Palabras recogidas/escritas/pensadas entre el 4 y el 16 de julio de 2026
Vine a Utrecht a ver Camp Miasma. No fue un plan pensado, sino una decisión de un día para otro, literalmente. Llevaba meses intentando verla, luchando contra mi ansiedad, y mi deseo no mermaba. Suelo pelearme mucho contra la ansiedad que viene de esa necesidad, aparentemente tan intrínseca al oficio de la crítica, de llegar primero a las cosas. Pero, en este caso, el ansia no venía de ese lugar. Lo que siento por el cine de Jane Schoenbrun es algo, ante todo, pasional. La clase de pasión que, en efecto, te lleva a comprar un billete (instant panic attack incluido) e irte a otro país en menos de 24 horas con el único propósito de ver una película. Curiosamente, en ese solo acto estaban todas las respuestas, aún antes de saberlo, aún antes de verla.
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Cuando le conté a un amigo de mi aventura me dijo: “Sería tremendo que no te gustara”. Ese miedo estaba, pero al mismo tiempo no. Como si de entrada supiese que el hecho de que me gustase más o menos la película (de hecho, aún no sé dónde la posiciono frente a las dos anteriores) era irrelevante; el viaje merecía la pena porque estaba respondiendo a un llamado casi místico. No creo que sea coincidencia que aquelles que conectamos a un nivel tan profundo con la obra de Schoenbrun compartamos las obsesiones que sienten sus personajes y la intensidad con la que las viven. Sea un reto online, un programa de televisión o una saga slasher, todes hemos estado en ese lugar, frente a esas pantallas, una y otra y otra vez, mirando y siendo mirades de vuelta.
Esto, por supuesto, se asocia con esa otra gran dimensión del cine de Schoenbrun: la identidad trans y queer. We’re All Going to the World’s Fair y I Saw the TV Glow apelan directamente a quienes, por las razones que sea, crecimos atravesados por el conflicto entre una identidad que aún no lográbamos definir (o siquiera entender) y aquello que nuestro entorno heteronormativo esperaba de nosotres. Escribiendo esto me imagino de pequeña ante una carretera que me da a escoger dos caminos sin la posibilidad real de andar por el que quiero. Me encuentro en ese camino –el erróneo– completamente sola, buscando rutas escondidas por las que llegar, o tan solo asomarme a ver lo que aguarda ese otro lugar. El mundo digital y la ficción audiovisual fueron eso para muchas de las personas queer que vivimos la adolescencia a comienzos de siglo. Pantallas como resquicios que simultáneamente alimentaban y acallaban nuestros sentimientos de soledad, convirtiéndonos en avatares que escondían nuestros verdaderos yoes, buscando vernos a través de personas reales o ficticias, manteniendo viva la esperanza de que allí afuera había una comunidad a la que sí pertenecíamos. Era, en palabras de Billy (Gillian Anderson), nuestro “private alternate universe”.
Ese sujeto, individual y colectivo, es el que encarna Kris (Hannah Einbinder <3), la joven directora con la misión de revivir la moribunda franquicia “Camp Miasma”; un claro alter ego de le propie Schoenbrun. Kris lo tiene todo muy pensado, dedicando su carrera a estudiar “la intersección entre lo queer y lo monstruoso” (como tantes de nosotres, matices de por medio). Pero el punto de origen de todo, al que llegará con la ayuda de Billy y también al que Schoenbrun nos va dirigiendo, es el deseo, entendido en tanto disfrute (placer) e identificación (reflejo). Eso que Kris intenta alcanzar, la mirada de la otra que quiere fijar, se remonta al recuerdo de sí misma cuando pequeña, viendo en la tele la escena simultánea de orgasmo y muerte del personaje que interpreta Billy en la Camp Miasma original. Toda su obsesión por el slasher deriva de ese momento formativo de deseo-placer: la experiencia de ver una imagen que sabes que te ha cambiado al instante y que tu mente pasará a reproducir en bucle por siempre (aún cuando no acabe de entender las razones).

