Otro sueño americano

Cuando Paul Thomas Anderson adaptó en 2014 Inherent Vice, tal vez una de las novelas más accesibles de Pynchon, hizo una lectura bastante literal del texto, que, paradójicamente, quizás resultaba menos pynchoniana en su forma y tono. Sin embargo, aunque One Battle After Another traiciona muchos de los elementos esenciales de la historia que versiona, consigue sumergirse en el imaginario del autor de forma más completa.

El filme toma de la novela únicamente su armazón narrativo elemental: el exhippie Zoyd Wheeler (convertido aquí en Bob, interpretado por Leonardo DiCaprio), su hija adolescente Prairie (rebautizada Willa, Chase Infiniti) y la madre ausente Frenesí (Perfidia, Teyana Taylor), antigua militante absorbida por el sistema. La irrupción del fiscal federal Brock Vond (Coronel Lockjaw, Sean Penn) reabre el conflicto entre deseo, poder y traición que ya estructuraba la novela. No obstante, las correspondencias se agotan en este nivel. Anderson reconfigura el contexto histórico, el tono político y el estatuto moral de los personajes, desplazando la reflexión sobre la desintegración de la contracultura —central en Vineland— hacia una meditación sobre la temporalidad de la revolución y sus residuos en el presente contemporáneo.

Para empezar, en OBAA no queda claro en qué momento histórico operó la organización rebelde French 79, pero el presente (con una Willa de dieciséis años) parece la actualidad. Sin embargo, en Vineland, los años revolucionarios son los sesenta, mientras que el presente narrativo se desarrolla bajo el reaganismo (lo cual no es accesorio, pues podría considerarse que el objetivo crítico de la novela es justamente el reaganismo). Además, en la novela de Pynchon todo es menos heroico: Zoyd jamás puso bombas ni lucho contra nadie, es un trasnochado que en su juventud vivió una contracultura sin política, más ligada a la música y las drogas que a la acción directa, y que ahora sobrevive gracias a los subsidios del mismo Estado que decía odiar. Por su parte, la lucha de Frenesí es más estética que política y jamás fue puesta entre la espada y la pared: si se enamoró de Brock Vond y traicionó a sus compañeros trabajando como agente doble, fue por propia voluntad. Así, los protagonistas de la novela representan, cada uno a su modo, el fracaso de la revolución, domesticada por el capitalismo hasta convertirse en inane. Esta diferencia de óptica se ve con claridad en el papel que tiene la paranoia: los protagonistas de Pynchon son paranoicos sin motivo, mientras que los de PTA sí tienen motivos para ser precavidos. Los personajes de Pynchon tienen códigos tan delirantes como los que se retratan en la película, lo que no tienen es posibilidad de usarlos, pues a nadie le importa lo que hagan .

Para seguir, la cuestión racial no se trata del mismo modo en Vineland que en la película. Podría decirse que, si el tema está presente en la novela, es de forma alegórica. El nombre de la población ficticia en la que arranca la trama procede de Vinland, el asentamiento vikingo en América, primera pieza de un relato colonial que conforma la identidad estadounidense, lo cual es quizá una metáfora de que, aunque sus habitantes crean que forman parte de una contracultura, no son otra cosa que la realización cómplice del sueño civilizatorio americano (aunque un espacio más amable, el último reducto del hippismo). Sus habitantes tienen incluso un alter ego siniestro en la novela, los tanatoides, seres entre la vida y la muerte adictos a la televisión que no aparecen en la película. Aunque en la novela de Pynchon só hay personajes que muestran los restos vivos de la historia violenta del país (como Takeshi Fumimota o el dúo de Vato y Blood, tres personajes que en pantalla se condensan en pantalla en el personaje que interpreta Benicio del Toro), estos son secundarios y nadie «lucha» por nada en realidad, al menos ya no.

Sin embargo, la colonización es un tema recurrente en Pynchon, aunque el lugar en el que resulta más evidente no es en Vineland, sino en el Arcoiris de Gravedad. De hecho, mientras veía la película, tuve la impresión de que Anderson quería recoger elementos de Arcoíris (una novela que probablemente nunca se atreverá a adaptar, y en la que la supremacía blanca y la fetichización negra tienen un papel central). Este es solo uno de los préstamos que Anderson coge de su obra magna: aunque el protagonista masculino es, como en muchas novelas de Pynchon, un hombre que no entiende el mundo que lo arrastra —un secundario paranoico que se cree protagonista—, el de OBAA recuerda más a Slothrop, el protagonista del Arcoiris, que a al de Vineland: lo llaman «The Rocket Man», como en Arcoiris, y hay escenas que pertenecen claramente a su universo, como cuando escapa a través de un retrete apestoso, una de las secuencias más célebres de la gran obra de Pynchon. Otros detalles menores (como la erección de batalla, el sexo mientras cae la bomba, el cuartelillo navideño o la referencia a unas tortitas de plátano) se suman a la lista de referencias cruzadas al Arcoiris, aunque quizás la más llamativa sea justamente el título de la película, una referencia sutil a uno de los pasajes más célebres de GR: «No debe olvidarse que el verdadero negocio de la Guerra es comprar y vender. […] La naturaleza masiva de la muerte en tiempos de guerra es útil en muchos sentidos. Sirve de espectáculo, equivale a maniobras de diversión de los verdaderos movimientos de la Guerra. Proporciona materia prima que será registrada por la Historia para que esta pueda ser enseñada a los niños como un encadenamiento de violencias, de una batalla tras otra».

En este sentido, aunque Anderson realiza un ejercicio profundamente pynchoniano en las formas y la estética de la película, diría que su crítica política y social difiere de la de Pynchon. En OBAA sí hay un canto a la potencia revolucionaria perdida, una nostalgia por aquella energía colectiva que puso en jaque al sistema, mientras que en Vineland (y también en Gravity’s Rainbow), Pynchon más bien parece señalar que toda revolución está condenada a ser absorbida por el poder. La historia humana, sugiere, no es más que una sucesión de batallas, una tras otra, en las que los triunfadores dejan tras de sí una ristra de cadáveres y traumas irredentos.