Hay un inesperado giro en los últimos episodios de The Amazing Digital Circus, serie animada de la productora Glitch ambientada en un extraño universo circense que sigue a un grupo de curiosos personajes a los que martiriza con pruebas absurdas Caine, una IA con delirios de grandeza. Jax, el conejo morado y malhumorado que al principio parece el típico alivio cómico vacilón, comienza a adquirir un protagonismo inesperado. Mientras el resto de personajes actúan de manera coordinada y colectiva, después de unos capítulos iniciales más personalizados y focalizados en los conflictos de cada cual, Jax se va alejando de ellos y se sume en la ansiedad, la depresión y la soledad. En lo que la serie muestra a través de la «abstracción», el proceso a través del que los participantes de este tortuoso circo digital se transforman en unos deformes monstruos oscuros que deambulan sin orden ni concierto.
El arco final de TADC, recientemente estrenado en salas antes de su llegada a YouTube el 19 de junio, refuerza este particular viraje del personaje y la serie. Jax protagoniza la primera mitad de la última entrega, en la que conocemos los pormenores de su historial humano antes de llegar al circo y cómo los fantasmas que arrastraba le hicieron alejarse de quienes quería ya en su vida digital.
La creadora de la serie, Gooseworx (duramente criticada por un desenlace que escapa de convenciones narrativas y de cohesiones argumentales), ha insinuado que Jax es el personaje con el que más representada se siente. O, al menos, en el que vuelca una etapa muy complicada de su vida. La misantropía, el cinismo, el afán de aislamiento, la misoginia y por encima de todo el miedo al ridículo del conejo lo convierten en un perfecto exponente de lo incel (más si cabe en una serie que orbita alrededor de las transformaciones sociales y creativas provocadas por los últimos avances tecnológicos). Entonces, ¿por qué Gooseworx, una mujer trans, ha logrado la más fina representación hasta la fecha de la experiencia incel (todo con lo que siempre soñó Gala Hernández López)?
De la visión incel a la acción queer

La siguiente reflexión proviene de un hombre cis teorizando sobre experiencias que le son ajenas y anticipo ya aspectos problemáticos al emparentar a una población tan estigmatizada con el incelismo, pero creo que hay un hilo que conecta a esos sujetos oscuros con las comunidades digitales de apoyo, sostén y solidaridad que gran parte de las personas trans construyen gracias a diferentes redes sociales.
Son dos formas diametralmente opuestas de desplegar la identidad. Los incels la construyen a través del odio y la deshumanización del otro, aunque de fondo subyace un autodesprecio.
Para las personas trans, inter o queer, la búsqueda o el reconocimiento de una identidad propia está igualmente en el centro. En este caso, sin embargo, ese autodesprecio juega un papel más preponderante, al menos en las etapas más duras de la transición. Es el otro donde se encuentra el apoyo, la sutura. De hecho el otro no es tanto un otro como una forma de alcanzar el verdadero yo, que finalmente es un nosotres. Jax comienza así como un sujeto que desprecia y desdeña a los demás, pero por encima de todo al grupo. No confía en la fuerza del colectivo, más tarde descubriremos que en gran parte debido a una infancia marcada por unas determinadas expectativas de masculinidad.
Curiosamente el desdén de Jax incluye un rechazo frontal al aspecto que marca el desarrollo y el desenlace de la serie: la filtración en nuestra vida de una inteligencia artificial en particular y una tecnología en general mal entendidas y peor utilizadas. Jax las odia, sí, pero desde la pasividad e incluso el conformismo. Como esos futbros que no soportan a Javier Tebas por tumbar irregularmente páginas web cada fin de semana y corren a quejarse en un espacio tan viciado por muchos de ellos mismos como es Twitter. El suyo es además un resentimiento desmovilizador, que solo genera desconfianza y sospecha.

Pomni, sobre el papel protagonista de The Amazing Digital Circus, representa justo lo contrario. Su hartazgo, indignación y malestar no se vuelven ni cinismo ni resignación (como le pasa a Zooble), sino que se transforman en un impulso colectivo. Este proceso no es sencillo ni automático, claro. De hecho, Pomni solo aprende a canalizar lo que siente (o más bien aprende a trabajar en canalizarlo) cuando se percata del dolor que algún deje egoísta genera a la insegura Ragatha.
Pomni y Jax encarnan así dos formas de entender la convivencia, indignación y la
movilización, pero como suele ocurrir en las grandes obras de arte son mucho más que repositorios de ideas. Son personajes vivos y tridimensionales (nunca mejor dicho), con tensiones, desajustes e incoherencias. El abrazo de Pomni saca a la luz a todos los Jax dentro de Jax, los demonios que le empujaron a la postura que los tecnoligarcas o los totems de las industrias culturales quieren que tomemos (por algo Jax frustra el primer gran plan de escape).
El viaje de Jax es el corazón de la serie porque es lo que permite ofrecer una salida y un futuro al mundo tan terrorífico que presenta Gooseworx. Una inteligencia artificial tan carismática como sádica, que se nutre del individualismo para nutrirlo, solo puede colapsar cuando el resentimiento no genera aislamiento sino respaldos.
La misma IA que toma y sesga datos digitales de las personas para torturarlas y hacerse fuerte; que desquicia a quienes pretenden construir una virtualidad desde cierta ética (ahí está el entrañable Kinger); que lleva al extremo la censura, la autoexplotación o la inseguridad (con Gangle como mejor ejemplo), puede convertirse en una aliada para poner fin a ese sistema opresor. Es una idea arriesgada y peligrosa, sí, pero también audaz. Y la más consecuente con una serie que en todo momento elude la tecnofobia sin dejar de señalar lo siniestro del capitalismo del algoritmo (desde luego más consecuente que cuando pasó a estar
disponible también en Netflix…). Una obra que no es ingenua pero celebra las comunidades, alianzas y hermandades tejidas en la red y volcadas también en los espacios físicos (véase los fascinantes y muy coloridos pases de la película en los cines). Formas de colectividad sin las que no pueden concebirse algunos encuentros con la identidad propia. The Amazing Digital Circus es un hermosísimo primer paso para dejar atrás un mundo incel hacia un mundo trans.


