“¿Qué prefieres: comer o mirar?” es la pregunta que atravesaba toda la pieza performance que fuimos a ver el pasado sábado 14 de marzo, junto a la duda acerca de si las imágenes alimentan. Estos interrogantes abrieron la cuestión acerca de si es lo mismo no comer que comer nada. Encontramos ahí, la pieza central de la performance a la que acudimos junto con el tratamiento de la relación entre las fasting girls y la anorexia con las imágenes y su consumo en el presente. Para ello acudieron al psicoanálisis para comprender la relación entre la nada, la anorexia y el cuerpo, ya que en los tcas las imágenes juegan un papel fundamental como centro articulador del malestar propio. Las fasting girls de la época victoriana no comían nada, las fasting girls en la actualidad comen nada
Fasting girls es el nombre de una pieza teatral, de una pieza performance acogida por «Réplika teatro», que vio la luz el pasado sábado 14 de marzo —idea original de Marta Azparren y Sandra Cendal, dirigida por Marta Azparren, interpretada por Marta Azparren, Haize Lizarazu y Carles Tarrasó—. También es un concepto acuñado para ponerle palabras a la acción prolongada de ayuno llevada a cabo por mujeres jóvenes y niñas en la época victoriana, como contaron. Lo admirable de esta acción —porque en ocasiones era consumida como un evento al que asistir como público, donde se observaba a la mujer colocada en una vitrina realizando el ayuno— era la capacidad de sobrevivir largos períodos sin ingerir comida ni bebida como si de un récord Guinness se tratase. Además, estas mujeres eran vistas como místicas, figuras con poderes sobrenaturales o milagros encarnados, lo que nos lleva a pensar de qué manera el vaciamiento corporal se ha construido históricamente entorno a la figura de la mujer. Vaciarnos para silenciarnos, silenciarnos para desaparecer como sujetos.

Acudimos el primer día de apertura de la pieza, ya que María había contribuido con sus poemas y testimonio a ella. Pensábamos que asistíamos a ver una pieza teatral al uso y, en su lugar, nos encontramos con una performance con un gran contenido político y filosófico, con un texto cuidado y sugerente, y con reflexiones sobre el cuerpo, la feminidad, el vaciamiento del cuerpo femenino, vídeos de comida virales en redes sociales, sobre las influencers, desaparecer, el hambre o descrearse. Tras ello, tuvimos un diálogo muy estimulante, pero a mí me perseguía la pregunta de «¿Las imágenes alimentan?» acompañada de estos vídeos de influencers engullendo muchísima comida que circulan por todo internet en el último tiempo.
A principios de 2010 surge en Corea del Sur una tendencia llamada Mukbang: la emisión en directo de vídeos comiendo grandes cantidades de comida, acompañada del sonido (ASMR) del acto de comer en exceso. En 2024 en España se empieza a prestar atención a un fenómeno:han aumentado los influencers foodie, esto es, personas en internet que se dedican a enseñarte qué comen, qué productos nuevos han sacado en los supermercados, recomendaciones de restaurantes y valoración de su comida.. Claro que es usual que estas figuras en sus recomendaciones de restaurantes y comidas hagan un alarde del exceso: comen muchísimos platos —que entendemos que no se terminan— y acaban siempre a reventar. Este acontecimiento se sintoniza con el crecimiento del mercado fitness en los últimos años: aumento de suscripciones a gimnasios, de participantes en deportes como el Crossfit e incluso de influencers de deporte. Al mismo tiempo que hay una sublimación a través del consumo visual y auditivo de influencers comiendo excesivamente, hay una fijación con el vaciamiento del cuerpo de lo que es considerado como exceso, donde todo es considerado como exceso. ¿Las imágenes alimentan?
Alimentarse de imágenes conlleva incorporar aquello que la imagen expresa y modula. De esta manera, Mitchell en ¿Qué quieren las imágenes? —y al plantear esta pregunta— permite pensar las imágenes desde su capacidad de agencia, de afectarnos y de producir efectos materiales. La imagen ya no es un objeto mental, una idea en el aire de nuestra cabeza, no es un espacio de representación sin más, sino modos de organización del mundo material, de nuestras relaciones, nuestros cuerpos y deseos, que, además, constituyen imaginarios colectivos. Estas condensan ciertas relaciones de percepción y organización del mundo. Así pues, comer imágenes es ingerir formas de percepción y deseo del mundo. Ahora bien, estas maneras de ingesta no son metabolizadas, ya que el cuerpo queda saturado y paralizado por la magnitud y velocidad de su circulación en redes sociales, sobre todo.

