Qué hacer, gracias

Una situación que se repite en Qué hacer, de Pablo Katchadjian, es que el narrador y Alberto están en un barco (que a veces es también un puente) y quieren alcanzar una isla (en la que «está todo») pero difieren en la manera de hacerlo: el narrador propone aprovechar el barco-puente y Alberto prefiere llegar nadando. Cada vez que pasa esto, el narrador duda, no sabe qué hacer, se bloquea (a veces porque tiene un libro en las manos) y se queda en el barco mientras Alberto se lanza al agua. Pero entonces la situación cambia y los dos reaparecen en un nuevo escenario. Es como si las leyes que rigen sus experiencias no les permitieran separarse: aparte de esta fugaz escena en el barco-puente, los personajes pasan todo el rato juntos, están siempre –aunque discrepen, o aunque se apliquen a ello de maneras diferentes– haciendo algo a la vez, o no haciendo algo a la vez, o no sabiendo qué hacer a la vez.

¿Qué hacer? El narrador deposita sus esperanzas en que Alberto lo sepa, y así, por ejemplo, al ver que su compañero se está convirtiendo en momia, razona lo siguiente: si Lenin, a quien momificaron al morir, escribió ¿Qué hacer?, Alberto, que se ha convertido en momia, sabrá qué hacer. Sin embargo, Alberto no es Lenin, y no sabe qué hacer. En cambio, al final de sus aventuras tiene respuesta para otra pregunta: qué es una decisión, qué significa decidir, que significa la pregunta «¿qué hacer?» Respuesta: «creo que es bastante evidente lo que hay que hacer, pero lo que habría que ver antes es si se puede decidir y si hay que decidir o no, porque habría al menos dos opciones: o el problema está en que no se puede decidir o está en querer decidir cuando no hay que decidir sino actuar, ¿se entiende?» Y, como no se entiende: «quizá el problema sea que uno piensa que tiene que decidir cosas en ocasiones en las que la decisión de tomar una decisión sólo puede resultar un problema». Ejemplo: ante una bifurcación del camino en dos caminos iguales sobre los que nada se sabe, no hay que tomar una decisión; eso sería imposible y quien lo pretendiera tendría que quedarse quieto para siempre. No se puede tomar una buena decisión cuando no se sabe nada, o cuando no se pueden calcular los efectos de la decisión. Una decisión así siempre será mala por definición, más allá de sus efectos (unos efectos buenos no convierten la decisión en buena retrospectivamente). En este caso, lo único que distinguiría decidirse por un camino de seguir caminando sin detenerse es que en el primer caso se habría tomado una decisión, es decir una mala decisión, con todos los problemas que ello conlleva. De modo que una decisión incalculable es siempre, por necesidad, una mala decisión. (Penosa situación; «todo podría estar mejor hecho», ha dicho antes el narrador, «elegir entre caminos es lamentable».) Pero entonces ¿qué hacer?

Después de lo anterior, Alberto añade que, de hecho, hay casos en que «es posible y obligatorio decidir», por ejemplo si uno de los dos caminos «fuera claramente un campo minado». Es decir: si es un campo minado, entonces es obligatorio decidir; si lo es claramente, entonces es posible la decisión. «Aunque, claro», añade Alberto, «el problema es saber reconocer los campos minados». Sí que es un problema, porque la posibilidad de no reconocer un campo minado (posibilidad seguramente elevada, teniendo en cuenta para qué sirven los campos minados) significaría que hay decisiones obligatorias e imposibles. ¿O acaso podría dejar de ser obligatoria solo porque es imposible? Y una decisión imposible pero obligatoria ¿es también siempre, por defecto, una mala decisión? Eso sería un problema, porque va siendo hora de admitir que toda decisión es incalculable, es decir imposible, o lo que es lo mismo: si es calculable, entonces no es una decisión. Luego toda decisión es una mala decisión.

En Una oportunidad, otro libro de Katchadjian, el narrador y protagonista dice: «Elegir es algo que no se puede hacer y uno debe hacer igual», y también: «Hay personas que creen que el problema de elegir se resolvería si uno tuviera a mano toda la información necesaria. Quiero decir que en mi opinión esas personas están equivocadas. Elegir es un problema, y por eso no se puede resolver».

El protagonista de Una oportunidad está embrujado, cosa que le dificulta cumplir determinados deseos y le obnubila el aparato psíquico. Por ejemplo: «mi impulso original era no ir, quedarme, pero había otro impulso, un poco más mental, que me decía que debía ir. Podría haber descartado el impulso mental de ir si no hubiese sido que intuía el latido, debajo del impulso de no ir –es decir, en un lugar más original aún–, del impulso de ir. Ese latido era muy tenue y difícil de percibir, pero lo había amplificado un poco el impulso mental de ir. Claro que podía ser una alucinación, pero otra intuición me decía que no lo era».

