Todo me parece frívolo

I don’t like judgment. Frivolity should take the place of judgment

Kathy Acker

Hay un grabado de Goya, de la serie Los desastres de la guerra, que muestra a una pila de cadáveres aún frescos, recién caídos al suelo, irreconocibles algunos y mutilados otros. A ese pilón de muertos pronto se le sumará otro personaje, el único vivo de la imagen (y, por tanto, para siempre vivo), cuyo gesto indica una caída en desgracia inminente. “Para eso habéis nacido”, escribe Goya en la estampa, y es difícil no pensar que es el moribundo el que enuncia la cínica frase, acompañada de un vómito de sangre. Se menciona siempre que la iconización de la violencia bélica descarnada llevada a cabo por Goya es uno de los primeros alegatos de un antibelicismo radical, que convierte a la idea de desastre en un universal sin matiz: la guerra como desastre humano, moral, político, solo puede trasladarse a la imagen desde algún tipo de pasión menor, véase el cinismo. El Guernica revolucionará esta máxima desde principios formales, y ambas imágenes se mantienen como principios icónicos ante la amoral devastación bélica, elementos que refuerzan la idea de que el mostrar es más poderoso que el nombrar.

Francisco de Goya, Para eso habéis nacido, 1810

La frivolidad, explica la historiadora francesa Sabine Melchior-Bonnet, es una curiosa extravagancia que se traduce en anulación de las responsabilidades. La iglesia, por ejemplo, condenó durante toda su historia la frivolidad como un sinónimo de superficialidad, de anclaje en la mundanidad. Lo frívolo, entendido en un sentido negativo, no solo es lo poco serio, sino también lo insulso, lo que no deja poso. Desde otro punto de vista se diría que, durante años, lo frívolo fue lo inadecuado, y justamente por eso se defiende cierta producción artística de los años 1970 y 1980 como frívola, pues su cariz político reside en dicha inadecuación, digamos, moral. Sin embargo, al hablar, por ejemplo, de las primeras películas de Pedro Almodóvar, se suele confundir frívolo con extravagante. El propio Almodóvar reconoce que Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón es una película frívola, pero su argumento no tiene que ver con el lenguaje soez o la famosa secuencia de la lluvia dorada, con una sexualidad expresiva, sin matices ni represiones, sino con su voluntad de resituación política: la película, explica hoy Almodóvar, y el arrepentimiento parece asomar en su juicio, planteaba un reseteo histórico, una especie de borrón y cuenta nueva que situaba tanto al franquismo como al antifranquismo (comunista, pues no existió otra fuerza antagónica mayor) en una suspensión radical. Es como si el franquismo nunca hubiera existido, explica Almodóvar, y de ello se deriva también una negación del antifranquismo más combativo. El cineasta, ya maduro, entiende las contradicciones de la frivolidad autoafirmada a la perfección. La frivolidad buscada es un reseteo moral, no tanto un elogio de la superficie. Faltan matices para entenderlo, pues hemos asociado con demasiada convicción la ligereza a lo amoral báquico y la moralidad con un peso interno que, lejos de agarrarte al suelo, eleva la mirada del sujeto que goza de su juicio virtuoso (véase el mejor texto sobre la internalización de la moral que se ha escrito nunca, o sea, El malestar en la cultura).[1]

Pedro Almodóvar, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, 1980

De las declaraciones de Almodóvar se sigue, asimismo, la idea de que la frivolidad es un estilo de vida, y no precisamente un estar a la moda. La frivolidad sostenida es como un volantazo que, en el tiempo, resulta muy difícil de mantener. Soy consciente de las contradicciones, disfruto con Pink Flamingos o con Pepi y siempre tiendo a considerarlas «algo más», paso horas haciendo doomscroll en Instagram y noches de ansiedad televisiva, y, aun así, me encuentro señalando con un dedo acusador: todo me parece frívolo. Y estoy convencido del uso del término, de que no quiero decir extravagante ni superficial, pues, en mi en mi vocabulario ideológico particular, esos adjetivos hace tiempo que se independizaron de la connotación negativa. Digo frívolo porque lo encuentro intencionado y peligroso, y puede que me equivoque en la mayoría de los casos (o que, con exceso estoico, confunda frivolidad con hedonismo).

Mi fatiga moral me anuncia que algo he de hacer con estos juicios, con esta palabra que es por todos usada, y nunca para adornar o favorecer. Decir que algo es frívolo punza (sobre todo si ese algo, o peor, ese alguien, a uno le gusta): el significante se coloca y deposita en aquello que se nombra para deslegitimarlo o eliminar su potencia ética, y duele. Curiosamente, aquello que la frivolidad ociosa pretende (relajar la presión moral), provoca la reacción contraria si quien lo enuncia es el Otro. La frivolidad, por lo tanto, siempre reside en la mirada ajena, no puede autoemplearse a la ligera. Eso explica por qué Almodóvar fue uno de los pocos artistas en salir de la Movida ileso —aunque no del todo, como muestra su criticado intento de establecer una genealogía que borre sus ejercicios frívolos de los 80 en Madres paralelas— y no acabó, como la mayoría de sus compañeros, envuelto en una curiosa frivolidad victimista y anacrónica.

