Yesteryear, de Caro Claire Burke (AdN, 2026), parte de una buena premisa: la historia de cómo una influencer tradwife del presente se ve atrapada en la vida que decía defender por un misterioso viaje en el tiempo al año 1855. Tenía, además, ganas de leerla por un fragmento que me leyó una librera:
“Hay un momento en cada matrimonio en el que una mujer se da cuenta de que el hombre con el que se casó es un friki. Esto es inevitable. No se puede hacer nada. La única cuestión real es qué tipo de friki será tu marido: si tienes suerte, descubrirás que a tu marido le encantan los trenes antiguos para niños y, si no, descubrirás que tu marido paga a las animadoras del instituto por sexo. Eso es lo mejor a lo que podemos aspirar las amas de casa en esta vida: un hombre cuya rareza no sea incalificablemente violenta o técnicamente ilegal, y por lo tanto sea algo que podamos soportar”.
Me pareció que sería la típica novela que da gusto leer en la piscina porque es adictiva y ocurrente, y que además tendría un componente crítico con algo de lo que no hemos dejado de hablar desde que surgió Roro. A mí, en general, los análisis del universo tradwife me aburren tanto como los documentales de criptobros, por simplones y moralistas, pero tal vez la literatura podía ser el espacio adecuado para iluminar un poco el tema. Es cierto que la parte de “adictiva” se cumple a la perfección: es un libro entretenido que puedes leer hasta de pie en el transporte público porque te mueres de ganas de saber qué pasa. Sin embargo, la parte crítica se queda muy coja, y me atrevería a decir que, al fin y a la postre, se trata de un libro reaccionario.
No ayuda nada a la causa la calidad floja de la traducción. Una cosa que me llama mucho la atención del panorama literario actual (en lo que se refiere a traducciones) es cómo libros que son absolutos fenómenos mundiales acaban llegando aquí en un estado, como poco, deficiente. Una imaginaría que la puja por los derechos de Mañana, mañana y mañana, Martyr o No estás en la lista es lo suficientemente cara y difícil como para que te esfuerces lo máximo posible en su traducción y corrección. Se podría disculpar tal vez en el caso de No estás en la lista, pues es una novela fundamentalmente comercial (yo empecé a leerla en inglés, extravié mi ejemplar y continué con el ebook en castellano, que al menos no tenía erratas, pero tenía el nivel idiomático de una traducción hecha con IA, tremendamente antinatural), pero ¿con una novela literaria? Martyr tiene erratas en la primera página, y uno de los diálogos que la editorial utilizó para promocionar el libro (y además central de la novela) tiene, como mucho, el nivel de unos subtítulos generados automáticamente. Mañana, mañana y mañana está llena de erratas y hay frases que, tal cual, puedes adivinar cómo estaban escritas originalmente y cómo no se le dio una mínima vuelta para que resultasen naturales en nuestro idioma. En el caso de Yesteryear sucede igual, lo cual entorpece bastante la experiencia lectora. Abrí el libro al azar y encontré esta, por ejemplo:
“—No fue caminar por el bosque con los niños, ni esperar a que parara un coche. No fue mudarnos con la abuela, los cinco en una sola habitación. Fue meses después de haber llegado al otro lado, cuando me di cuenta de que todo lo que me habías contado sobre el mundo era mentira. —Le tiemblan las manos. Se mira los dedos mientras dice—: Todo era mucho… mejor de lo que pensaba. La gente era más amable. Las ciudades estaban más limpias. Tenía razón: era mejor vivir con la abuela y Abigail que contigo. Y cuando nos llevaron a ver el océano… —Se detiene, con la respiración entrecortada. Inhala profundamente, luego exhala. Vuelve a hablar—. Simplemente no lo entendía. No entendía por qué mi familia nunca quiso formar parte de ello. —Sus ojos se cruzan con los míos—. ¿Por qué nunca quisiste formar parte?
‘¿POR QUÉ TE CUESTA TANTO SER BUENA?’.
—Avanzado —le digo—. ¿Avanzado?
Y así, su furia da paso a la tristeza”.
¿Qué coño significa aquí “avanzado”? Es imposible que al leer esa línea de diálogo no me dé cuenta de que estoy leyendo una traducción. Además, la frase “¿Por qué te cuesta tanto ser buena?” es, en el original, “WHY IS IT SO HARD FOR YOU TO BE KIND?”, lo cual tiene bastante más sentido en la trama si se traduce como “amable” (la protagonista es áspera y difícil de tratar, además de muy juzgona con los otros, pero está obsesionada con ser buena en un sentido tradicional del término). También llaman a la gente del pasado “Antiguo Caleb” en lugar de “Viejo Caleb” o “El Caleb Viejo”, lo cual no mantiene el juego de la novela (pues el rancho se llama “Viejos Tiempos” y el repetir la palabra, en inglés, hace un guiño con el propio rancho que en castellano no se respeta). Hay infinitos ejemplos de esto en la novela, pero sobre todo me molestan los párrafos o diálogos antinaturales (casi todos, hasta que te olvidas de ellos).