O sea, hay tres niveles: el del impulso original, el del impulso mental y el del impulso más original que el original, que solo es intuido y que es amplificado por el impulso mental, asociación que provoca una sospecha que a su vez es diluida por otra intuición. En estas circunstancias es difícil elegir o decidir (por cierto que tampoco sabemos si elegir y decidir son lo mismo o si son dos cosas distintas, y, en este caso, si deberíamos elegir o decidirnos por la elección o por la decisión), pero en el fondo lo que hace el embrujo no es sino volver muy explícita una situación que es la de todo el mundo, a saber, que no sabemos decidir si no es mediante cálculos inciertos y sospechosos. Así que, finalmente, «embrujo» es otra palabra para lo que damos en llamar «experiencia» (la experiencia del embrujo, o sea la vivencia –o Erlebnis–, pero también la experiencia con el embrujo, o sea el aprendizaje –o Erfahrung–; aprender en general es aprender a lidiar con el embrujo).

Pero entonces ¿qué hacer? En Qué hacer, Alberto dice: «Lo que se hace, casi siempre, es algo que a uno le ocurre, no algo que uno decide». En Una oportunidad, el narrador dice: «Elegir es un problema, y por eso no se puede resolver», pero continúa: «porque los problemas no se resuelven sino que se disuelven cuando quieren».

(Esto es cierto, aunque habría que añadir que «lo que nos ocurre» es el resultado de un cúmulo de cosas que suele incluir algo que hemos hecho o dejado de hacer –aunque no necesariamente lo hayamos decidido–, y, del mismo modo, aunque los problemas tienen una vida propia, no suelen disolverse si no se sienten empujados a ello por un cúmulo de cosas que suele incluir algo que hemos hecho o dejado de hacer. No somos la causa única de lo que nos pasa, nada importante es calculable, todo nos supera, y sin embargo nunca dejamos de hacer o de dejar de hacer, y por ello somos siempre infinitamente responsables de lo que hacemos y dejamos de hacer, es decir, somos los que deben responder de ello. La responsabilidad es tan imposible como la decisión, pero por ello mismo es infinita.)

Entonces ¿qué hacer? Lo que hacen los personajes de Katchadjian es avanzar a trompicones a través de tramas improvisadas1. Con independencia de cómo toma Katchadjian, el autor, sus decisiones narrativas, si es que son decisiones, el resultado son historias construidas en forma de huida hacia delante cuyos narradores y protagonistas, que no parecen tener mucha idea de lo que están haciendo, no dejan de meterse en problemas que solo resuelven creando problemas nuevos hasta que, en su acumulación y en su saturación, los problemas acaban por disolverse los unos a los otros. El lector se queda con esta sensación: visto lo visto, se puede hacer cualquier cosa. Esto, así dicho, no ayuda, porque tendemos a creer que esto –que se pueda hacer cualquier cosa– es precisamente la causa de que en todo momento nos preguntemos qué hacer (si bien, por otro lado, a veces es cuando tenemos solo dos opciones, o un número limitado de opciones, cuando menos sabemos qué hacer). Pero esta sensación, la de que se puede hacer cualquier cosa, no es angustiante sino liberadora cuando surge de la lectura de Katchadjian, y esto es así justamente porque sus narraciones no parecen el producto de una serie de decisiones, sino de un avance tan oscilante cuanto acelerado, indeciso en el sentido de «dubitativo» pero también de «no decidido»: no seguro, pero sí con una dirección; no con una sola dirección, pero siempre con alguna dirección.

¿Qué hacer? Ahora yo podría decir algo como: «lo que hay que hacer es intentar deshacer los embrujos (aunque sea imposible, o más bien: precisamente porque es imposible no hay que dejar nunca de intentarlo), o quizá hay que intentar aprovecharlos a nuestro favor, en todo caso hay que avanzar a ciegas en alguna dirección, o tal vez, por el contrario, hay que intentar desgranar lo que sentimos para distinguir los “impulsos mentales” de los “impulsos intuitivos”, si es que estas palabras así combinadas significan algo, o tal vez hacer una cosa y hacer la otra equivale a lo mismo»; podría empezar a decir algo así, pero entonces me parecería estar escribiendo autoayuda. Por otro lado, el narrador de Una oportunidad dice: «Creo que se le puede dar una oportunidad a la autoayuda, también. El pueblo eligió la autoayuda, ¿por qué negarse? Ya está elegida, y hay que trabajar con lo que ya está elegido, no elegir algo para ponerlo encima o para cambiar la elección, porque no se puede elegir. La confusión sin eje en la que vivimos valida de sobra la elección del pueblo, que es una elección espontánea. Probablemente la autoayuda sea el mejor género posible, el único realmente válido, y a la vez un género imposible, porque nació estropeado por el comercio y con un nombre ridículo». Si esto es así, entonces yo tampoco podría decidir dejar de hacer autoayuda; estaría haciendo autoayuda aunque no intentara responder a la pregunta de qué hacer. Y ciertamente no quiero decir qué hacer (tampoco quiero escribir autoayuda, pero eso no depende de mí).

