Una estación fatal

Sé a ciencia cierta que moriré en verano.

Es una intuición fatal, ineluctable, que me hace advertir con horror la llegada del 21 de junio en el calendario. Por eso procuro vivir el verano con discreción y, si puedo, en silencio.

En el verano todos parecen felices. Sin embargo, tengo la impresión de que lo vivo decae. La fruta decae, se corrompe, y, como diría Joan Didion, pronto albergará tarántulas. Es, sencillamente, un poder de la atmósfera.  El aire se carga de sexo y de muerte. El mundo se inflama e incendia. En consecuencia, hay olores distintos en el verano: el jazmín de los jardines; el seco dorado aroma de la cebada en las afueras, a punto de ser cosechada; la sorprendente invasión, en el aire nocturno, de los campos abrasados por el fuego.

Naturalmente, mi punto de vista está muy rígidamente determinado por la experiencia del ambiente estival de una ciudad de provincias a la que me siento encadenado sin remedio; y así será hasta el día en que me muera, un verano cualquiera.

Para consolarme, he imaginado numerosos veranos posibles en la estación balnearia de mi alma: silencio, libros al sol (mayoritariamente novelas), zumo de tomate con lima y otros elementos, o sea, un cóctel Bloody Mary, pero sin vodka, algunos cigarrillos, sonreírte cuando levantas la vista de tu traducción de Alfonso Donado, amor mío, en la tumbona amarilla, el sonido fluyente del agua clorada entre las risas de los niños y, en fin, el brillo estruendoso, malva y miel, de un penúltimo atardecer en la bahía vecina. Pero no hay consuelo frente a la realidad, por muy reales que sean estos elementos. Además, me los he inventado todos o casi todos. Mi único propósito es señalar que el verano es invasivo, lo impregna todo, incluidos nuestros más inconfesables secretos, y no permite escapatoria.

Yo, que me he considerado siempre una criatura invernal, nací sin embargo en otoño. Apenas había reparado en ello antes, hasta que otra persona me lo señaló distraídamente una tarde. A día de hoy, tampoco soporto bien los inviernos. En mi casa hace mucho frío. Los confines del otoño son mi espacio. Esa es mi estación, junto a la primavera. El otoño representa para mí una maduración consecuente, y en absoluto un declive. Observo que la primavera es, como el abril que desencadena, cruel. Mixing memory and desire.Pero, al contrario que el verano, su crueldad no me recuerda a la muerte, sino a la vida. Mientras tanto, veo el invierno como el triunfo de la interioridad, y, a la vez, como una congelación. Winter kept us warm.En esto representa, supongo, lo contrario del verano. Prefiero, en cualquier caso, no tomar partido por ninguno de los dos.

He observado también que el verano parece destinado a los amantes. No quiero extenderme sobre este aspecto, pues me resulta demasiado doloroso todavía hoy.  

De un modo que aún no entiendo, el verano me parece la estación de la soledad. He observado la vida de los otros, la fiesta de los otros, la gloria de los otros, el cuerpo glorioso de los otros, con una mirada tantálica y de furia contenida. O tal vez no he visto nada, no he observado nada, y creo que tampoco hay nadie. Tal vez debería decir que he imaginado todo eso y que estoy también muy lejos de todas estas cosas. Puede, incluso, que el verano no importe demasiado.

Desde luego, yo no pienso mucho en él.

Plein Soleil (René Clement, 1960)
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