamos confundirnos, porque este entorno, que también como el backroom, aparece como un entorno inquietante y repetitivo, no ha sido diseñado por Linda Lee como tal, ni siquiera es Linda Lee —como pasa con los seres que aparecen en Backrooms— en un sentido psicológico o mental y tampoco es la representación de que de Linda Lee tiene Case—igual que tampoco de Harey en Solaris— pues no es Linda como personaje consciente, quien diseña esto, sino la IA, es decir, se trata como en el caso de Backrooms de un espacio inhumano concebido para el duelo. La IA, que se encuentra aquí en su versión fusionada Wintermute/Neuromante, diseña este espacio inhumano. Este espacio es diseñado de este modo porque sirve para facilitar la comprensión y resolución emocional de Case, que solo podrá salir de ahí una vez superado el duelo: «El duelo consiste siempre en intentar ontologizar restos, en hacerlos presentes, en identificar los despojos y en localizar a los muertos» (Derrida, p. 23). Es el mismo tipo de operación hauntológica que hace el planeta Solaris con Kelvin. El duelo de Case implica el sacrificio cyber espacial de pedazos, de restos de identidad. El duelo funciona, siempre, como una pequeña muerte en vida. Si este espacio virtual representa un tipo de Backroom emocional es porque es un loop fuera del tiempo donde lo perdido (Linda, el amor, la identidad) se presenta como imagen sin sustancia. Insisto: los lectores de Solaris reconocerán, muy fácilmente, a Harey en Linda Lee. Lo importante de esto es que el duelo siempre tiene algo de inhumano porque estas muertes terribles trascienden a la humanidad en su completitud. Me parece, aunque podría estar equivocadísimo, que es a esto a lo que apunta Meillassoux en Dios por venir, duelo por venir. En sus diálogos con Case hay una dulzura artificial, una calma que no era propia de la Linda real, que era una mujer rota y desesperada. Esta Linda es serena. Sospechosamente serena. Es la imagen de lo que Case habría querido que fuera pero no de lo que fue. Pero, a su vez, tampoco es una proyección de Case. Quiero decir: Case nunca tuvo la agencia, Clark en Backrooms nunca tuvo la agencia ni Kelvin ante Solaris, porque: «no hay sujetos, tan solo hay materia sujeta a debate». Es por esto que la agencia pertenece a la IA, a Solaris, a Backrooms. La que se representa en esas plataformas «xeno-góticas» no es mero un contenido mental del humano que entra en los espacios liminales.
Linda es como un fantasma simulado. Linda es la interfaz de lo que ya no puede volver. Linda es aquello que puede decirse que es un tipo de cierre espectral. Case, incluso después de reconectarse al ciberespacio no la recupera. Ella no está viva pero tampoco está muerta; no es exactamente real aunque lo parece y aparece, desaparece, reaparece. Y el propio Case se encuentra en muerte cerebral o por utilizar la expresión de Gibson «flatlined». Así que, por ir cuadrando ya el círculo, que me he extendido mucho más de lo previsible para llegar aquí, la conexión fundamental entre hauntología y flatline -materialismo gótico- radica en que, al menos en Neuromante, la flatline gótica actúa como el escenario donde los fantasmas de la hauntología cobran vida. Se trata, pues, de un espacio liminal y colapsado, donde la distinción entre la vida y la muerte queda disuelta. La flatline gótica crea el entorno perfecto para lo hauntológico, que se define precisamente por la existencia de espectros atrapados entre el ser y el no-ser. Fisher encuentra la manifestación perfecta de esta relación en Neuromante porque el personaje de Dixie Flatline es una entidad puramente hauntológica, la conciencia de un hacker muerto que persiste como una simulación informática en el ciberespacio. Es un «fantasma en la máquina», un fantasma que habita la zona de indiferenciación que describe la flatline gótica. Esa zona de indiferenciación, prueba en efecto, otra de las tesis fundamentales del materialismo gótico, la existencia del «continuum inorgánico» que con temeridad podemos ya expandir a Backrooms y a Solaris. En ninguno de estos casos se especula con una trascendencia de la materia, si algo no se puede dudar del planeta océano Solaris y de Backrooms es su carácter material e inmanente. En este espacio, los elementos del pasado (ruinas, estéticas, futuros fallidos) no desaparecen, más bien: circulan y se reactivan como manifestaciones hauntológicas, en un proceso que recuerda a la imagen del capitalismo como un vampiro que succiona la vida —el trabajo vivo— para convertirla en un valor espectral.
Espero que estas divagaciones hayan generado en el lector el interés y la curiosidad, sino literaria, al menos filosófica por la novela Neuromante. Por mi parte me retiro, a la madriguera, al ataúd, al Backroom —estoy a segundos del noclip— pero no antes sin una avalancha, tan excesiva como innecesaria, de preguntas retóricas:
¿Serán los espectros del futuro fantasmas digitales perdidos en la proliferación de Backrooms? ¿No es ya por ejemplo afirmar que el vaporwave is dead un fantasma electrónico? ¿Qué hay de los haunted media? ¿Nos llena la cabeza de fantasmas eléctricos la música de Burial o The Caretaker? ¿Son los espectros por venir ecos construidos y reconstruidos en una nostalgia digital que vuelve como vuelve la música de la adolescencia, rara y enloquecida, infiltrada en TikTok que desconocen su procedencia? ¿Qué nos está mirando, en este momento, como mira Hamlet a la calavera?


