«Hacia el sur, cerca de Mauritania»
Esta frase que se dice en Sirāt es una de las pocas indicaciones espaciales de toda la película. Está bien escogida, porque esconde todo un complejo geopolítico: Marruecos no tiene frontera con Mauritania, y es imposible que Laxe, que ya va por su tercera cinta rodada allí, no lo sepa. Solo si asumes que los territorios ocupados del Sahara Occidental (antigua colonia española que en 1975 fue abandonada a su suerte por la potencia colonial y ocupada por Marruecos, siendo a día de hoy el único territorio de África todavía no descolonizado) son, de facto, Marruecos (como asume el relato oficial del tirano Mohamed VI, y de su padre, Hassan II, y de todo el imperialismo marroquí), entonces sí, Marruecos comparte frontera con Mauritania. Porque el Sahara occidental «es» Marruecos. Sahara: un desierto plural, que se conoce (que el espectador localiza) pero en ningún momento se nombra. Se habla de «el desierto», pero todo está orientado (y orientalizado) para que el espectador sepa que estamos en el norte de África. Podría haber localizado la historia en Atacama, en Monegros o en Tabernas, pero no: ha elegido uno de los lugares más conflictivos del planeta. ¿Para qué? Para condenar a unos personajes que hacen gala de su analfabetismo político. Para sentenciar de manera bien moralista el hedonismo. Para, en última instancia, y desde una superficialidad aterradora, decirnos que esos personajes a los que tanto espacio dedica son víctimas de su propio delirio, de sus propias ganas de huir de un Occidente ya marchito. Todo explota (literalmente, y se redunda en la idea) cuando, sin saberlo, los personajes se acercan al muro marroquí, un conjunto de fortificaciones que la potencia colonial instaló en los ochenta para separar «su» Sahara ocupado del campo de refugiados situado en Tinduf, Argelia, en el que muchos de los saharauis que hoy conocemos han nacido y crecido, sin poder nunca volver a su tierra. El mayor campo minado del mundo (entre 7 y 10 millones de minas, según la ONU), la viva imagen material de la crueldad, instalado para que ningún saharaui pueda volver a su casa sin asimilarse antes como marroquí. Un campo minado que Oliver Laxe convierte en un parque de atracciones.
En una de las escenas más terribles que recuerdo, los raveros van explotando, se queman vivos, tras ingerir droga (de nuevo, el moralismo), ignorando que están en uno de los territorios más peligrosos del mundo. Cerca de Mauritania. Y Laxe juega ahí con las expectativas del espectador (el más sádico querrá que todos exploten y muera), alarga innecesariamente el sufrimiento de esos cuerpos ya de por sí sufridos, sucios, magullados: convierte en intriga la muerte. No se me ocurre mecanismo más «occidental» para criticar la mirada colonial. Ese «fuego escondido» que ha causado miles de muertos en el territorio del Sahara Occidental es, para el cineasta gallego, una forma de castigar la ignorancia geopolítica de sus personajes. Y, sin embargo, ahí tenemos a todos los comunicadores, a toda la crítica mediática que celebra la película como un acontecimiento casi mesiánico -catetismo made in Cannes-, ignorando también el fondo político del terreno. Y es que Laxe trabaja un moralismo tranquilizante muy perverso: los culpables siempre son otros, que lo sepan bien los espectadores. Pero que el espectador español medio ignore la cuestión del Sáhara Occidental, última colonia española, es gravísimo. Porque es, precisamente, el movimiento que este gobierno, el primero que ha reconocido la soberanía marroquí sobre el Sáhara, pretende inculcar en la población civil. Uno de los países de Europa con mayor apoyo civil a la causa palestina que, sin embargo, ignora directamente los estragos de su propio colonialismo, posibilitador del colonialismo marroquí, en el Sahara. Que incluso presenta la solución actual como la inevitable, lavándole la cara al país opresor con una estrategia basada en lo de siempre: cultura y turismo. Sirāt marca un hito en el cine colonial español. Es, quizás, la primera película española que se atreve a apuntalar la estrategia de silencio y sumisión al orden colonial marroquí que promueve el gobierno desde que, en 2022, saliera a la luz una carta en la que Pedro Sánchez reconocía a Mohamed VI que su plan sobre el Sáhara (o sea, la asimilación forzosa, la limpieza étnica, el exilio en Tinduf, el muro y los campos minados) era el «plan más viable», la solución al conflicto.