¿Puede alguien, entonces, autodenominarse frívolo sin que ello sugiera desprecio, ferocidad o incluso ironía culpable? ¿Qué dice de nosotros (de mí) tachar algo como frívolo? No conozco a nadie que con placer se imponga hoy en día el adjetivo, tampoco a nadie a quien le siente bien oírlo. Lo frívolo está siempre de más pero, desde fuera, parece acertar sobre su objeto: lo frívolo pone de acuerdo. Se ha aplicado con gozosa intención al mundo del cotilleo y los realities de famosos, a la llamada telebasura, pero no, por ejemplo, a los concursos de la tele, que, lejos de ser vistos como catalizadores del tipo de ambición humana más cutre (la que tiene que ver con el dinero), o como motores de un disciplinamiento social basado en la distinción por coeficiente intelectual, sagacidad o memoria; lejos de ser vistos, en fin, como la cámara de eco del deseo arribista, son vinculados a un contenido de calidad o de promoción del aprendizaje. La frivolidad se coloca colectivamente, luego se afirma. Lo difícil es trasladarla, desubicarla. Así, sabemos que se ha aplicado a lo erótico sin mediación, a lo intensamente carnal, a películas como Showgirls o al cine porno, a películas u objetos culturales refugiados en lo kitsch y lo camp que parecen el elemento opaco que, por la vía negativa, sostiene y pone a trabajar a la cultura de masas. Lo frívolo se ha confundido con lo naif, porque se afirma, desde sus juicios negativos, como lo opuesto a lo solemne, lo elegante o lo sofisticado.

La fotografía de Ai Weiwei tirado en una playa, muy cerca de la orilla, vestido y con los ojos cerrados, imitando exactamente la postura del cadáver de Aylan Kurdi, el niño sirio que apareció muerto en la costa suroeste de Turquía a finales del verano de 2015 y cuya imagen dio la vuelta al mundo, resulta frívola, no hay duda, es sangrante: acerca el reenactment a la banalización del objeto que imita o representa. La frivolidad, por tanto, siempre implica una relación cercana a lo representativo y lo mimético, es como un tumor de la metáfora, un fallo en la construcción de la imagen política de algo. Pero no siempre la recreación o reproducción de un evento traumático real implica su frivolización. Los cuadros de la silla eléctrica de Andy Warhol resultan conmovedores, superficiales, sí, pero en absoluto frívolos. Bárbaros, en un sentido positivo.

Lo frívolo no es, entonces, exactamente lo opuesto a lo profundo. Nadie asume que Spring Breakers sea una película frívola, a pesar de que se inicia con una sacudida de tetas y una fiesta en desenfrenada. Pero tampoco se distancia, la película de Korine, de esa secuencia para moralizar su objeto: eso supondría, más bien, caer frívolo. Si Korine se hubiera separado de sus protagonistas, tras haberlas enjuiciado moralmente como superficiales o chabacanas, si las hubiera llevado a un camino extático de aprendizaje moral que condujese a un reseteo, habría caído en la frivolidad para con su objeto. La película ni es frívola ni retrata la frivolidad (aunque podría utilizarse el verbo, decirse que la película frivoliza con las Pussy Riot, al trabajar con los mismos criterios que la ópera prima de Almodóvar: el contexto histórico como ajeno a toda cuestión político-moral). Lo que hace es más difícil: la sortea, la evita. De la tarea de Korine se arrastra una tesis un tanto catastrofista: si la frivolidad se extiende hacia objetos que parecían por ella inalterables, como el Guernica (se diría que la venta de camisetas y calcetines con elementos extraídos e individualizados del Guernica, un cuadro que se caracteriza por su imposible división, es bastante frívola), ¿el único camino consistiría, entonces, en acercarse a la frivolidad para negarla, como quien le pierde el miedo a un animal al enfrentarlo? ¿Se desactiva la frivolidad al pensar en ella, al cercarla? ¿Es acaso una construcción fantasmática, algo que imaginamos solo para evitarlo, algo que, a fin de cuentas, nos orienta moralmente?

La frivolidad sería, pues, un límite para la moral cuya validez social dependería de la cantidad de juicios (negativos) que se emitan sobre ella. Se alimenta de la cercanía y de la negatividad. O crece porque se la evita, o porque se evita aquello que se identifica con ella. Y esta continua evitación ¿es un trasunto del moralismo religioso más trasnochado, o acaso un síntoma social? Y si es un síntoma social ¿a qué obedece? Me atrevería a decir, sin mucha certeza, que la ambigüedad semántica de la “frivolidad” conduce muchos de nuestros prejuicios sociales. Que en la frivolidad hay una doble superficie: su mera presencia activa nuestro radar moral, y queremos ser más justos, y más profundos, menos superficiales; pero a la vez, en ese gesto, en ese esconderse, hay una sumisión absolutamente dócil a la “superficie”.

Hay que seguir pensando (es decir, evitando), nombrando (es decir, enjuiciando) y acusando a la frivolidad: nos permite sopesar las capas de una superficie que creemos siempre ya superada, presente solo en los otros, y que nos acompaña invisible. Sí, en una época hipermediatizada, la superficie se opaca, pero no desaparece.

Andy Warhol, Electric Chair, 1971. Whitney Museum of American Art.

[1] Ciertos discursos religiosos promueven lo contrario: insisten en la idea de que la virtud moral viene acompañada de una ligereza, de una relajación de los placeres anhelados que la secularización de las costumbres se ha encargado de pervertir.

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