En tcas como la anorexia la imagen, entonces, puede funcionar como sustitutivo de la comida por eso no es una cuestión de no comer sino de comer “nada”. Esta nada son las imágenes que funcionan como objeto simbólico de ingesta sin consecuencias somáticas directas —engordar—. Se trata de un comer nada porque conduce al vaciamiento del propio cuerpo, arbitrado por una mirada hipervigilante —pero distorsionada y en última instancia abandono de la mirada directa y sustitución por una mirada imaginaria— sobre el cuerpo propio, o en caso de las fasting girls una mirada ajena que homenajea el valor y la fortaleza de estar días sin ingerir nada como un gran logro. Se trata de una sublimación del deseo de comida basura, de comida excesiva, de goce a través de un consumo de imágenes-signos que llenan el cuerpo-estómago simbólicamente a la vez que lo vacían físicamente. Es, en el fondo, un vaciamiento del cuerpo-carne a través de la imagen.
Mediante la saturación de imágenes entre las que vivimos extasiados, golpeados, paralizados, la mirada se vacía de capacidad de absorción; la mirada no nutre de información, de afecto, de gesto, sino que se produce una parálisis. Así y aunque el texto de la pieza señala un «exceso de presencia», pensamos —-continuando lo que apunta Lluis Aguiló en su reciente libro Parálisis por agitación— que no se trata de un exceso de presente, sino de una parálisis del presente. Al igual que consumimos vídeos de influencers comiendo como una manera de saciar el hambre propia, también ingerimos vídeos de genocidios, bombardeos, violencia. Ambos tipos de consumo —aunque de contenido radicalmente distinto— comparten una misma racionalidad: dirigir la mirada sin que atraviese la carne, consumir sin metabolizar. Ninguno satisface una necesidad ya sea corporal, de información, de dar voz, de poner el foco, sino que ambos producen parálisis del cuerpo (físico y político). Aquí se producen cuerpos y mentes bulímicos, entre el consumo impulsivo de imágenes a través de un scrolling acelerado y la imposibilidad de metabolizarlas y que se adhieran a la carne.
El vaciamiento del cuerpo, que se produce al encarnar este no comer “nada” y que sucede en la anorexia no es solo una imagen distorsionada, sino que desvela un conflicto que se da en el cuerpo en su acercamiento a lo Real (aquello que no puede ser simbolizado y que no entra dentro del registro del lenguaje). El cuerpo se conforma como un espacio que revela de una forma clara la violencia a la que es sometido por un orden externo. Este vaciamiento es una línea de muerte en un acto de bordear lo Real; la performance a la que acudimos, sin embargo, es una línea creativa de asomarse a ello. Este vaciamiento nos señala un dispositivo estructural violento, aquello del orden simbólico que permanece oculto y que se constituye bajo la forma de imagen: la delgadez extrema encarnada en el auge del ozempic, por ejemplo, como síntoma social.
La imagen, como sostiene Júlia Lull, y como se muestra en la perfomance, resiste a la totalización ideológica, a la ideología dominante que se arroja sobre nuestros cuerpos a través del scrolling en Tiktok o Instagram. La repetición del consumo de las imágenes acompañado de un ayuno vigilante se revela en la pieza como síntoma. En la composición se nos muestra un paisaje de imágenes que funcionan como narración (del síntoma) que bordea aquello que es Real. Deleuze afirma en Lógica del sentido: “antes la muerte que la salud que nos proponen”, y esto mismo parecen gritar nuestros cuerpos enfermos en el capitalismo tardío. Si la idea de salud que se nos propone es el estado de un cuerpo productivo para el trabajo, pero que tiene por consecuencia la producción de cuerpos enfermos de tristeza, de ansiedad, de dismorfias que se tratan con inyecciones de bótox en contra de la edad o pagando cuotas de tres números en el gimnasio, el cuerpo que se vacía es un cuerpo que, paradójicamente, se revela: muestra —en su fracaso de salud— la violencia estructural de la propia noción de salud que nos impone este orden.


