Hasta hace bien poco, y sobre todo en entornos familiares, era común asociar la neurodiversidad con el silencio. El acuerdo tácito por no nombrar ciertas afecciones parecía, incluso, una forma de cortesía o respeto, una manera de reconocer la diferencia que pasaba por su asunción orgánica dentro de un marco de protección impuesto al sujeto neurodivergente. Esa capa construida con elusiones bienintencionadas y mutismo, que pretendía salvar de la violencia externa, allanó sin duda el camino de la marginalidad. Dicha la tendencia, sin duda dañina, se ha intentado corregir en las últimas décadas con un firme pulso racional-científico que pasa por la eliminación absoluta del silencio: es la visibilización de la patología, o su hiperverbalización (en terapia, en el diagnóstico, en las investigaciones) lo que constituye el epicentro del debate de masas sobre neurodivergencias. Tanto es así que es común escuchar en grupos de izquierdas que el mundo está gobernados por locos, que Isabel Díaz Ayuso (apodada IDA), Javier Milei o Donald Trump justifican su poder, su ambición, su falta absoluta de escrúpulos, con una supuesta neurodivergencia radical, que se conjuga con el estado del mundo, desquiciado y sin arreglo. Mientras, el militante izquierdista común sigue anclado en un inalterable vigor neuronormativo, haciendo gala de un racionalismo materialista que se traduce en firme extroversión, capacidad oratoria, confianza absoluta.
Sí, hay muchas cosas que están mal en el activismo de izquierdas. Y aún más cosas que erran continuamente, o directamente hieren, en los lugares comunes del viejo votante comunista. No todas tienen que ver con la salud mental, pero casi todas la tocan tangencialmente. Por esa razón, un libro como El imperio de la normalidad (Caja Negra, 2025), escrito por el filósofx autista (y marxista) Robert Chapman, es todo un evento. Entre otras muchas cosas, Chapman ataca a uno de esos lugares comunes en los que la izquierda mora tan plácidamente: la antipsiquiatría. Más allá de las raíces profundamente libertarias de su fundador, Thomas Szasz, los postulados de la antipsiquiatría que más calaron en la izquierda —esto es, la negación de toda enfermedad mental, el rechazo a los tratamientos, la integración de toda neurodivergencia en un paradigma eminentemente social— han conducido, sostiene Chapman, a evaluar la neurodiversidad como una fantasmagoría, ignorando de lleno el análisis materialista, que nos llevaría, en cambio, a trazar una consistente relación entre las exigencias del capital y la neuronormatividad. Al auparse en un materialismo orgulloso e ingenuo —tachando de invención toda enfermedad mental—, ciertos marxistas rehusaron adecuarse a un análisis materialista de la historia, ese que demuestra, tal y como lo hace Chapman, que la relación entre «salud» y «normalidad» no es natural, sino una construcción moderna que se acentúa con el desarrollo de las fuerzas productivas.
Chapman ofrece una reconstrucción de la historia del capitalismo centrada en la neurodiversidad. Su interés pasa por señalar el desarrollo de la opresión a la neurodivergencia en relación con la opresión de raza o de clase, expandiendo así el dominio operativo de la teoría marxista, sin pasar por alto las consecuencias de sus conclusiones y juicios ingenuos, instalando de lleno la duda en el corazón de la ortodoxia materialista. Argumenta Chapman que, en el mundo hipocrático, la particular visión de la salud como armonía (basada en las teorías de los humores) disminuía el peso de las «discapacidades», entendidas a menudo como castigo o regalo divino, en todo caso como una alteración del orden armónico, pero no como un «error» o un «fallo» en un sistema, como se llegaron a entender más tarde. Será la incorporación de la visión mecanicista del cuerpo, que fomenta el desarrollo y evolución de la medicina moderna, la que enmarque la salud en paralelo al paradigma de la «normalidad», del que participa también la comprensión del sistema productivo. Lo insalubre, lo enfermo, lo marginal, ya no sería algo inarmónico o desequilibrado, sino algo improductivo o disfuncional. Funcionalidad y normalidad operan como elementos absolutamente esenciales para el desarrollo del humano moderno, de su entorno y sus relaciones.
El hombre promedio, construido por el matemático Quetelet a medidados del siglo XIX, ya incorporaba el elemento de la normalidad como factor diferencial. Y, por supuesto, incluía la normalidad mental. Esta normalidad mental se fue fusionando, explica Chapman, con la ideología capitalista y colonial «prometiendo ofrecer una base supuestamente objetiva para naturalizar las jerarquías cognitivas, económicas y raciales que ya habían empezado a surgir en siglos anteriores». Así que el «imperio de la normalidad» viene a servir de baluarte argumental para dotar de fuerza ilimitada a la racionalidad instrumental, al funcionalismo más salvaje. Los hospitales psiquiátricos, pero también las instituciones penitenciarias, y, más tarde, gran parte de los productos culturales de masas, harán gala de este mandato. La importancia del mandato de la normalidad no es meramente clasificatoria o nominativa, porque sus consecuencias se vincularon con el nacimiento de la ciencia eugenésica.