(En cuanto al nombre ridículo de la autoayuda. El propósito comercial del prefijo auto-, supongo, es hacer sentir al lector que no le está ayudando nadie, que la ayuda no viene del libro sino que es él quien, una vez lo haya leído, estará en condiciones de ayudarse a sí mismo. Pero esto es un contrasentido. Por supuesto que el libro ayuda, porque la ayuda siempre tiene dos caras: la del ayudador, que ofrece la ayuda, y la del ayudado, que la acepta y participa en ella. «Ayúdame a ayudarte», dicen: ayudando al otro al que le ayude, el ayudado se está autoayudando, y así toda ayuda implica cierta autoayuda. Podría argumentarse que entre la ayuda interactiva (el otro «está ahí», «presente», ayudándote «de viva voz») y la ayuda que proporciona el libro hay una diferencia de énfasis que justifica el paso de la palabra «ayuda» a la palabra «autoayuda» (en el primer caso, tú ayudas al otro a que te ayude, que es lo principal, mientras que, en el segundo, el libro te ayuda a ti a autoayudarte, y lo principal es esto último), pero esto es irrelevante (y, además, siempre podría argumentarse que, cuando ayudas al otro a que te ayude, le estás ayudando a que te ayude a autoayudarte, etc., e inversamente, que el libro no te ayuda a ti a autoayudarte si tú no le ayudas antes a él a que te ayude a autoayudarte, etc.; en definitiva, la ayuda es siempre un intercambio infinito de autoayudas y aloayudas). La cuestión es que, si lo determinante en el género de la autoayuda fuera lo que el lector –el buen lector, el lector ideal, el que se atiene rigurosamente a las exigencias del género– hace con el texto, a saber, autoayudarse, entonces la autoayuda no sería un género literario, un género de la literatura, sino un género de la acción, algo que se hace y no algo que se escribe o se lee. El género literario sería simplemente la «ayuda», y no debería decirse «estoy leyendo autoayuda», sino «estoy leyendo ayuda» o bien, cuando lo leído se pone en práctica, «estoy ejerciendo la autoayuda»2. El pueblo, al elegir la autoayuda, ha hecho bien, pero solo porque lo que se llama autoayuda no es más que un intento de ayuda. Y todos andamos necesitados de ayuda, si bien esta necesidad es tan extensa, tan universal, tan estructural, que quizá lo que necesitamos no es ayuda, sino otra cosa, algo que disuelva nuestra necesidad de ayuda. Aunque esto solo hace que agravar la pregunta de qué hacer.)

Ya basta, solo quiero decir esto: que los problemas no se resuelven, pero tarde o temprano se disuelven, aunque el precio de esto es que se disuelvan con ellos cosas que no eran problemas; a veces lo que se disuelve es aquello para lo que el problema era un problema. Es decir, a veces el problema se disuelve porque se disuelve la víctima de su problematicidad. Pero esto es lo que llamamos el embrujo, o sea la experiencia, incluso «la vida», y hay que amarlo. «Hay que amar el embrujo» o «hay que amar la vida» son frases de «autoayuda», es decir de ayuda, pero, como la «autoayuda» misma, este amor no es el resultado de una decisión, sino del embrujo mismo, o sea de la vida. Tampoco es que el amor sea siempre suficiente, pero ayuda.


[1] Tanto más en otros textos como Gracias o los Tres cuentos espirituales.

[2] El único sentido posible de la palabra «autoayuda» para nombrar un género literario sería, lógicamente, el de aquellos textos escritos por un autor para ayudarse a sí mismo. Pero esto es imposible, y no solo por la falta de criterios objetivos (¿quién puede saber si un autor escribe para autoayudarse o no?, ¿cómo determinar para qué se escribe?), sino sobre todo porque, como ya hemos dicho, nadie puede autoayudarse sin la concurrencia del otro. Por ejemplo, Kafka: el 26 de diciembre de 1911 lamenta en su diario haber dormido mal justo durante los tres días de fiesta que confiaba en aprovechar para escribir cosas que le «ayudarían» durante todo el año, y haber pasado esos días, en su lugar, en un estado «hilfsbedürftigen», o sea«lamentable» (o, en la traducción de Andrés Sánchez Pascual, «en condiciones precarias»), pero, en traducción literal, «necesitado de ayuda». Desde el momento en que se ha visto necesitado de ayuda, Kafka ya no ha podido ayudarse a sí mismo. ¡Lógico! Porque estaba necesitado de ayuda, no sobrado. Kafka, en fin, quiso escribir autoayuda en el sentido más riguroso de la palabra, Kafka llegó de hecho más lejos que nadie en el género imposible de la autoayuda; ciertamente fracasó, porque el fracaso era necesario, pero en cambio, al enseñarlos la necesidad del fracaso de la autoayuda estricta, tal vez nos ha ayudado a nosotros.

(c) Imagen: Eugenia Loli

,

Published by