Es, al mismo tiempo, una experiencia de deseo-reflejo. La fascinación de Kris con la franquicia viene de la obsesión por una escena, un plano concreto: aquel en el que el personaje de Billy está alcanzando el orgasmo y cae víctima en las manos de Little Death, reflejado en un plano detalle de su ojo. Cada vez que aparece esta escena de la película-dentro-de-la-película, se detiene justo en ese momento. No vemos lo que pasa después, porque vemos a través de los ojos de Kris, llegamos hasta donde ella llega. Después de ese instante, de ese plano, no hay nada. Allí está todo: el deseo de proyectarse en esa final girl que intenta huir y, al mismo tiempo, en el asesino que la persigue; de verse a sí misma con los ojos de otro, de la misma manera en que nosotres lo hacemos con ella. Es la identificación de la identificación: de Billy a Kris, de Kris a cada une de nosotres. Aquí no hay espacio para el male gaze ni ninguna otra mirada que no sea queer.
Billy: “My perspective changed, like I could see myself through his eyes”
Kris: “I want to experience it too. Will you show me how?”
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Hay otro asunto profundamente relacionado con la experiencia queer, que es la disociación. El deseo de salir de sí misme para verse desde el POV de otra persona representa un estado disociado que enlaza, primero, con la experiencia queer y, segundo, con el acto sexual. Cuando Kris se desnuda ante Billy, literal y figuradamente, dice algo como: “Sex seems so natural and free/easy for some people, but I’ve never been able to get there with someone else unless I’m somewhere really far away in my head”. Ese lugar lejano en el que se evade es, para ella, la ficción slasher: se imagina transformándose en un personaje; “even you”, dice a Billy.
Imagino que esto sorprenderá a mucha gente, pero a mí me resulta bastante familiar. Incluso, diría, puede que este haya sido el momento en que mi yo-espectadora alcanzó la total identificación con lo que estaba viendo. Entiendo a la perfección el sentimiento de “querer ser alguien más” y alojar ese deseo, en esencia identitario, en las ficciones que amamos. Como Schoenbrun, yo también crecí siendo horror nerd, viendo las mismas sagas slasher, deseando ser la final girl. Alguien, alguna vez, me dijo que cumplir esa fantasía implicaba que toda la gente a mi alrededor tenía que morir y tuve que batallar con las partes más oscuras de aquel escenario imaginado en el que emergía, llena de sangre, como la única superviviente. Pero esa persona no lo pillaba: eso era solo la superficie. Obviamente, había algo satisfactorio en ese out-smarting everyone, incluso al asesino, pero era una proyección que iba más allá de un nivel meramente narrativo. La final girl representaba ese alguien más, esa versión de mí misme con la que aún, al menos en ese momento, no podía conectar. Su final implicaba que era posible un desarrollo de mi personaje, que eventualmente podría liberarme de todos los conflictos que me atravesaban, incluido el del deseo sexual.

Schoenbrun dice que es imposible hablar de una experiencia universal de lo queer, pero sí que podemos hablar de experiencias compartidas. Y creo que una de ellas es la relación tan difícil que muchas personas queer tenemos con el sexo. Por ello veo a la final girl también como un sujeto eminentemente queer, más allá de cualquiera que sea su orientación sexual (expresa o sugerida). La condición virginal de sus orígenes —y, más adelante, su subversión— reflejaba, para muches de nosotres, un conflicto que nos tocaba muy de cerca. No quiero usar la expresión “llegar tarde” porque implica que hay un timeline-norma, pero es cierto que al no poder identificar, aceptar, normalizar nuestro propio deseo —una imposibilidad que, en el caso de Schoenbrun, está ligada a la crianza en un contexto conservador, a saber, la suburbia americana, y, en mi caso, uno religioso—, es común que no lleguemos a experimentarlo libremente sino mucho tiempo después de que empezamos a sentirlo. Esto si es que en algún momento lo logramos y usualmente tras años de terapia.
Por eso me resulta tan orgánico que sea en esta tercera película donde Schoenbrun representa el deseo de manera tan descarnada. No solo como comentario sobre el slasher sino como retrato de su propia experiencia. Y es que en primera instancia pareciera que Teenage Sex and Death at Camp Miasma es muy diferente a sus dos predecesoras, pero realmente este tránsito nos está marcando un viaje vital: World’s Fair y TV Glow juegan en el terreno del coming of age, reflejando de múltiples maneras su período de autodescubrimiento y posterior transición, al que llegó ya en la edad adulta. Camp Miasma reivindica, entonces, lo que viene después de ese acto de reconocerse a sí misme y al deseo propio: el momento en que, ya en el camino que siempre había sido nuestro, en el cuerpo al que pertenecemos, por fin podemos sentirlo todo.
De ahí que el core de la propuesta sea el exceso: aquel exceso festivo, tan propio del slasher y tan intrínseco a la experiencia del espectador de terror, pero también entendido como entrega absoluta al sentir. El orgasmo de Kris es un regalo de Schoenbrun para el público queer: la validez del placer que tanto se nos ha negado, dentro y fuera del audiovisual. En ese momento el mundo cambia para Kris; la imagen y el sonido también. Ya no hay disociación porque ese lugar ha dejado de estar lejos. Ha entrado en Camp Miasma y nosotres con ella, renaciendo juntes a través del deseo queer.

Cuando Kris le explica a Billy su aproximación al terror, esta le dice que es demasiado académica, que el slasher es solo “flesh and fluids”. Es como si Schoenbrun, a través de Billy, nos dijera: no tienes que pensar tanto, solo disfruta. Se lo dice a sí misme también, estando su cine siempre atravesado por esa tensión entre la filia y la teoría, entre el crear y la reflexión sobre el acto de creación, entre el deseo-reflejo y el deseo-placer. En últimas, siempre se resuelve a favor del segundo, y eso hace que sus películas, si bien giran en torno a estas cuestiones autorreflexivas y referenciales, sean también y, sobre todo, profundamente emocionales. Por eso siempre he sentido/definido el cine de Jane Schoenbrun como un abrazo: algo que en ocasiones te incomoda, te entristece, en otras te salva la vida, y la mayor parte del tiempo ambas cosas a la vez.
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Cuando salí de la sala me vi asaltada por esa misma tensión. Sentía que tenía que pensar más la película, que había cosas que se me escapaban. Pero, a la vez, sentía que no tenía que hacerlo, que lo que había vivido viéndola era más que suficiente. Caminé de vuelta por una carretera oscura que bordeaba el río, imaginando que allí, en las profundidades de Utrecht, estaba también Little Death esperando su momento para salir. Al final solo había bicicletas, pero yo seguía en Camp Miasma. Es posible que aún lo esté.
“Don’t watch yourself, watch the movie”
“Now if it gets too real, you can always turn it off”