Más allá de estas consideraciones (a partir de aquí spoilers), la novela narra la historia de cómo una chica de una familia religiosa con padre ausente llega a la universidad, se siente fuera de lugar con sus compañeras (chicas más liberadas), se casa con el hijo tonto de un político de derechas y, para asegurarse algo de dinero y una vida a la altura de sus expectativas, se hace influencer tradwife. Como la chica estaba traumatizada y un poco ida, tiene problemas de ira y acaba metiéndose en un lío que la hace perder completamente la cabeza y decidir vivir como si realmente estuviera en 1855, olvidando su propia mentira y atiborrada de pastillas (ella quiere “escapar” de 1855, que se plantea en la mitad del libro como algo mágico).
Esto me parece muy poco interesante: lo llamativo del fenómeno tradwife no es que chicas extremadamente tradicionales en su crianza sigan siendo extremadamente tradicionales en la adultez, sino cómo personas ya no “muy libres”, sino normales, se refugian en dichos valores en la edad adulta. La historia de una chica criada en la represión religiosa que además está un poco pirada nos habla del drama de un individuo desquiciado, no del panorama social que permite que emerjan este tipo de fenómenos. Además, intentando huir del tradicionalismo resulta de lo más tradicional, pues recurre tanto al arquetipo de la “mujer loca” como a la clásica trama en la que al final todo se reducía a “un sueño de Resines”.
A mí me habría resultado más interesante la historia de cómo una chica occidental normal, tras diversos fracasos laborales y amorosos, se ve seducida por un estilo de vida aparentemente más sencillo y claro. Me habría gustado que, al menos durante un párrafo, yo también hubiera deseado ser una tradwife. Esto resulta imposible tanto por la protagonista como por la forma maniquea con la que Burke tortura a sus personajes: Natalie, la protagonista, es sencillamente ridícula. Te das cuenta desde el principio de que sus enemigos (las Mujeres Enfadadas, su hermana) tienen razón y que lo que la rodea es corrupto y vil, sea porque su suegra solo sobrevive al éxito republicano viciada a las pastillas, porque todo lo que montan en el rancho es mentira en el momento en el que se apagan las cámaras (nos dejan bien claro que Natalie es mala madre, que usan pesticidas pero mienten sobre ello, que compran en China los productos que después venden y simplemente los reetiquetan, que odia a su marido, que la familia de su marido es corrupta…) o porque Natalie es tremendamente infeliz. No hay ninguna línea en el texto que te haga dudar de que la tradición que defiende es falsa, que la derecha es mala y que está engañando a la gente, sobre todo a sí misma. Entonces ¿cuál es el objetivo de la novela? ¿Reírte de gente que ya te caía mal antes de empezarla? ¿Qué ilumina sobre nuestro presente o sobre su pregunta fundamental, esto es: por qué la tradición se ha vuelto atractiva para muchas personas?
Además, la novela resulta inverosímil y aprovecha poco el material narrativo. Que una chica que ni siquiera tenía smartphone en la universidad se vuelva una creadora de contenido estrella después de tomar un curso es simplemente inverosímil. Si mi generación se ríe de cómo utilizan las redes sociales los boomers no es porque haya una barrera ontológica fundamental que te imposibilite usar internet con soltura si has nacido antes de 1985, sino porque algunas de esas personas han comenzado a utilizar las redes muy tarde y no comprenden sus códigos. Igual que hay muchos nacidos en los setenta y los ochenta que usan dichos códigos a la perfección, porque han pasado mucho tiempo en Internet, una persona nacida en el 2000 que no se hace con un smartphone hasta 2023 resultaría tan torpe como el más carca de los boomers. Y todo el mundo de las influencers trad (cómo sacan dinero, cómo ganan seguidores, qué relación tienen con la manosfera) se reduce a apenas dos o tres escenas en el texto, pese a que habría sido probablemente el escenario más interesante. En fin: una novela con potencial para incitar conversaciones y dudas ha acabado reducida a la historia de una mujer algo loca que quiere ser rica y para ello se casa con un rico que ni siquiera le gusta y se pone a mentir a la gente hasta que sus mentiras acaban con ella (y mientras tanto es mala madre). Un relato con moraleja. Y ni he comentado el detalle horrible de las lesbianas (¡la novela deja caer que quizá la protagonista es una lesbiana secreta!), eso lo dejo ya para quien se lo lea.