Fue Francis Galton quien ayudó a naturalizar, con afán objetivista, la ideología de la neuronormatividad. El ideal clasificatorio de Galton lo condujo a desarrollar la eugenesia como ciencia correctiva y anticipatoria al desequilibrio poblacional, en sus propias palabras una «ciencia para mejorar el stock (…) para dar a las razas o cepas sanguíneas más adecuadas una mejor oportunidad de prevalecer». Con ello, Galton buscaba corregir la desviación de la normalidad, idealizando un mundo en el que las mentes eminentes (europeas, masculinas, blancas, de clase alta) dominaran sobre las «desviaciones del promedio» (indígenas, africanos, neurodivergentes). En fin, una justificación seudocientífica para dotar de mayor musculatura al imperio británico. Y la psiquiatría moderna, impulsada por Emil Kraepelin, amplió el paradigma galtoniano con el fin de «dividir los trastornos mentales en diferentes tipos y niveles de funcionamiento subnormal, con foco en la herencia, la gravedad, el desarrollo y el resultado a lo largo de la vida» que trajo una expansión de las políticas eugenésicas en el periodo de entreguerras.
El horror nazi desactivó la voluntad eugenésica que muchos filósofos, políticos y activistas liberales habían defendido sin moderación en las primeras décadas del siglo xx. Pero, a pesar de la reducción de los impulsos higienistas, el paradigma de la normalidad no se ha modificado. El movimiento antipisquiátrico liderado por Szasz, como explica Chapman, convirtió la negación de la enfermedad mental (y con ello, la lucha por la liberación del yugo del manicomio) en una cuestión de responsabilidad moral. De ahí procede buena parte del silencio familiar al que, al menos en España, hemos estado acostumbrados. El argumento antipsiquiátrico de Szasz, dice Chapman, fue, en realidad, una anticipación del neoliberalismo salvaje: la idea de que el paciente es un mentiroso moralmente débil, que simula su dolencia (pues la enfermedad no existe) con el fin de aislarse de sus responsabilidades individuales, dota al individuo de una capacidad de libertad de elección absoluta. Aunque de facto, para Szasz, la depresión o la esquizofrenia no existían, su traducción social se vinculaba de lleno con la disfuncionalidad. Si la eugenesia atajaba de forma violenta y criminal el problema de la población «sobrante», la antipsiquiatría libertaria ofrecería una solución similar al conceder al individuo una libertad absoluta en un marco de rendimiento, competitividad y funcionalismo que se naturaliza con el fin de generar una distinción férrea entre sujetos responsables (funcionales) e irresponsables (sobrantes).
Pero Chapman no se queda en el marco de las disputas entre psiquiatría y antipsiquiatría. Sugiere que las lógicas neuronormativas rebasan la institución psiquiátrica: son una parte fundamental de la subjetivación del sujeto colonial moderno. Hay muchas formas de empujar a los sujetos a la normalidad o a la marginación, y no todas incluyen la violencia psiquiátrica. El paradigma de la normalidad se reconoce también en la publicidad y en la pedagogía, pero sobre todo, argumenta Chapman, en la estandarización de los antidepresivos, que, de la mano de la desarticulación de los servicios sociales del Estado, descomplejiza y descontextualiza la depresión, entendiéndola como un desequilibrio químico que diferencia a unos y otros pacientes solo en la adecuación a una dosis más alta o más baja de escitalopram o fluoxetina. A esta concepción del trastorno psiquiátrico como afección médica estandarizada contribuyó el desarrollo del DSM-III, en el que el trastorno mental se define como «disfunción» individual ya sea conductual, psicológica o biológica.
La retórica de la funcionalidad permite entender todos los diagnósticos en alza de enfermedades como el autismo, la depresión o el TDAH. El posible exceso de diagnósticos proporciona, a su vez, un marco legítimo para desconfiar de la psiquiatría y de la existencia de tales enfermedades, pero ignora las bases sociales de estas. Como explica Chapman:
Desde los años noventa y dos mil especialmente, el espectro ha estado expandiéndose continuamente mientras que un porcentaje cada vez mayor de la población no alcanza las capacidades sociales, comunicativas y de procesamiento sensorial que requiere la nueva economía. El diagnóstico amplificado de autismo se ha aplicado directamente a las personas a las que se les impide trabajar en las economías de servicios de la era posfordista.