Umelfadli vivía en el desierto con su familia, cerca de la frontera con Mauritania. Tenía unos 13 años cuando ocurrió el incidente, en febrero de 1997. Regresaba con su hermanan pequeña, Jutha Mulaiahmed, de llevar leche a un familiar y encontraron un objeto que golpearon con una piedra y lo hizo explotar. Se trataba de una bomba de racimo.
La hermana resultó herida en la cabeza y ella perdió la mano derecha y aloja residuos de metralla por todo el cuerpo. Ya no volvió a jugar más. Su madre refiere penosas dificultades para afrontarlo en el entorno de la vida en el desierto.El fuego escondido: Las víctimas de minas en el Sáhara Occidental https://publicaciones.hegoa.ehu.eus/eu/publications/378
Laxe es incapaz de ser paródico, es incapaz de denunciar nada políticamente, sin que su propio mecanismo narrativo redunde en esa inoperancia política que es la crueldad como forma. En un momento aparece un pastor bereber (según los créditos), primera figura no-occidental (aparte de la policía) que Laxe muestra. No habla, apenas tiene agencia. A Laxe no le interesa la interacción humana, sino las falsas comunidades, los lazos basados en el interés, el hedonismo o una cierta inconsciencia compartida. Los hippis parecen llevar mucho tiempo en Marruecos, pero no hablan dariya. Parecen conocer la geografía, pero no la historia política de ese país. Laxe, por su parte, se inventa una suculenta «Tercera Guerra Mundial», de la que nadie es aparentemente responsable, para despolitizar el territorio del que está sacando rédito estético. Lo de convertir a un lugar no-europeo en una suerte de «paraíso infernal», un espacio abstracto en el que todo es posible, donde se hace muy difícil resistir a la muerte, tiene un nombre, y es muy antiguo: fantasía colonial.

Finalmente, tras utilizar el muro marroquí para su clímax moralista, Laxe recula y nos muestra una serie de rostros, personas varadas en un tren (un tren que va a «ninguna parte»), en silencio, salvadas, de muchas etnias y nacionalidades distintas. Africanos genéricos, como en cualquier fantasía colonial. No muestra esos rostros porque les interese su humanidad: lo hace para generar suspense, de nuevo, para que distingamos, en esa maraña de sujetos colonizados, a los blancos que han sobrevivido a la aventura.
Y sí, estoy seguro de que las intenciones de Laxe no eran coloniales, y que conoce el conflicto del Sahara. Puede que hasta haya intentado hacer una película sobre nuestra ceguera con los conflictos geopolíticos cercanos (España es responsable directa de todo lo que ocurre allí). Pero Sirāt no es esa película. En un mundo plagado de crueldad, Laxe decide que el modo de hacer político pasa por abstraer las realidades y someter los espacios a una estructura narrativa suculenta, que te permite extraer de los lugares ciertas cosas (el clima, la ambientación, el peligro, el riesgo) y eliminar, cobardemente, otras (los conflictos políticos, sociales, la historia de la tierra). Cobarde, manipuladora y, sobre todo, irresponsable. El cine de la crueldad, el baluarte del Cannes de los últimos 25 años, nació para mostrarle al «cine social» europeo, acusado de moralista, que se podía hacer política desde otro lugar. A partir de entonces, Haneke, Von Trier, Lanthimos y Östlund se encargaron de recordarnos que el ser humano blanco occidental es asqueroso, que está podrido de violencia y que lo mejor es que desaparezca. Sirāt inaugura un nuevo giro ruin en ese género tan, en el fondo, apolítico y cansino: moralismo y crueldad se dan la mano. Que ningún crítico en Cannes haya sabido (o querido) identificar el colonialismo marroquí en el fondo de Sirāt demuestra que, verdaderamente, la crueldad ha ganado a la ética, a la política, a la humanidad.