Hay, pues, un error de bulto que tiene que ver con la cronología del diagnóstico. Pues son el ritmo acelerado de la información, el bombardeo constante y excesivo de estímulos sensoriales, la exigencia de sociabilidad constante, en fin, mandatos de la nueva economía emocional, los elementos que convierten en «discapacidad» la inadecuación. El marco económico (a pesar de estar en continuo cambio) se naturaliza como sintaxis del diagnóstico, lo que acarrea un número exponencial de «discapacitados» (no-eficientes), cuyos rasgos muchas veces son cuestiones que otrora se consideraron benignas: la timidez, la falta de «resistencia al cambio», el bajo rendimiento laboral, la falta de concentración, etcétera. Como el mandato económico estructura o contamina todos los aspectos de la vida contemporánea, toda nuestra experiencia sensorial, escapar del yugo de la normalidad se hace casi imposible. Incluso, porque el propio capitalismo es capaz de aprovechar la neurodiversidad en la medida en que esta puede generar rendimiento, es decir, que pueda ser explotada: el nuevo imperio tecnológico así lo demuestra. Este modelo, que Chapman llama «neo-thatcherismo», no es contradictorio con la idea de materia humana sobrante que el imperio de la normalidad reconoce, pues «el capitalismo crea una población excedente en constante expansión y al mismo tiempo depende de ella para que actúe como ejército de reserva. Dicho de otro modo, las personas discapacitadas, que constituyen gran parte del sobrante social, deben existir para que el capitalismo exista y, por lo tanto, son parte de lo que produce y sostiene al sistema».
Este doble vínculo que genera la mediatización y mercantilización de toda relación social, que enferma y a la vez aprovecha esa enfermedad bien para maximizar la eficiencia, bien para generar una diferencia entre sujetos productores y sujetos excedentarios, es, en el fondo, lo que late en todos los juicios populares sobre la salud mental independientemente de su corte ideológico: responsabilidad, eficiencia, paternalismo, normalización, culpa moral. Si no comprendemos que todos nuestros juicios sobre salud mental operan en un régimen atravesado por la categoría de normalidad, las acciones políticas como demandar más presupuesto estatal para paliar sus consecuencias o denunciar la violencia psiquiátrica, se quedan en la pura epidermis. El brillante ejercicio de Chapman consiste en ir más allá incluso de la «interseccionalidad» —el punto de cruce entre luchas que siempre se han considerado, a lo sumo, paralelas—: su análisis materialista sugiere que este «imperio de la normalidad» solo se derrota con una politización de lo que se considera excedentario, y que incluye a todos aquellos sujetos que el capital explota, margina, aliena o fetichiza. ¿Puede la revolución ser disfuncional? ¿Acaso no colisiona la neurodivergencia con la iconografía de la revuelta, con el modelo gestual que hemos heredado del siglo xx?
«Alguna vez se creyó que las categorías de los pueblos oprimidos solo podrían expresar su liberación hablando fuerte; manifestarse, levantar los puños, usar megáfonos, gritar consignas efectistas, marchar por las cales, ocupar el espacio público. ORGULLO RUIDOSO, no un orgullo humilde: la modestia y la humildad deben ser enterradas vivas, en nombre de una meta progresista que jamás puede alcanzarse», dice Hamja Ahsan en el libro Tímidos radicales (también publicado por Caja Negra). En él crea la República Popular Tímida de Aspergistán, un país que busca aislarse del Supremacismo Extrovertido, que no es, en el fondo, otra cosa que aquello que Debord tanto denunció: la mediatización de las relaciones sociales. La extroversión, como sugiere Ahsan, somete el mundo al amparo del sujeto. Adaptar el mundo a la tecnología extrovertida pasa por encuadrarlo artificialmente: llenarlo de luz, de sonido, de técnicas de socialización pautadas y establecidas. El tímido, en ese marco, es un excedente, sobra. Por eso es revolucionario.
La politización de la salud mental ofrece una alternativa al control sistemático, al orden de la eficiencia y la funcionalidad. Resaltar la neurodiversidad, eliminar el silencio que se creía protector, produce un movimiento, aunque sea mínimo, en el modelo social de la discapacidad. Pero eso no pasa por dotar al sujeto no neuronormativo de una especie de capacidad profética, en depositar en él la esperanza utópica de un mañana pos-capitalista, o en fetichizar, como usualmente hacen ciertas pedagogías artísticas alternativas esa disfuncionalidad que no le es inherente. Empecemos por un ejercicio aparentemente simple, de articulación bien compleja: eliminar la noción de «normalidad» de nuestros juicios. Todo se viene abajo.


